Oddone y su encrucijada

El año 2026 comienza, para la economía uruguaya, prácticamente en el mismo punto en el que cerró 2025. Una actividad estancada, un mercado laboral que dejó de generar empleo de calidad y unas cuentas públicas que se deterioran bastante más rápido de lo que previó el presupuesto aprobado hace apenas unos meses. No hay aquí ninguna novedad inesperada: es, punto por punto, el escenario que habían advertido todos los analistas que no estaban dispuestos a fingir demencia.

En ese contexto, el ministro Gabriel Oddone enfrenta una encrucijada que no es técnica sino profundamente política. Cuando envió el presupuesto al Parlamento, lo hizo sobre la base de supuestos de crecimiento, inflación e inversión que nadie creía seriamente que fueran a materializarse.

No lo creía el mercado, no lo creían los analistas independientes y, en rigor, tampoco lo creían muchos dentro del propio oficialismo. Aun así, se optó por presentar un presupuesto “posible” solo en los papeles, confiando en que el tiempo, el mundo o algún golpe de suerte terminarían acomodando las cifras.

Lo que pocos imaginaron fue la velocidad con la que esas proyecciones quedarían obsoletas. La llamada “sorpresa desinflacionaria”, la revisión a la baja del crecimiento para 2025 y 2026, una temporada turística claramente inferior a la del año anterior y una inversión que no despega hacen que hoy las proyecciones fiscales del gobierno ya no suenen optimistas, sino directamente delirantes. Este no es un juicio de valor: es un dato.

La pregunta relevante, entonces, no es qué salió mal, sino qué hará Oddone frente a este escenario. Más tarde o más temprano -por acción o por omisión- el ministro deberá optar entre dos caminos. Huir hacia adelante, como suele hacerlo la política, o enfrentar el problema de fondo como suelen proclamar desde el deber ser los analistas.

El manual del político promedio es conocido. “Irla llevando”, toquetear todo lo que esté a mano para recaudar un poco más, estirar los plazos, evitar la autocrítica y rezar para que el contexto internacional ayude. Reconocer errores, admitir que el ajuste previsto no alcanza y plantear una corrección profunda tiene costos políticos evidentes.

Decir hoy “nos equivocamos y necesitamos hacer otro ajuste” no suele ser bien recibido por el electorado. Por eso, casi siempre triunfa la huida hacia adelante: permitir que el deterioro avance lentamente y confiar en que la bomba le explote al que venga después.

Algo de eso es lo que hemos visto en las últimas semanas. Solo en 2026 ANCAP le cobró 90 millones de dólares de más a los uruguayos en combustibles, UTE realizó un ajuste por encima de todas las recomendaciones técnicas, OSE otro directamente delirante y se resolvió sacarle del bolsillo decenas de millones de dólares a los uruguayos por concepto de FONASA. Cualquier monedita sirve para atajar un poquito del deterioro sin abordar el fondo del asunto.

Sin embargo, Oddone no es un político tradicional. Llega a la función pública con un perfil técnico y una trayectoria que, en teoría, lo deberían llevar a ponderar otros factores.

Su consejo profesional, antes de ingresar a la política, seguramente habría sido claro: no se puede permitir que un país como Uruguay vuelva a transitar una senda de deuda insostenible.

Y eso es exactamente lo que ocurrirá si las cosas evolucionan como hoy espera la mayoría de suscolegas. Lo que sucedió ayer en Japón muestra lo peligroso que puede ser para Uruguay la irresponsabilidad fiscal. Japón está viendo cómo se dispara el riesgo país y el déficit fiscal ante mercados que no serán tan complacientes. Si eso le pasa a la cuarta economía del mundo, ¿qué nos puede pasar a nosotros si la cosa se complica?

El deterioro fiscal de 2026 será sensiblemente peor que el que el propio ministro planificó, y nada indica que la situación mejore por sí sola en los años siguientes.

Frente a eso, la alternativa a la huida hacia adelante existe, aunque sea incómoda. Implica reconocer nuevas circunstancias, desdecirse de algunos compromisos asumidos y encarar una reducción relevante del gasto público que ordene las cuentas y alivie, de una vez, la cincha que desde hace años aprieta a los uruguayos.

Esa es la verdadera encrucijada. En el futuro próximo veremos si Gabriel Oddone termina recibiéndose de político -uno más- o si logra resistir y actuar como el analista que supo ser. El país, claramente, necesita lo segundo.

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