Los senderos que se bifurcan

Uno de los cuentos más famosos de Jorge Luis Borges es “El jardín de senderos que se bifurcan”. El Río de la Plata hecho de Uruguay y Argentina están hoy, como en ese cuento, viviendo senderos de ese tipo.

Para empezar, importa tener claro que el camino que tomó Argentina a partir de la elección de Milei en noviembre de 2023 no tiene vuelta atrás. No porque el actual presidente tenga asegurada su reelección el año que viene, sino porque todas las encuestas señalan que, más allá de los vaivenes de buena evaluación que pueda seguir recibiendo su gobierno, lo que es claro es el consenso de que nadie quiere volver a lo que se vivió con el kirchnerismo en el poder. El camino está hecho de estabilización financiera, ordenamiento de cuentas del Estado, equilibrios macroeconómicos y expectativas de crecimiento a partir de las bases propias de una economía de mercado insertada en el mundo.

Para seguir, importa también darse cuenta de que la alianza que estableció Milei con la administración Trump es tan importante para Buenos Aires como para Washington. En efecto, para Buenos Aires lo es, como quedó patente en la crisis financiera de setiembre del año pasado, porque deja en claro a propios y extraños que el compromiso con el rumbo definido en la elección de noviembre de 2023 es inamovible. Para Washington lo es porque en la visión de organización hemisférica que se plantea la primera potencia mundial, es clave contar con el apoyo de la primera potencia hispanoparlante de Sudamérica como socio estratégico de largo plazo.

En este esquema, el avance en el sendero reformista de Milei ha sido enorme. Por un lado, hubo un esfuerzo de toda la sociedad argentina que está dando sus frutos: la pobreza ha bajado de manera drástica, las finanzas del Estado están equilibradas, la inflación está siendo vencida -más allá de que falta un buen trecho aún para que haya estabilidad total de precios-, y el camino de la desregulación económica ha sido emprendido con vigor, como lo muestra la reciente reforma laboral - imperfecta, pero potente -, y la apertura comercial con una asociación con Estados Unidos (EE.UU.) realmente envidiable.

Por otro lado, a pesar de la carestía en dólares la sociedad argentina sigue apoyando a su presidente, quien marca un rumbo ambicioso - volver a poner a su país entre las primeras potencias del mundo-, y que fija un cronograma sincero que precisa de tiempo para poder concretarse. Visto en sentido contrario, no será con la candidatura del gobernador de la provincia de Buenos Aires que se podrá seguir avanzando en certezas de reglas de juego económicas, ni tampoco será con un camino del medio, que pueda representar un macrismo renovado, que se podrá ir lejos en lo que todo el mundo es consciente que Argentina precisa: más modernización, más inversión, y más inserción internacional que la haga crecer a un promedio de un 5% anual durante muchos años para recuperar el tiempo perdido.

Cuando se ve el sendero tomado por Argentina, la bifurcación que ha emprendido Uruguay se hace más evidente. Aquí nada hay que vaya a fondo en ninguna reforma: por ejemplo, toda la problemática del mercado laboral con los desafíos de la inteligencia artificial y la flexibilización de los modos de trabajo es enfrentada con una parsimonia angustiante, cuando no con ideas anti- mercado del tipo que plantean los comunistas para dificultar más los despidos -y por tanto, las futuras contrataciones-.

La perspectiva de reforma estatal está del lado uruguayo completamente dormida. Ni siquiera se pudo cambiar realmente el régimen de licencias por enfermedad de los funcionarios públicos, por lo que ni que hablar de plantear aperturas a capitales privados para las empresas públicas que tanto precisan modernizarse -que es lo que ocurrirá pronto en Argentina con las suyas-. Nuestra inserción internacional no aprovecha los posicionamientos de las grandes potencias: no somos socios estratégicos de EE.UU. como Argentina, ni tampoco logramos grandes resultados del alineamiento pro-China fomentado recientemente por esta administración. Nuestra necesidad de crecer más es ya una ilusión que no se concretará de aquí a 2030, y nada hay que permita pensar en algo distinto a la verificación de un paso cansino y sin grandes ambiciones por un sendero hecho de quietud y dejadez.

Con el correr de los años, y si la apuesta de Milei da resultados y se profundiza además con su reelección en 2027, la bifurcación de caminos en el Río de la Plata será cada vez más ancha.

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