Alas 21 horas del miércoles 9, dos asaltantes entraron a robar en el supermercado de la Avenida Uruguay esquina Paraguay. El guardia uniformado intentó detener a uno de ellos, pero recibió un balazo en la cabeza que lo mató en el acto. El hecho podría haber sido una desgracia accidental si los episodios de esa gravedad no abundaran en el Montevideo de hoy. Pero en vista de la situación, el asesinato del guardia debe considerarse un síntoma de la emergencia que esta sociedad tiene que enfrentar ante la fatídica mezcla de marginalidad, embrutecimiento y droga que la asedia desde los focos de violencia. Esos focos son múltiples en una ciudad que cuenta con más de cuatrocientos asentamientos irregulares.
En una entrevista concedida el viernes 4, el ministro del Interior había reconocido tres cosas importantes: que en los últimos años los delitos han crecido, que el Estado debe reprimir a la delincuencia y que "lo contrario de la inseguridad no es la represión sino la reconstrucción del tejido social". Agregó que estaba en desacuerdo tanto con el modelo puramente represivo como con el camino únicamente social, pero quizá le faltó decir que el primero es una herramienta inmediata e indispensable, porque el otro es una lenta vía reparadora y un instrumento de recuperación no solamente social (sino también cultural), que puede llevar décadas antes de que se comprueben sus beneficios. Lo que dijo el ministro era correcto, aunque en todo caso insuficiente.
Porque la fuerza represora sigue estando desbordada por la multiplicación de los agresores, que atacan en muchos frentes, desde comercios, centros de enseñanza o empresas, hasta calles, parques o casas de familia. También lo que se emprende en materia de reconstrucción social es precario, limitándose por el momento al auxilio económico de la pobreza, sin que se anuncien o se pongan en marcha verdaderos planes de asistencia más profundos y capaces de rescatar a sectores de población aquejados por la ignorancia, la dispersión familiar, la ausencia de valores, los malos tratos y la atrofia de las cualidades que permiten al hombre convivir aceptablemente. A través de los jóvenes que no estudian ni trabajan, del ausentismo o la deserción escolar, de la penuria económica o afectiva y del contagioso ejemplo de la violencia o del consumo de narcóticos, va arruinándose una franja social donde germina la agresividad.
Pero esa sombría moneda tiene otra cara, de la que se habla mucho menos. Es la angustia colectiva ante la inseguridad, un oscuro regalo de estos tiempos que tiene consecuencias visibles en el dramático enrejado de puertas y ventanas, detrás del cual se atrinchera una comunidad que en el pasado fue abierta y ahora está cerrándose. Ese cambio no viene solo, sino acompañado por otros cambios igualmente deplorables en los hábitos de vida de la gente, en sus salidas, sus horarios, sus expansiones, su relación con los demás, sus estados de ánimo, su rechazo a grupos periféricos, su actitud vigilante, su gradual enclaustramiento, su opción por las armas de fuego, sus niveles de tensión, su grado de miedo y sus planes de futuro. Menos visible, ese cúmulo de trastornos también va desfigurando a una ciudad y a quienes la habitan.
Resulta difícil medir por adelantado el saldo de fragmentación social que provocará dicho proceso, a medida que el temor colectivo va segregando a los marginales, mientras en ellos crece la furia como respuesta de los excluidos. No será fácil cicatrizar esas fracturas que se agravan con el paso del tiempo, en la medida en que también se acentúa la ferocidad homicida con que embiste la delincuencia. La situación es explosiva y la terapia que exige solo podrá funcionar con programas que superen el tratamiento analgésico en que se encuentra el combate a la violencia, para ingresar en la etapa quirúrgica donde se corte por lo sano tanto en la represión como en la reeducación. Pero -claro está- ese proyecto sería de una magnitud inalcanzable para la moderadísima escala que tienen hoy las medidas oficiales en la materia. Los peligros del futuro serán el reflejo de esas carencias y demoras.