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Uno de los problemas más graves que sufre la política nacional es la incapacidad de la izquierda, que representa al 39% de la ciudadanía, de entender realmente lo que ocurre a nivel internacional.
Los ejemplos más conocidos refieren a la región. El Frente Amplio (FA) como conglomerado político y cada una de sus principales figuras electorales no pierden oportunidad de alinearse tras sus referentes latinoamericanos en circunstancias tremendamente polémicas. Para el caso de Brasil se solidarizaron con el expresidente Lula y con el entramado más grande de corrupción de la historia reciente de nuestro vecino norteño. Y en lo que refiere a Argentina, se pusieron recientemente del lado del Kirchnerismo en la defensa de la actual vicepresidente en la gravísima causa judicial que Fernández tiene abierta por corrupción.
En general, lo que ha primado en la izquierda es una visión según la cual, al decir del exvicepresidente Sendic -que debió renunciar por razones de corrupción-, existe un “plan Atlanta” con vigencia continental que procura atacar a toda la izquierda. Consistiría en revelar, con la sincronía de un gran reloj manipulador, los episodios más oscuros del pasaje por el poder de los autodenominados progresistas en cada uno de los países del continente.
Pero más allá de este alineamiento regional, también la visión internacional del FA presenta serios problemas, como lo ilustra la crisis generada por la guerra que Rusia libra en Ucrania desde febrero pasado.
Una de las terribles consecuencias de esa guerra es el desequilibrio económico y comercial que pasó a vivir el mundo entero. Por un lado, por ejemplo, las dificultades en provisión de energía en toda Europa ya están teniendo gravísimas derivaciones en los entramados de empresas y comercios que están dejando de ser rentables. Por otro lado, las dificultades en la producción agrícola que toda Ucrania sufre tendrán secuelas muy importantes en el comercio mundial de alimentos, con la suba previsible de los precios de nuestros principales productos de exportación.
Y es aquí donde la interpretación hegemónica en el FA muestra entender muy mal cómo funciona la escena internacional. En efecto, como la izquierda prevé el aumento de esos precios ligados a la producción agropecuaria, rápidamente razona que hay un conjunto de actores nacionales, a quienes en su mitología llama el “gran capital” o los “sectores de gran rentabilidad”, que se enriquecerán inmediatamente. Según esta visión, sobre ellos debería de caer todo el peso de la redistribución estatal, de forma de socializar tanta ganancia que proviene de esta especie de excepcional “golpe de suerte” internacional.
El problema es que toda esa visión es tremendamente simplista. En primer lugar, el aumento de los precios de los productos no significa que, automáticamente, se puedan seguir asegurando mercados donde poder colocar nuestra producción exportable: hay países que por la propia crisis internacional reducirán sus importaciones, y hay otros que privilegiarán a proveedores con los que ya tienen acuerdos comerciales potentes de liberalización de intercambios. Así, un aumento de precios no implica siempre más ingresos estables y altas ganancias permanentes.
Empero, si de todas formas se confirmaran mayores precios duraderos para los mismos volúmenes de ventas, importa entender que esos aumentos seguramente vendrán con un fuerte aumento de costos: fuera del Comité de Base cualquiera sabe, por ejemplo, que Rusia es el principal actor mundial en producción de fertilizantes, y que el costo de ese elemento fundamental para nuestra producción agropecuaria se ha disparado. Ni qué decir del aumento de costos mundiales y nacionales que implicó el mayor precio de los carburantes como consecuencia de la guerra.
En tercer lugar, hay que entender que los negocios vinculados a la producción agropecuaria no se hacen de un día para el otro. No es como abrir un quiosquito en una esquina. Se prevén con años y precisan de estabilidad en las reglas de juego. Hoy podrá haber más ganancia, pero si por cualquier razón -la climática es fundamental, por ejemplo-, mañana la inversión no da buenos resultados, será la ganancia excepcional de una zafra la que permitirá equilibrar flujos y salir adelante en esos malos momentos.
Creer con simplismo que como en un año hay grandes ganancias gracias a una guerra, ellas deben ser redistribuidas en detrimento de los sectores de “alta rentabilidad”, muestra hasta qué punto la izquierda entiende mal el mundo y muy mal nuestra economía.