La Patria Grande frenteamplista

Indignación y vergüenza. Eso es lo que sentimos. Indignación por el acto patoteril y repudiable de tres países empeñados en entrometerse en la vida política interna de un tercero (Paraguay), en fijarle reglas de cómo tiene que aplicar su Constitución, en desconocer a sus legítimas autoridades, en ignorar la decisión -casi unánime- de su Parlamento, en olvidarse que es un país libre y soberano y designarse a pura prepotencia como suprarrectores de las reglas de conducta política correctas. Porque se aprovechó de lo que puede ser un proceso excepcional en la vida de un país, como es el juicio político y destitución de su Presidente, para declarar que se apartó de la línea democrática que debe caracterizar los regímenes del Mercosur.

¿Es que acaso puede funcionar normalmente una nación donde su Presidente tiene el expreso rechazo de 115 legisladores y sólo 4 lo apoyan? Y, lo más grave: mientras Paraguay salía del Mercosur por la puerta grande de la autodeterminación de los pueblos, una piedra se movía y entraba, solapadamente y por la puerta de servicio, un cangrejo: la Venezuela de Chávez había logrado la exclusión de su obstáculo y ahora se sentaba junto a Argentina, Brasil y Uruguay en la mesa -muy venida a menos- del Mercosur. Ese ingreso resistido una y mil veces, pese a todas las presiones, por el legítimo Senado paraguayo, lo llevaron a cabo luego de suspender a ese país (socio fundador del Mercosur y signatario como tal del Tratado de Asunción) en sus derechos. Y aquí sí que se violaron todas las garantías del debido proceso: el acusado no pudo defenderse porque no se le dejó ni siquiera hablar. Se lo condenó en ausencia y sin oírlo.

Vergüenza, porque nuestro gobierno, el gobierno de la República Oriental del Uruguay, fue parte de esa agresión y, nos atreveríamos a decir, por los antecedentes, que tal vez fue su ideólogo. En la última reunión del Mercosur celebrada aquí en Montevideo en diciembre del año pasado, el presidente Mujica anunció su intención de promover "la revisión del criterio jurídico" de ingreso al Mercosur por la oposición del Senado paraguayo a aceptar a Venezuela (¿cuál sería? ¿Saltearse al Senado sería un golpe de Estado? ¿Violar el Tratado?) y así hacerle el mandado a Chávez. Tan grosera fue la propuesta uruguaya, que hasta la mismísima presidenta argentina la consideró inconveniente y naufragó.

Vergüenza porque el nombre de Uruguay quedará asociado a esta felonía. La historia ni se va a ocupar de José Mujica; será nuestro país el que se cubrirá de oprobio, como antes lo fue cuando la Triple Alianza arrasó con el pueblo paraguayo. Hemos vuelto a ocupar un sitio en la deleznable categoría de país intervencionista, intervencionista y mercenario porque no lo hicimos en defensa de sagrados principios, sino por un precio: el que de seguro pagará Chávez con sus petrodólares y el que nos han entregado nuestros socios, Argentina y Brasil, al permitir que Uruguay pueda celebrar acuerdos bilaterales (solo) con otros países latinoamericanos. Así trocamos "el rico patrimonio de los orientales" de Artigas, por el "logramos lo que fuimos a buscar" de Mujica.

Pero hay más para nuestro presidente. Si Mujica considera que hubo un "golpe de Estado" en Paraguay, ¿cómo calificaría la situación de un país donde su presidente arrasó con el doble pronunciamiento de sus ciudadanos llamados a consulta popular, se lo metió en el bolsillo e hizo lo que se le antojó? Desconocer decisiones del pueblo amparados por la Constitución, ¿cómo lo llamaría? ¿Cuál será el nombre del que profana su juramento de defender la Constitución, desconoce y pisotea la voluntad del soberano? Tan pudoroso como parece ser con el Parlamento paraguayo y tan dicharachero que parece ser con nuestra propia Carta Magna. La Ley de Caducidad lo acusa. ¡Por favor, basta de hipocresías!

Mujica, además, ha sido partícipe en la creación de una nueva concepción del añejo sueño de la Patria Grande. Y lo peor es que no está solo, lo acompaña todo el Frente Amplio, su partido político. Allí está su canciller, el mismo que dijo en el Parlamento que no se iba a aprovechar de la suspensión de Paraguay para dar cabida a Venezuela en el Mercosur, y allí está todo su gabinete respaldando el atropello a Paraguay y a este ingreso deshonesto. Allí está el silencio de todos los legisladores y dirigentes del Frente Amplio; ninguno se pronunció contra este acto intervencionista de imperialismo sudamericano.

Ellos, con Mujica a la cabeza, creen que están haciendo historia; se equivocan, la están deshaciendo.

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