Lo que hay que entender

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El domingo, nuestro director Martín Aguirre escribió una columna titulada “No entendemos nada” en que analizaba la grieta que existe entre los temas que preocupan a las élites y las que preocupan a la gente que anda y arde en las calles.

Esta columna fue muy comentada en redes sociales, ya que vino a proclamar algo parecido al cuento del rey desnudo, al que nadie había notado esa condición hasta que la primera persona lo advierte y lo proclama.

En efecto, parece indiscutible al leer los sesudos análisis de la mayoría de los periodistas, economistas, politólogos, políticos, historiadores y, en definitiva, todo lo que Durán Barba llamaba el “círculo rojo” o que en términos generosos podríamos llamar la “elite intelectual” de un país, en general nos dejan la sensación de estar viviendo en otro planeta. Así pasa, como señalaba Aguirre el domingo, que muchos politólogos no son capaces de entender por qué tantos brasileños votaron a Bolsonaro o muchos economistas no entienden que el consumo formal baja porque aumenta el contrabando por la diferencia de precios.

Hay otra grieta, sin embargo, que también debe merecer nuestra atención. Es la que existe entre los debates, enfoques y argumentos que enriquecen a una sociedad, la llevan a prosperar y a mejorar la comprensión de sus desafíos para superarlos y los debates ramplones, de nulo contenido, que pueden entretener pero a la larga aburren, desgastan y son inconducentes. Vale la pena preguntarse entonces: ¿Qué características suele tener nuestro debate público?

Supongamos que un dirigente del gobierno X plantea el tema A, argumentando que es fundamental para el país. A eso le sigue la respuesta del dirigente Y de la oposición expresando que A es lo peor que le puede pasar al país y eso se debe a que el dirigente X está en contra de los intereses populares. A eso le suele seguir una serie interminable de idas y vueltas entre X e Y que concluye cuando X recuerda a el Frente tuvo a Sendic o Y llama a X neoliberal. El mismo proceso podría producirse por algún planteo realizado por el dirigente opositor Y, con la subsecuente respuesta del dirigente X.

“El asunto no es tener más economistas o politólogos haciendo política sino un debate que respete al ciudadano en su inteligencia”.

Ahora bien, esta discusión puede ser racional desde el punto de vista electoral para los dirigentes políticos porque buena parte de las notas periodísticas sobre su actividad se reducen a Y “salió al cruce” de X o X “respondió” a Y.

De hecho, son los políticos más coloridos los que suelen captar más atención en los medios tradicionales y en las redes sociales.

Pero desde el punto de vista del ciudadano ¿qué le deja? La dinámica habitual de Gobierno lindo, Frente caca, o viceversa, no aporta nada a los verdaderos problemas que tienen los uruguayos, como sociedad no ganamos nada, salvo que se coloquen primeros en las filas de sus respectivos partidos los dirigentes que juegan mejor este “deporte”.

Se podrá argüir que la mayoría de las personas no escuchan lo que dicen los políticos, o cambian de canal o estación cuando aparece uno, pero esto será porque rechazan la política in limine o porque le aburre como se desarrolla la actividad política en los hechos. Si escuchara propuestas e intercambios que le agregaran valor, ¿no se prestaría más atención al debate público? No se trata, por cierto, de debates de alto nivel académico, ya que es bastante complicado pedir eso y no es necesariamente lo mejor para el debate sobre los temas de fondo en la plaza pública, pero sí debates de ideas, con contenido, en que se expresen con claridad los fundamentos de una posición clara.

Esto no solo no suele darse por problemas de forma, sino de fondo. Muchos políticos no suelen tener claro cuál es su visión del mundo. Y si pensamos en cuál es el rumbo que debe tomar el país sobre los temas centrales los que entienden de ello se cuentan con los dedos de una mano. Por eso, terminamos en los debates de lindo y caca sin mayor desarrollo.

Sería injusto no reconocer que hay políticos que intentan hacer otras cosas. Por ejemplo, el debate público entre Rodrigo Goñi y Ope Pasquet sobre el proyecto de ley de eutanasia, más allá de la personal posición de cada uno en un asunto sumamente delicado, fue de fondo. Hace a la concepción de ser humano, de su dignidad y su libertad y se desarrolló con altura y buenos argumentos desde cada posición.

Por tanto, el asunto no es tener más economistas o politólogos haciendo política -¡Dios nos libre!- sino un debate que respete al ciudadano en su inteligencia. La política, en buena medida, es el ejercicio de convencer al que piensa distinto, y eso no se logra insultando, se puede procurar hacerlo razonando.

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