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En momentos de concluir la redacción de este editorial, se anunciaba que la Cumbre del Mercosur realizada en Paraguay estaba culminando con una declaración sin la firma de nuestro país.
Marcando de ese modo la discrepancia con que no se habilitara a nivel textual la demandada flexibilización del bloque.
El hecho es relevante en sí mismo, porque implica una señal política de la convicción con que el gobierno defiende los intereses uruguayos.
Pero pongamos el foco en algunas declaraciones vertidas en la tarde de ayer, que nos resultan altamente reveladoras de la disonancia ideológica entre ambas márgenes del Plata.
Algo ha cambiado en el discurso del presidente argentino Alberto Fernández, desde aquella cumbre virtual del Mercosur de marzo de 2021, en que increpó duramente a nuestro país, y esta que se desarrolló ayer en Paraguay.
Como se recordará, en dicha oportunidad el presidente Lacalle Pou había cuestionado la idea de que el Mercosur se convirtiera en “un lastre” para la voluntad de crecimiento de Uruguay, a lo que Fernández replicaba con tono airado: “si esta carga pesa, lo mejor es abandonar el barco”.
El intercambio que se dio ayer entre ambos mandatarios fue bien diferente. Lo único en común que tuvo con el anterior, fue la franqueza y sinceridad con que explicitaron sus respectivas posiciones. Pero es muy revelador comparar el menosprecio de quien antes sentía que timoneaba un transatlántico, con la metáfora que ahora utilizó el presidente Fernández: “me doy cuenta de que estoy viviendo en un mundo que está cambiando y estamos caminando en la cornisa y no quiero que ninguno de nosotros se caiga de la cornisa, sino que caminemos juntos”. Pasó poco más de un año entre una y otra declaración; parece claro que la actitud es bien distinta.
Y es así. Se justifica claramente que, en la complejísima coyuntura política y económica del país hermano, Fernández se sienta caminando por la cornisa. La pregunta está en si le asiste mérito para invitar a su pequeño vecino, que avanza a buena velocidad, a apagar motores y acompañarlo en esos pasos vacilantes al borde del abismo.
Resultan obsoletas las conducciones económicas que miran la realidad con orejeras ideológicas, suponiendo que el agroexportador exitoso se enriquece a expensas de la pobreza de sus compatriotas, cuando es exactamente al revés.
En lo que respecta a un TLC con China, con o sin Mercosur, las cartas están echadas. Ya se dijo todo lo que había que decir, y el énfasis puesto por el presidente Lacalle Pou en la legalidad del camino uruguayo (“tenemos la tranquilidad que esto ni vulnera, ni erosiona ni quiebra nuestra organización”) no fue discutida por los demás socios.
Los únicos argumentos en contra que sobreviven son de carácter emocional: se habla de la necesidad de unirnos para responder a la alta demanda de alimentos que reaviva la invasión rusa a Ucrania, como si la flexibilización propuesta por Uruguay lo impidiera.
“Los invito a pensar en eso -agrega Fernández- antes que pensar que el Mercosur se muere”. No tiene por qué morir el Mercosur. Lo que sí tendría que pasar a mejor vida es la rutina mental de resistirse a las más elementales leyes de la economía, esas que indican que los países crecen hacia afuera y, por tanto, deben trabajar duramente para que su producción llegue con la mejor calidad y a menores costos a distintos mercados del mundo. A esta altura resultan obsoletas las conducciones económicas que miran la realidad con orejeras ideológicas, suponiendo que el agroexportador exitoso se enriquece a expensas de la pobreza de sus compatriotas, cuando es exactamente al revés: si un país respeta al inversor, atrae capitales y, con ellos, desarrollo y prosperidad para todos sus habitantes.
La visión que tiene que morir, en nuestras sociedades, es la del viejo llanto plañidero de por qué la isla de Manhattan consume más recursos que un estado africano. Son ingeniosas reflexiones que alguna vez habrá vertido Eduardo Galeano, pero tienen poca o ninguna aplicación práctica, desde que no hay manera en los hechos de quitar energía a los neoyorquinos para regalársela a los países subdesarrollados.
El camino debería ser menos retórico y más pragmático: tomar medidas concretas para que nuestros países recuperen confianza en las reglas de juego político y económico y así reanimen nuestras economías, a caballo de emprendedores audaces. Uruguay viene dando pasos muy claros en ese sentido.
La diferencia entre un Titanic estatista devenido en cornisa y los países liberales que crecen a partir de la libre iniciativa privada, es la que subyace en este aparente diálogo de sordos.
Bien hace el gobierno uruguayo en mantener una línea firme y defenderla.