Montevideo agoniza

El título bien podría ser una descripción de la situación urbana, de convivencia y de seguridad que existe hoy en la capital del país. Sin embargo, es también el título del álbum debut de Los Traidores que cumple cuarenta años.

El álbum publicado por Orfeo contuvo canciones que fueron emblemáticas del rock nacional de aquellos años. A la hoy ya clásica “Flores en mi tumba”, se le sumaron “Viviana es una reaccionaria”, “El futuro de tus hijos” o “La lluvia cae sobre Montevideo”. El estilo musical, crudo, con pocos instrumentos y muy influenciado por el punk inglés de los años setenta, marcó una época ligada a una generación que salía de una dictadura culturalmente asfixiante y que así lo narraba. Pero la tragedia mayor, cuarenta años más tarde, es volver a leer algunas de aquellas letras de canciones de Los Traidores y ver que, conservando la idea original de que Montevideo agoniza, hay un sentido que permanece intacto.

En efecto, las consecuencias de esa agonía no son hoy por culpa de un tiempo de oscuridad política y social como era la salida de una dictadura de once años, sino por responsabilidad de un encierro conservador que tiene a Montevideo postrada y angustiosamente perdida. La Viviana que es hoy una reaccionaria, como dice la letra de la canción, “No dio todo lo que podía dar / Dejó su tiempo de revolucionaria”. Y cuando agrega en su estribillo que “Ya es tarde para ella / Ya dejó de soñar / Dejó de pensar en las estrellas / Bajó a la tierra / Y quiso escapar”: ¿acaso no es una ilustración perfecta de esa agonía montevideana que hoy escapa a sus responsabilidades de cambios y reformas, y que dejó de soñar hace tiempo con ser una ciudad elegante?

“La muerte elegante” es otra cruda descripción del Montevideo actual, pero esta vez del que no queremos ver tan a menudo, ese que todas las noches se va a descansar entre balazos y enfrentamientos de bandas de narcotraficantes: “La muerte elegante / La muerte galante / Se cierne sobre la ciudad / La vida errante / La vida frustrante / Ha vuelto a la ciudad”. ¿Y qué decir de “El futuro de tus hijos”, esa canción que cuarenta años más tarde taladra como en aquel entonces al país que quiera escucharla? Dice: “Juguemos al futuro de nuestros niños / juguemos a dejarlos morir / Sigamos cambiando / sentimientos por dinero / juguemos a verlos sufrir”.

No se trata de un juego de palabras ni de una picardía cultural. Se trata por supuesto de saludar los cuarenta años de un disco tan emblemático del rock nacional, pero a la vez de reflexionar un poco en qué nos pasó en estos cuarenta años de democracia, que son también en Montevideo casi la misma cantidad de tiempo que ha gobernado el Frente Amplio (FA) la capital (desde 1990). ¿Cómo puede ser que aquel Montevideo agonizante del que todo el mundo quería zafar en aquellos años, pueda seguir viéndose reflejado en aquellas letras de canciones que por definición y naturalmente estaban marcadas por una época excepcional de cambio político y social?

Hay una respuesta que duele por lo trágica, y es que aquella generación montevideana que rápidamente le dio la mayoría a la izquierda en el poder nunca logró zafar del cuadro deprimente con el que creció en su juventud. Los Traidores, como excelentes artistas, fueron capaces de narrar un estado del alma de una época juvenil que, infelizmente, no cambió sustancialmente con el paso del tiempo. No fue algo pasajero que se dejó atrás con los cambios democráticos y de aperturas sociales y económicas. Las Vivianas reaccionarias, que se acomodaron a dejar atrás cualquier tiempo revolucionario, dejaron de soñar y se acomodaron en cargos y lugares, sin pretender con ello cambiar nada del Montevideo que agonizaba.

La pregunta surge entonces naturalmente: ¿acaso seremos capaces prontamente, cuando se cumplan cuarenta años del triunfo del FA, de cambiar con el voto este designio agonizante, de vida frustrante que nunca se fue de la ciudad? Evidentemente hay que batallar para que así sea. Porque si cuarenta años es muchísimo tiempo, también es verdad que hubo, antes, un pasado esplendoroso de la capital del país, que fue hace un siglo la ciudad que tuvo el edificio más alto de Sudamérica, y que era a todas luces una joya de arquitectura, de civilidad y de convivencia en armonía.

Seguramente no será con música punk ni tampoco viendo caer pasivamente la lluvia sobre Montevideo. Pero hay que hacerlo con trabajo político, vigor y voluntad. Porque, en definitiva, nadie quiere poner flores en la tumba de una Montevideo que agoniza.

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