Kristalina Georgieva vino a Montevideo, elogió a Uruguay, de acuerdo a los usos y costumbres habituales de los funcionarios de organismos internacionales pero, además, realizó observaciones audaces que no suelen estar dentro del repertorio. La directora gerente del Fondo Monetario Internacional no vino a retar a nadie, vino a decir en voz alta lo que acá muchos saben y casi nadie se anima a plantear con todas las letras, que la estabilidad es una condición necesaria para el desarrollo, pero está lejos de ser suficiente.
Una de sus frases llamativas y acertadas fue “no se puede meter la estabilidad en el refrigerador”. La otra, que transmitió al ministro Oddone después de las reuniones, fue bastante más incómoda, hay que dejar de mirar por el espejo retrovisor. La referencia es a 2002, al trauma fundacional de toda una generación de economistas, empresarios y políticos uruguayos que aprendieron que lo peor que puede pasar es que pase algo.
Conviene reconocer el mérito antes de la crítica. La inflación en 4,5% y las expectativas ancladas por primera vez en décadas no cayeron del cielo, fue gracias a la gestión de Diego Labat que logró torcerle el brazo a nuestro eterno 8%. Uruguay tiene hoy una base macroeconómica que la mayoría de sus vecinos envidia, y eso explica que la titular del Fondo haya elegido Montevideo para dar el discurso.
El problema es el otro número. La economía creció 1,8% el año pasado y las proyecciones realistas para este año -no las del MEF, por supuesto- están en torno al 1%. Ese es el techo real del país, y con ese techo no se financia absolutamente nada de lo que la política promete en campaña. Ni la educación que se reclama, ni la seguridad que se exige, ni las jubilaciones que se prometen. Un país que crece al 1,2% no discute cómo mejorar, discute cómo repartir la miseria.
Y ahí está el vicio nacional. Uruguay debate durante meses cómo distribuir una torta que no crece, con una pasión que jamás dedica a la pregunta de cómo hacerla más grande. Es un deporte universal, lo practican todos los partidos, las cámaras empresariales, los sindicatos y buena parte de la academia. Cada tanto alguien menciona la productividad y el resto mira para el costado, esperando que el tema pase.
Las recomendaciones del Fondo no fueron misteriosas. Regulación que traba la competencia, funcionamiento de las empresas públicas, aspectos del mercado laboral. Nada de eso es nuevo, está escrito en informes técnicos desde hace años, con conclusiones que se leen, se comentan y se archivan convenientemente. La diferencia es que esta vez lo dijo alguien a quien el gobierno invitó, sentó en primera fila y aplaudió de pie.
A la lista habría que sumarle lo que el Fondo, por diplomacia, no dijo. La apertura comercial que Uruguay viene anunciando desde que existe el Mercosur y nunca concreta, el costo país que espanta inversiones antes de que lleguen a mirar un balance, la maraña de trámites que convierte cualquier proyecto en una carrera de obstáculos con final incierto. Somos el país de la seguridad jurídica, siempre que uno tenga la paciencia de esperar los tres años que demora un permiso.
Tolosa aportó otro dato que debería incomodar más de lo que incomodó, el exceso de ahorro conservador que no se transforma en crédito. Un país que guarda la plata debajo del colchón en dólares y después se queja de que no hay inversión, es un país que decidió que prefiere no perder antes que ganar. Prudente, sí, pero también estancado. La memoria del corralito argentino y del 2002 uruguayo sigue rindiendo intereses emocionales un cuarto de siglo después.
Lo grave es que la pasión por el espejo retrovisor y por no arriesgar es un problema cultural de nuestro país, algo que se ha agravado en el último año y medio gracias a un gobierno irresoluto, cansino, falto de ideas y de liderazgo. El resultado se ve todos los meses en los datos de actividad y en la lista de jóvenes calificados que se van a buscar afuera lo que acá no encuentran, que después vuelven de visita y no puede creer lo sucia y dejada que está Montevideo.
Georgieva ya se fue y la agenda que dejó sigue arriba de la mesa. Uruguay tiene el crédito, las instituciones y el prestigio para animarse a discusiones que viene postergando largamente. Lo que no tiene es tiempo infinito, porque el mundo se está reconfigurando a una velocidad que no espera a los países que duermen la siesta. Ya perdimos mucho tiempo para encarar reformas que todos los uruguayos que miran el interés general de buena fe saben que son necesarias. Es tiempo de enfrentar la realidad.