Como ocurre todos los años, al comenzar la discusión sobre la Rendición de Cuentas el país se moviliza para ver que tajada saca cada interesado de esa enorme distribución de dinero que hace el Estado.
Porque de eso se trata: saber en qué gastará más el gobierno y de donde sacará el dinero para hacer esos gastos. O sea, que nuevos impuestos crea o como acrecienta su deuda. No se trata del debate más estimulante que pueda tener el Parlamento. No es una instancia en que el gobierno abre ventanas para incentivar la iniciativa empresarial, social, educativa y cultural de la gente, o sea la iniciativa privada entendida como tal. Solo se discute a quien se la da más y a quien se le quita.
Los sindicatos (que en este proceso pesan solo los de funcionarios públicos) le dan cierta aureola a la discusión. Piden más para la educación, o más para la salud como si con eso le estuvieran haciendo un gran servicio a la patria. Pero no es más en el sentido de gastar en mejores equipamientos, o traer programas educativos de avanzada o invertir en laboratorios innovadores. En realidad, cuando piden más para educación piden mejores sueldos para que todo siga igual. Tendrán derecho a reclamar una suba salarial, pero eso no equivale a decir que por hacerlo mejorará la calidad de la educación. Eso nunca ocurre.
Como con los recursos humanos disponibles no pueden cumplir sus tareas, reclaman crear nuevos puestos. Tampoco eso quiere decir que mejorará la prestación de servicios, sino simplemente habrá más empleados hacinados en una misma oficina pública, sin demasiadas tareas que cumplir, quizás con sueldos decorosos y algunas prebendas que la actividad privada jamás podría contemplar, sin riesgo de fundirse.
Quienes hacen ruido durante el tiempo en que se debate la Rendición de Cuentas en el Parlamento, son los grupos de presión estatales. Pretenden sacar una tajada mayor y para lograrlo levantan la voz. Es tradicional que la Universidad ponga todo su esfuerzo para conseguir más recursos. Con perfil más bajo, lo hacen algunos ministerios o dependencias específicas, así como la Suprema Corte. Es además la zafra de huelgas. Casi todos los sindicatos de empleados públicos en algún momento organizan marchas y paros para pedir más para sí.
Hay otro sector de la población que guarda silencio. Es la gente que vive de su sueldo, obtenido en la actividad privada, y que aporta para que el Estado funcione aunque no siempre ve que ese aporte vuelve en calidad de servicios. Da, pero no recibe. Son los que fueron apodados como “los nabos de siempre”. Cumplen, están al día, pero a nadie le importa cuales son sus necesidades, sus reclamos ni sus deseos.
Lo único que esta gente ve cada año cuando se discute la rendición, es como se pasa el rasero para que sus expectativas de una mejora en su calidad de vida nunca se cumplan. Cuando creen que las cosas van a mejorar, alguien inventa un impuesto, una tasa, un tributo, una tarifa de último momento. Le dicen que es para solventar un servicio necesario, pero al final no solo no se verán beneficiados por ese supuesto beneficio, sino que nunca sabrán cuál era.
Estamos entonces ante un proceso directamente ligado a una parte de este país, y sin duda una parte importante como es su sector público, pero deja de lado a ese subestimado sector que trabaja, produce, genera riqueza y paga las cuentas, las suyas y las de los demás, en fecha y forma.
Ahí están quienes miran este espectáculo con desconfianza. Están en guardia, queriendo ver por donde aparecerá eso que habrá de perjudicarlos. Pero están además resignados. Saben que pierden porque nadie los representa. Sus diputados y senadores son demasiado prudentes y no tienen sindicatos que presionen en su nombre.
No está demás, entonces, al procesarse este crucial debate legislativo, recordar que hay una parte del país que sigue sus instancias desde afuera y que por lo general, ante un silencio generalizado, sale perjudicado.
Es que con la Rendición de Cuentas no se discute el destino del país, ni sus grandes proyectos, ni sus inversiones, sino simplemente se trata de un toma y daca: a quien le damos más, a quien le quitamos un poquito, qué impuesto inventamos para solventar ese gasto y que los perjudicados guarden silencio, no es a ellos a quienes nos dirigimos.
Quizás un día estos temas se encaren con otra altura y mayor consideración a ese enorme sector ciudadano que si bien vota a sus representantes, no siempre se siente representado.