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Cuando hace unos días el Parlamento recordó los 20 años de la terrible crisis de 2002, el senador del Partido Nacional Da Silva expresó que “es mentira que el Frente Amplio (FA) actuó con lealtad institucional”.
El debate importa porque refiere a hechos claves de la historia reciente. Algunos libros publicados este año, sobre todo de periodistas, han recordado distintos aspectos de aquellas jornadas tan difíciles para el país. Pero la referencia ineludible que al detalle narró lo ocurrido, con ritmo de vértigo, sigue siendo el libro publicado por Claudio Paolillo casi inmediatamente de la salida de la crisis, en 2004, “Con los días contados”, y que tantas ediciones posteriores acumuló.
En cualquier caso, sea porque se apele a la memoria de los que en aquellos años ya eran protagonistas políticos en sus respectivos partidos -como es el caso, por ejemplo, del actual senador Da Silva, e incluso del propio presidente Lacalle Pou-, o sea que se analicen los episodios con el filtro de una reflexión más amplia a través de crónicas periodísticas, lo cierto es que se ha ido instalando en todos estos años la idea según la cual la oposición de aquel entonces que era el FA actuó con lealtad institucional.
Quienes sostienen esta tesis de la lealtad institucional rescatan una actitud opositora del FA en algo mesurada, que permitió al gobierno de Batlle llegar al final de su mandato y que cuidó la estabilidad democrática. Esto quiere decir, en concreto, que la oposición no llamó a dar un golpe de Estado ni tampoco azuzó manifestaciones para generar desorden social.
“En la crisis del 2002, la izquierda no ayudó a sacar las castañas del fuego. Se puso en la vereda contraria cuando el país más necesitaba de la unidad ante la adversidad. Eso no puede calificarse de lealtad institucional”.
Alcanza con ver lo ocurrido por ese entonces en Argentina, alegan, para darse cuenta de la enorme diferencia entre las dos orillas del Plata: en Buenos Aires la crisis de 2001 terminó con el presidente huyendo en helicóptero y con una sucesión de varios presidentes en pocos días que solo sumó caos y desazón a una depresión económica y financiera que ya era de por sí enorme.
Sin embargo, ese relato de la lealtad institucional del FA es parte de la mitología izquierdista del Uruguay. Por un lado, porque francamente resulta muy poca cosa felicitarse por contar con una oposición con lealtad institucional, si por ello se subraya simplemente que no incendió las calles o no promovió un golpe de Estado. Realmente, hay que tener muy bajo el nivel de exigencia de calidad política de los partidos en una democracia para que, cumpliendo con requisitos tan básicos de estabilidad mínima, se concluya como algo a destacar que aquí hubo de parte del FA ese tipo de lealtad.
Por otro lado, porque como bien recordó el senador Da Silva, cuando en plena tragedia financiera el gobierno de Jorge Batlle debió apagar incendios tremendos -causados en gran parte por la inestabilidad argentina-, el principal dirigente del FA que en ese momento era Tabaré Vázquez salió públicamente a pedir el default de la deuda pública. Se alineó así completamente al programa del Fondo Monetario Internacional (FMI) al cual se enfrentaba Batlle, quien sabía que, para poder salir adelante luego del paroxismo de la crisis, Uruguay debía conservar su palabra empeñada en los empréstitos internacionales y no tomar de ninguna manera el camino argentino que el FMI pretendía.
Es cierto que el Partido Nacional retiró a sus ministros del gabinete en 2002. Pero, mirado en perspectiva, eso dio un nuevo aire al Ejecutivo que logró con el protagonismo de Atchugarry aportar una enorme estabilidad política. Además, no faltaron de ningún modo los votos blancos en el Parlamento para votar la reprogramación de los depósitos, medida que era absolutamente necesaria para poder encauzar las finanzas del país.
En esa instancia, que bien podría haber sido unánime, el FA votó en contra. Y en la defensa de la estrategia nacional de cumplir con la palabra empeñada y defender el interés del país de diferenciarse del caos argentino, también podría haber estado el apoyo unánime de todo el sistema político, y sobre todo del líder opositor Vázquez a quien, por cierto, el presidente Batlle había explicado claramente la gravedad de la situación.
Si así hubiesen actuado el FA y su líder, ¡qué duda cabría de que habrían mostrado entonces lealtad y patriotismo! Pero la izquierda no ayudó a sacar las castañas del fuego. Se puso en la vereda contraria cuando el país más necesitaba de la unidad ante la adversidad. Y eso, definitivamente, no puede calificarse de lealtad institucional.
Es importante que se recuerde la crisis de 2002 tal como fue. Y cuál fue el verdadero papel del FA.