Marco Rubio y la flecha aguda

El reciente discurso del secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, en la cumbre de seguridad de Munich tiene un valor histórico que todavía es difícil calibrar. El mismo logró algo en apariencia simple, pero enormemente complejo. Y es que en un momento de confusión global, de choques de narrativas, de realidades alternativas, y miedo a decir las cosas como son, puso sobre la mesa qué es lo que está en juego, en este momento de la historia.

Un par de párrafos ayudan a entender lo que planteamos, aunque es muy recomendables tomarse unos minutos y verlo íntegro. Incluso, para quienes no entienden inglés, las herramientas de inteligencia artificial permiten una traducción muy leal, e incluso con la voz del autor.

Rubio comenzó con un repaso histórico, y mencionó el momento clave de la caída del Muro de Berlín y el derrumbe del comunismo soviético. “La euforia de este triunfo nos llevó a una peligrosa ilusión: que habíamos entrado en “el fin de la historia”; que cada nación sería ahora una democracia liberal; que los lazos formados por el comercio y solo por el comercio reemplazarían ahora a la nacionalidad; que el orden global basado en reglas, reemplazaría al interés nacional; y que viviríamos en un mundo sin fronteras donde todos se convertirían en ciudadanos del mundo. Esta fue una idea tonta que ignoró tanto la naturaleza humana como las lecciones de más de 5.000 años de historia humana”.

Rubio pone allí blanco sobre negro los orígenes del problema que vive hoy el mundo. Y que pasa por una mirada ingenua, infantil, agudizada por generaciones que han sido criadas entre los algodones de una prosperidad y una paz, que se asumía eterna, desconociendo las bases de la naturaleza humana.

“Delegamos nuestra soberanía a instituciones internacionales, mientras que muchas naciones invirtieron en enormes estados de bienestar a costa de sacrificar su capacidad de defensa. Esto, incluso mientras otros países han invertido en el desarrollo militar más rápido de la historia y no han dudado en usar la fuerza bruta para perseguir sus propios intereses. Para apaciguar un culto al cambio climático, nos hemos impuesto políticas energéticas que empobrecen a nuestra gente, mientras nuestros competidores explotan el petróleo, el carbón, el gas natural y cualquier otro recurso, no solo para impulsar sus economías, sino para usarlo como palanca contra la nuestra”.

Acá hay un eje central. El problema es que el optimismo y la ingenuidad de unos, ha sido explotado de manera descarada por quienes desprecian ese orden. Y que no han titubeado en aprovechar de sus debilidades, para ganar fuerza.

Rubio reivindicó las bases culturales de Occidente, y dijo que “Formamos parte de una sola civilización: la civilización occidental. Nos unen los lazos más profundos que cualquier nación podría compartir, forjados por siglos de historia compartida, fe cristiana, cultura, herencia, idioma, ascendencia y los sacrificios que nuestros antepasados hicieron juntos por la civilización común de la que somos herederos”.

Y tocando el eje central de su discurso, el secretario de Estado afirmó que “los estadounidenses a veces podemos parecer un poco directos y apremiantes en nuestros consejos, (...) La razón, amigos míos, es porque nos importa mucho. Nos importa mucho su futuro y el nuestro”. Para luego decir la frase que concentra el espíritu de sus palabras: “en Estados Unidos no tenemos ningún interés en ser los gerentes educados y ordenados de la decadencia de Occidente”.

Estas palabras han resonado enormemente en todo el mundo, pero en especial en una Europa donde el declive de su valores históricos, es sentida por grandes mayorías sociales, que ni siquiera pueden opinar libremente, por la presión de la corrección política impuesta por quienes buscan su fin.

Alcanza ver las palabras y reacciones de quienes criticaron luego el discurso de Rubio para entender lo que está en juego. Se dijo, como crítica, que defendió valores tradicionales, que no representó los nuevos conceptos de familia o de sociedad multicultural, que fue “demasiado occidental”. Ahora hay que pedir perdón por defender todo lo que ha definido nuestro éxito relativo respecto a otras culturas en los últimos 500 años. ¡Sí, nuestra cultura!

Esto no implica ni despreciar al Islam, o la tradición china, o la historia rusa. Pero si ellos pueden defender orgullosamente lo que les otorga su identidad, ¿por qué nosotros no podemos hacer lo mismo?

En un mundo confundido y embrutecido, las palabras de Rubio obligan a pensar. Cosa que muchos preferirían que no pasara.

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