Los riesgos del internismo

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El internismo es un viejo defecto de los partidos: refiere a la práctica de centrar los debates, la energía y la dedicación dirigencial a cuestiones internas propias de la vida del partido, 

en vez de prestar atención a lo que verdaderamente importa y está vinculado con la sociedad y con la tarea efectiva de representación ciudadana.

Al terminar 2022 es inevitable constatar que hay una fiebre de internismo en distintos partidos oficialistas. Si bien no hay dudas de que todos los precandidatos presidenciales repiten que aún es muy temprano para entrar en definiciones electorales, no es menos cierto que no pasa una semana sin que no haya una entrevista, una reunión sectorial, o una declaración de algún dirigente que no traiga implícita la precandidatura de tal o cual con las perspectivas y expectativas que ella conlleva pensando en 2024.

Que si es Álvaro Delgado, que si se posiciona Guzmán Acosta y Lara, que si conviene que sea Laura Raffo, que si el wilsonismo va con la precandidatura de Beatriz Argimón, que si será candidato Robert Silva, que por qué mejor no ir tras Jorge Gandini, que si Daniel Salinas podría ser buena opción… y todo eso, a pesar de que el propio presidente de la República, concentrado en sacar adelante dos de sus principales reformas que son claves para el balance general de su administración, la de la enseñanza y la de la seguridad social, reunió hace poco a varios de los principales dirigentes nacionalistas para insistirles en que lo de las candidaturas debía empezar a definirse recién en la segunda mitad de 2023.

“La opinión pública está muy lejos de las telenovelas y especulaciones electorales. Sus preocupaciones pasan por el empleo, la situación económica, la seguridad y las deficiencias de la educación”.

Y es que los riesgos del internismo son evidentes para cualquiera que tenga un poco de memoria y experiencia política. En este asunto, como reza un dicho que se atribuye a Batlle y Ordóñez, “el que se precipita, se precipita”. O lo que es lo mismo, en materia de elecciones no por mucho madrugar amanece más temprano: para tener éxito electoral hay que medir muy bien los tiempos políticos, y moverse con demasiada antelación puede terminar siendo un gran fracaso.

La prueba más evidente está en el proceso de 2019: ¿quién podía afirmar en 2017, por ejemplo, que surgiría con fuerza un partido político recién medio año antes de las elecciones de octubre y que terminaría sumando nada menos que 270.000 votos con el liderazgo del que por entonces era solamente el general Manini Ríos? Hay otro ejemplo claro de la interna nacionalista: luego de la renuncia al Honorable Directorio de parte de Lacalle Herrera en 2011, toda la dirigencia blanca creía que el candidato natural de 2014 sería Larrañaga: terminó siendo Lacalle Pou, quien en noviembre de 2012 ni siquiera era mencionado como posible figura de recambio para liderar el sector del expresidente de la República.

Además, la opinión pública está hoy muy lejos de esos apuros propios de un internismo completamente fuera de foco. Las preocupaciones pasan por el empleo, la situación económica, los problemas de seguridad y las deficiencias de la educación. ¿Qué sentido tiene posicionarse en noviembre de 2022 como precandidato a presidente oficialista, cuando la Coalición Republicana tiene por delante la votación de una reforma de seguridad social exitosa que deberá ser fieramente defendida frente a las demagógicas críticas que le hará la izquierda opositora?

Es cierto que las encuestas de opinión pública generan cierta ansiedad en unos y otros. Sin embargo, si bien resulta natural que haya ambiciones personales y que se proyecten distintos escenarios electorales cuando es sabido que la elección de 2024 será muy competitiva, la verdad es que todos aquellos ciudadanos politizados que siguen al detalle las distintas internas tienen muy claro cuáles serán las posibles combinaciones de menús partidarios. El resto, que es la inmensa mayoría de la población, no tiene mayor idea ni interés en seguir las telenovelas del internismo, y seguramente sea además muy crítico de unas especulaciones electoralistas que terminan ocupando demasiada atención y tiempo, cuando las prioridades deben ser hoy muy otras.

Debe haber una señal fuerte que termine con el internismo. Ahora es tiempo de implementar la reforma de la educación y defenderla en todas las tribunas; y es tiempo de votar y explicar la justicia de la reforma de la seguridad social y de protegerla de la crítica artera que recibirá de la izquierda. El tiempo de las candidaturas viene después: que en 2022 el nombre de alguien suene con fuerza como candidato, no quiere decir que esa persona sea la que efectivamente termine llevando la bandera partidaria en 2024.

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