Otro mito que se cae

Durante la bonanza de los commodities, la izquierda uruguaya e internacional erigió altares a una serie de supuestos líderes históricos: Hugo Chávez, Rafael Correa, los Kirchner, Evo Morales. Hombres providenciales, presentados como estadistas capaces de brindar a sus pueblos un bienestar inédito y una alternativa civilizatoria al modelo “neoliberal”. Incluso para quienes no eran de izquierda no era simple criticarlos.

Uno a uno, esos mitos se han ido cayendo. Y han revelado lo que muchos ya advertíamos en su momento: tenían pies de barro. El supuesto bienestar no era el fruto de un modelo virtuoso, sino el efecto coyuntural de una renta excepcional, del cobre, del gas, del petróleo o de la soja, que llovió sobre la región entre 2003 y 2014. Cuando la lluvia paró, no quedó nada.

Ni industrias competitivas, ni instituciones sólidas, ni cuentas ordenadas. Solo un gasto publico insostenible y democracias erosionadas que sin las prebendas periódicas crujían por todos lados.

Porque ese es el otro hallazgo, el más grave: muchos de estos personajes nunca fueron demócratas. Lo fueron mientras la democracia les sirvió. Ni bien empezaron a perder elecciones, comenzaron a boicotearla por todos los frentes posibles. Y no hablamos únicamente de los sanguinarios Chávez y Maduro, casos extremos. Hablamos también de figuras que la izquierda regional siguió defendiendo, o disculpando, mucho después de que las evidencias fueran abrumadoras.

El caso de Evo Morales es, en estos días, ilustrativo. Aquel “líder indígena simpático” que generó tantos elogios baratos en la academia y la prensa progresista internacional, se revela hoy como lo que siempre fue: un autócrata de manual. En 2019 intentó fraguar una elección y debió huir del país. Volvió al poder a través de su sucesor, Luis Arce, con quien rápidamente se peleó. Hizo todo lo posible por boicotear el proceso democrático que culminó en las elecciones de 2025, donde el MAS terminó humillado con un 3% de los votos. Y ahora, prófugo de la justicia boliviana por un caso de presunta trata de una menor, lanza a sus militantes a las calles para tirar abajo al presidente Rodrigo Paz, electo democráticamente hace apenas seis meses y enfrentado a la tarea ingrata de administrar la debacle económica que el propio MAS le dejó.

No hay nada, absolutamente nada, admirable en el modelo de Evo Morales. La ayuda a los sectores populares fue, en lo esencial, el resultado de gobernar con caja, como tantos otros en la región en aquel mismo período. Después destruyó la inversión que permitía crecer, socavó las bases de la democracia, y hoy intenta forzar la salida de un presidente legítimo para evitar su propio juicio. Un personaje siniestro: pedófilo según la justicia de su país, autoritario por convicción y golpista por conveniencia.

Frente a esto, la izquierda local e internacional, que siempre tuvo debilidad por estos autócratas de rostro amable, vuelve a hacer lo que sabe hacer: callar, o buscar la cómoda equidistancia entre la democracia y el golpismo. La declaración oficial uruguaya es un monumento a esa cobardía diplomática: “Uruguay alienta al Gobierno y a todos los actores políticos y sociales a resolver sus diferencias de manera pacífica, generando sólidos mecanismos de diálogo y cooperación”. Una vergüenza que no por esperable indigna menos.

Porque es el mismo Frente Amplio que durante años llamó “golpistas” a quienes en Venezuela pedían elecciones libres y respeto a los derechos humanos. Los mismos que veían conspiraciones imperialistas detrás de cada protesta contra Maduro, Ortega o los Kirchner. Pero cuando los manifestantes intentan derribar a un presidente democráticamente electo hace seis meses, encabezados por un prófugo de la justicia, ya no son golpistas: son “actores sociales” expresando “diferencias”.

La doble vara es tan grosera que ya no necesita demostración. Lo que sí necesita es decirse en voz alta, una y otra vez, hasta que la sociedad uruguaya entienda con quién comparte gobierno una parte importante de su clase política. Porque el problema no es solo Evo Morales. El problema es la complicidad silenciosa de quienes, todavía hoy, no se animan a llamar las cosas por su nombre.

Hay cosas que son más simples. En democracia hay espacio para los distintos, pero esas diferencias deben expresarse en canales institucionales. “La protesta social” que busca pasar por arriba de las preferencias democráticamente expresadas en las urnas es golpismo. Por más que le ponga retórica juvenil, revolucionaria o indígena.

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