No es París ni va en chiste. Es Montevideo -y si quieren también alguna otra de las ciudades importantes del país- y va en serio. Vamos a referirnos a algunos aspectos contradictorios de las órdenes que emanan o dicen que van a emanar de órganos de administración y gobierno que hacen a nuestra rutina diaria.
El primero es el problema del tránsito, que para nosotros los uruguayos siempre lo fue y que se agrava todos los días. Nos referiremos al tránsito urbano. Por carretera, también es complicado pero aunque proporcionalmente sean más los accidentes fatales que provoca -lo que se explica por la mayor velocidad de circulación, las dificultades de visibilidad con la niebla, las pésimas señalizaciones, la ineptitud y ne- gligencia de los conductores y el mal estado de los vehículos- en este aspecto no hay más para decir que lo de siempre. Muchos de estos problemas se trasladan al tránsito urbano, pero éste adiciona mayor cantidad de peatones que cruzan las calles distraídos, los carritos de hurgadores y ahora, como venido del cielo, cayó este asunto de la obligación de andar con las luces del automóvil prendidas.
Esta exigencia está impuesta por ley nacional. Es reciente, lo que no debería importar a los efectos de su cumplimiento, pero parecería que sin que nada lo autorice, existe una suerte de tácito acuerdo entre quienes deben efectuar los contralores para, al menos por un tiempo, no sancionar la transgresión. Entonces, aquellos días con luz solar a pleno, o nublados pero con visibilidad aceptable, vemos una cantidad de automóviles que andan y arden por las calles de la ciudad con las luces prendidas y otros que no. Quizá con algún margen de error tolerable por la ausencia de estadísticas, podríamos decir que la cosa se reparte por mitades.
Ha sido y sigue siendo una constante del tránsito urbano nacional la falta de presencia de las autoridades en la calle para hacer docencia. Los inspectores municipales, en general, salen a controlar con la consigna de aplicar multas. Las que hoy proliferan son por incumplimiento a la obligación de no perifonear cuando se conduce -se dejan pasar otros factores de distracción a la atención del chofer como puede ser la cebadura del mate- y, naturalmente, a la de no circular si no se ha pagado la patente. Esa presencia de los inspectores no es regular, no se les ve todos los días cumpliendo con su deber, sino que lo hacen esporádicamente y en forma masiva, de manera de despertar la solidaridad de los que manejan que se hacen señas para advertir que el enemigo está cerca y así dar tiempo al otro a eludirlo desviando el recorrido.
Es muy difícil encontrar un inspector municipal deteniendo un automóvil para darle un consejo, para corregir un error, para enseñar en una palabra. Esta tarea la cumple mejor la policía de tránsito, más correcta, más preparada, pero mucho peor retribuida y con dotaciones funcionales muy reducidas.
Con la práctica de andar de día con las luces prendidas en la ciudad, se generan dos problemas. Uno, el más peligroso, es que el conductor presta atención instintivamente a quien lleva prendidos los faros y desatiende a peatones y a quienes los llevan apagados, lo que facilita las colisiones. Este problema ha sido estudiado en varios países y se optó finalmente por derogar la obligación de andar iluminando cuando hay luz. El otro problema, es que quienes cumplen con la norma, no están acostumbrados a apagar la luz cuando se bajan del auto, y entonces las baterías se descargan permanentemente, si el coche no avisa. Ya existen instituciones que prestan servicios de auxilio, que no dan abasto, o sencillamente se niegan a asistir al que se quedó sin batería y no puede arrancar.
Por otro lado, el nuevo Ministro de Industrias, preocupado por los problemas de generación de energía que se van a agravar en el invierno, ya está anunciando "multas" para aquellos que consuman más de lo que se considera razonable, cualidad afirmada vaya uno a saber con qué criterio. Martínez es socialista, la concepción del Estado de Derecho y lo de las garantías a las normas represivas quizá no lo domine, por lo cual es posible que no le ruborice aplicar sanciones -la multa lo es- sin norma que lo autorice. Pero al margen de ello, no podemos negar que la ciudad iluminada artificialmente, cuando ya lo está por la naturaleza, y más ennegrecida en la oscuridad, es una originalidad que merecería una mención en el Guinness.