La "casta" y el tecno-optimismo

A partir del aterrizaje en Argentina del polémico empresario tecnológico Peter Thiel, los medios de la región se han hundido en un debate tan vitriólico como desafiante. Si usted no sabe quién es Thiel, tampoco se preocupe tanto. Es un empresario e inversor, de perfil muy alto, que ha sido parte esencial en el despegue de empresas como Pay-pal, Facebook, o Palantir, con la cual ha quedado en medio de una tormenta política global.

Sus ideas van por el lado de un libertarianismo conservador, y es un defensor vocal de eso que se da en llamar los valores occidentales. Tal vez por eso ha decidido radicarse en la Argentina de Milei, y hay quien dice que también ha comprado tierras en Uruguay.

Como decíamos, uno de los emprendimientos más exitosos ha sido la empresa Palantir, que ha desarrollado un complejo software y ha sido esencial para algunas acciones espectaculares del ejército estadounidense. Pero también lo ha puesto en la diana de muchos activistas, por su escasa valoración de aspectos clave de esos valores occidentales que él mismo dice defender, como la lucha contra el autoritarismo, y la defensa de la privacidad individual.

El personaje es complejo y desafiante, pero no es este el momento de profundizar en él. Sino que la intención de esta pieza es enfocarse en algunos de los sustentos de las posturas que hoy lo toman a él, así como a otros magnates de la tecnología como Elon Musk, como verdaderos villanos del mundo actual. Gente que se habría vendido al “trumpismo”, y a visiones casi apocalípticas de superioridad tecnológica, que buscan arrasar una serie de conquistas humanas de las últimas décadas.

A estas figuras se los ha calificado despectivamente de “tecno-optimistas”, y de poner en un pedestal a herramientas tecnológicas que pueden llevar a la humanidad al desastre.

La realidad es que el “tecno-optimismo” es algo que ha existido en todas las eras, en particular cuando en las mismas han ocurrido avances disruptivos, como puede ser la imprenta, la máquina a vapor o internet. Siempre cada generación que ha protagonizado este tipo de saltos tecnológicos genera figuras que se embanderan con la tecnología del momento, y parecen creer que todos los problemas de la humanidad están a poco de ser solucionados. Y en general, se atribuyen capacidades muy por encima de la realidad. Desde Gutemberg a Tesla, pasando por Sam Altman (creador de ChatGPT), la historia es prolífica en estas figuras mesiánicas, que tienen un rol clave, pero siempre menos trascendente de lo que ellos creen.

El problema es que también la historia es prolífica en mostrar lo negativo de las contracaras de estos personajes. Esos que podríamos definir como “tecno-pesimistas”, y que ven detrás de cada salto tecnológico una amenaza para el futuro de la humanidad. Desde los luditas a Malthus, tenemos ejemplos en cantidad de este fenómeno todavía más negativo. Pero en esta ocasión se mezcla algo todavía más complejo.

Durante muchos años, buena parte de quienes hoy demonizan a los emprendedores y “tecno-optimistas”, eran los grandes abanderados de estos mismos avances. A casi ninguno de los indignados actuales les molestaba tanto que empresas de tecnología como Twitter, Facebook, o Google, operaran sobre el ecosistema de debate social cuando lo hacían para defender ciertas posturas. Y, sobre todo, silenciar otras.

Porque este proceso, donde empresas enormes y que tienen en muchos casos más poder de influencia (y facturación) que muchos estados, se atribuyen el derecho a controlar el debate público y empujar con ciertas posturas de forma poco democrática, no empezó ahora. Está plagado de ejemplos de cómo esas empresas (que en el fondo no tienen ideología, sino afán de lucro), fomentaron determinadas agendas polarizantes.

Sin embargo la indignación se volvió explícita cuando con el regreso de Donald Trump en Estados Unidos, los “popes” de estas empresas tuvieron un viraje político impactante. Que también se funda en su batalla contra la regulación que se les impone, por ejemplo, en Europa. O en su percepción de un cambio de viento en cuanto a ciertas posturas que hoy se suelen definir como “woke”.

De nuevo, el “tecno-optimismo” está plagado por pecados, sobre todo el de soberbia. Y entre las cosas y las posturas que defienden personas como Peter Thiel, hay mucho para criticar. Pero hay que empezar por tener claro que la furia de muchos no es por cómo usan sus herramientas, sino que no lo hacen para empujar la agenda que ellos quisieran.

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