Con la confirmación de la victoria de Abelardo de la Espriella en las elecciones de Colombia, se ratifica un proceso de viraje político en buena parte de América. De la Espriella se suma a una serie de políticos muy distintos, que van desde Keiko Fujimori a Javier Milei, de Daniel Noboa a Nayib Bukele, que vienen ganando elecciones, y desalojando del poder a líderes socialistas o “de izquierda”.
Este proceso ha sido visto con iguales dosis de frivolidad y rechazo por parte de analistas y politólogos de la región y de fuera, que ya lo han bautizado como una “ola azul”, y no dudan en señalar que sería todo parte de una especie de “boom” de la ultraderecha mundial, potenciado por los “tecnoideólogos”, y toda una sarta de tonterías que sólo se justifica por el sesgo ideológico y la pereza intelectual.
Para empezar, entre los liderazgos que vienen ganado elecciones en forma totalmente democrática en los últimos años, hay diferencias muy notorias. Claramente no es lo mismo un Rodrigo Paz que un Javier Milei, o un José Antonio Kast. Y Keiko Fujimori se parece más a Nasry Asfura que a De la Espriella. Vivimos en un continente muy diverso, donde los procesos políticos internos de cada país son diferentes. Y las generalizaciones, o las calificaciones livianas, están lejos de ayudar a entender la realidad.
Por ejemplo, escuchamos todos los días a “expertos” hablar de que se trata de liderazgos “ultraderechistas”, pero esa gente nunca habla de “ultraizquierdistas”, ni siquiera para referirse a gente como Nicolás Maduro o Daniel Ortega.
Pero, además, hay kilómetros de diferencia entre alguien con ideas profundamente liberales en lo social como Javier Milei, y una persona con un perfil netamente conservador en ese campo como Kast, por ejemplo.
¿Qué tienen en común, entonces? ¿Por qué ellos mismos se vinculan y festejan sus resultados?
Lo que tiene en común esta “ola azul” es que es una reacción. Una reacción a políticas y líderes socialistas, que han impuesto una agenda política y social que ha alienado a buena parte de las sociedades continentales, y que han fracasado en atacar los problemas centrales que estas sociedades padecen hace años.
Cuando quienes ganaban elecciones eran los gobiernos socialistas, lo hacían bajo la promesa de que con políticas redistributivas, con impuestos a los “ricos”, y planes sociales generosos, lograrían acabar con los dramas que afectan a la región hace décadas. Que son la pobreza y la violencia criminal, por encima de todo.
Lejos de eso, luego de años de ensayos y diferentes liderazgos, los pueblos de América Latina han visto que esas políticas no han sido eficientes para enfrentar estos problemas. Que lejos de ello, lo que han logrado es paralizar las economías, fomentar la división social, y amparar a los delincuentes. Y que sus líderes se han preocupado más por agendas de reforma social que son muy aplaudidas en las capitales europeas o en los eventos de organismos internacionales. Pero que no están para nada entre las prioridades de quienes viven en esta región.
Esa es la clave de por qué están ganando candidatos que prometen cosas claras: atacar la violencia criminal, y reducir el peso de las burocracias públicas, para lograr un crecimiento económico robusto y generoso.
Lo que la gente se ha dado cuenta es que ninguna política social reemplaza al crecimiento como forma de mejorar la calidad de vida de las personas. Y que al narcotraficante o al delincuente, no se disuade con abrazos y comprensión, sino con un combate frontal y sin complejos de culpa.
Por último, hay un factor que tienen en común estos nuevos liderazgos. Y es que no están dispuestos a permitir que el resentimiento o el directo odio a Estados Unidos, sean el factor que decida su postura en materia internacional. Hasta ahora, este tipo de enfoque, tan fogoneado por nuestras elites culturales y periodísticas, y por poderes de segundo orden que lucran con este tipo de planteo, nos han impedido tener un vínculo más sano con la principal potencia del planeta. Potencia con la que compartimos hemisferio, historia, y valores democráticos. Nos podrá gustar más o menos el actual presidente de ese país, pero a la hora de elegir, si algo le sirve a los pueblos de América Latina es tener un vínculo fluido y constructivo con Washington, que esté menos influenciado por resentimientos atávicos, y más por intereses compartidos.
Cuando se lee lo que pasa hoy en al región, hay que evitar las lecturas sesgadas e interesadas, y entender que el cambio es mucho más pragmático y racional de lo que se suele decir.