La tradicional fiesta de Navidad ya no es lo que era antes. Aquellas reuniones familiares que se toman como referencia, propias de mediados del siglo pasado, no existen más. El modelo de clase media clásico del Río de la Plata, en torno al núcleo padre, madre y dos hijos, ha dejado el lugar a "los míos, los tuyos y los nuestros": familias recompuestas, consecuencia de sucesivas separaciones, que dibujan nuevos tipos de convivencias, en particular entre hijos que comparten algún padre.
En el último cuarto de siglo, prácticamente uno de cada dos matrimonios uruguayos se ha divorciado. La proporción aumenta grandemente entre las parejas jóvenes, que son además, las que más tendencia tienen a formar familia sin necesidad de pasar por el registro civil. Así las cosas, la concepción tan laica de la Navidad como fiesta de la familia ha perdido su tradicional rostro y adopta nuevas configuraciones.
Los últimos años también han transformado la fiesta de Navidad en una vorágine de consumo. Como consecuencia del sostenido y excepcional crecimiento económico que vive el país desde 2003, estamos entrando, ya convencidos, en la lógica más exacerbada de la sociedad de consumo.
Los centros comerciales de todo el país multiplican sus opciones de ofertas, a las que se suman distintos planes de financiación de diferentes tarjetas de crédito, días especiales de compras, y un sinfín de posibilidades de pagos que hacen estallar las ventas. Año tras año crece, por ejemplo, la venta de productos para el hogar a los que se accede con precios siempre relativamente más bajos, gracias a la mayor apertura económica de los últimos veinte años a la importación (y en particular, recientemente, desde China).
A pesar de algunos dichos presidenciales, no hay ninguna oligarquía social que se destaque en esta vorágine. El principio del análisis es distinto y puede encontrarse en lo que Jean Baudrillard, ya en 1970, señalaba para la sociedad de consumo francesa.
Es la constatación de que el consumo tiene un valor en sí de satisfacción de una necesidad, pero también un valor social en nuestras sociedades modernas. No se consume nunca el objeto en sí (en su valor de uso), sino que se manipulan siempre los objetos como signos que a uno lo distinguen en la sociedad, ya sea afiliándolo a su propio grupo de referencia tomado como ideal, ya sea desmarcándolo de su vínculo social cotidiano para adherirse a un grupo considerado como de estatuto superior en la escala social. Así, a medida que ha ido avanzando la lógica de esta nueva sociedad uruguaya, el consumo de bienes y servicios se ha transformado en un distintivo social para la mirada del otro, en particular en los espacios del barrio en Montevideo o en las sociedades urbanas del interior.
Finalmente, las ausencias en las reuniones de Navidad nos señalan otro rasgo característico de la nueva sociedad uruguaya: la migración interna y hacia el exterior. En el último cuarto de siglo, al menos uno de cada tres uruguayos cambió de Departamento de residencia dentro del territorio nacional. Habrán sido muy numerosos, por ejemplo, los que ayer habrán saludado a algún familiar que en los últimos años se ha mudado a la costa de oro de Canelones o a Maldonado. También, hace prácticamente medio siglo que en el país son más los que se van que los que llegan. Quienes parten son relativamente más jóvenes que los que se quedan, están mejor formados, emigran en busca de las oportunidades de progreso y bienestar que el país no ofrece, y no siempre pueden regresar a pasar las fiestas con la familia que dejaron aquí.
Tradicionalmente, la laica sociedad uruguaya no ha dado a la Navidad el fundamental valor religioso que tiene en otras partes del mundo. Sin embargo, por su peso tradicional, siempre ha sido un tiempo de reflexión y puesta en perspectiva del año. Es bueno entonces tener presente estos profundos cambios sociales que acompañan el crecimiento del país. Nos ayudan a entender mejor la vigencia de nuestras siempre tradicionales fiestas.