El candidato Mujica y el presidente Chávez tienen muchas cosas en común, y no precisamente buenas. Desde sus orígenes a la vida política con el propósito de voltear instituciones democráticas -Chávez fracasó en un golpe de Estado y Mujica en acceder al poder por las armas-, pasando por sus personalidades de hoy caracterizadas por el abuso del palabrerío y "estupideces" frente a un micrófono o grabador, hasta llegar a lo más grave: instalar constituyentes para aniquilar sagrados principios democráticos que hacen a las naciones.
No vamos a descubrir la estrecha amistad entre ambos. Ellos se han encargado de ponerla de manifiesto y son integrantes de una "santa alianza" que incluye al matrimonio Kirchner, al ecuatoriano Correa, al boliviano Morales y al nicaragüense Ortega que, entre otras cosas, disfrutan de los petrodólares venezolanos. Con valija de Antonini o sin ella.
Causa gracia la molestia de Mujica por las pegatinas en Buenos Aires de carteles con las imágenes de estos personajes. ¿Acaso no son amigos? ¿Por qué tiene que ser un operativo "de la derecha"? ¿Reniega de ellos? No, pero sabe que tanto Chávez como los Kirchner no son bien vistos aquí. Al venezolano, que hace poco había anunciado su visita, se le sugirió que mejor la dejara para otra ocasión. Era poco estratégico un abrazo en plena campaña electoral. ¿O no?
El mandatario caribeño es un experto en prostituir lo más sagrado de la democracia: utilizar los pronunciamientos populares para edificar nuevos métodos de opresión. Perseveró hasta que logró que se le aprobara la reelección indefinida. Concentra todo el poder (ejecutivo, judicial, legislativo) y lleva a cabo, en escalada creciente, la persecución con juicios penales digitados, a los dirigentes y opositores políticos que puedan constituirse en potencial amenaza a sus pretensiones hegemónicas. Provoca sus inhabilitaciones administrativas para postularse. Amenaza y lleva adelante medidas confiscatorias a medios de comunicación. Desconoce el mandato de gobernadores y alcaldes opositores. Impone a las fuerzas armadas la obligación de que en cuanta parada militar, desfile o acto, documento e, incluso correspondencia interna, se concluya con la frase "patria, socialismo o muerte". Falta solo la mano abierta y el brazo estirado.
Como si esto fuera poco, Chávez ha buscado intervenir directamente en todos los procesos electorales celebrados en la región. En muchos lo logró (don dinero es cada día más poderoso caballero). En otros, como Perú, fracasó. Al colombiano Uribe no logra doblegarlo, pero le ha organizado una amenazante carrera armamentista. Y ahora abre decididamente el frente uruguayo. Sin ningún pudor lo dijo hace poco el senador comunista Eduardo Lorier -socio del MPP- que con Mujica presidente "tendremos más apoyo de Chávez". Y los apoyos no vienen gratis. También lo advirtió la española (catalana) Pilar Rahola cuando tituló su columna "Uruguay, a la sombra de Chávez", y concluyó con "¿puede Uruguay caer en manos de un extremista (por Mujica) que no cree en la democracia? Si ocurre ¿puede convertirse en otro satélite del chavismo? ¿Está ocurriendo ya? Preguntas siniestras para una hora difícil en el pequeño Uruguay".
Mujica, siguiendo el camino de Chávez se inscribe -hasta ahora- en la línea de líderes populistas. Basta escucharlo pontificar. ¿Su intención es seguir? Chávez habla permanentemente de que Venezuela vive en democracia. No cree en ella, pero le ha sido necesaria para acceder al poder. Y desde allí ha ido envenenando poco a poco la fe del pueblo en su eficacia y sus virtudes; la democracia venezolana es hoy una burda caricatura, un sistema tugurizado donde todo es confusión. Se han ido quebrando sus valores morales, debilitando el imperativo de los deberes éticos, en un lento operativo que insensibiliza, postra y destruye. Mujica, cuenta Rahola, fue categórico a la hora de definirse: "participar en la democracia liberal no significa creer en ella".
Panorama amenazante. Se invoca a la democracia para justificar una desmedida ambición de poder que incluye su defunción. ¿Es que acaso las democracias se suicidan? ¿Hay gérmenes malditos que las llevan a ello? Lamentablemente la respuesta es afirmativa: se envenena el régimen en forma lenta, hasta que pierde toda su fuerza soberana. Es lo que hizo Castro primero con la "liberación" de Cuba y es el proyecto que anima el socialismo siglo XXI que impulsa Chávez en Venezuela.
Los une el pasado, que es preocupante pero que ya pasó. ¿Y el futuro? ¿Seremos otra Venezuela o algún satélite chavista?