Hace exactamente una semana comentábamos en este espacio sobre el escándalo que golpeaba a la prensa británica, muy en especial a la prestigiosa cadena estatal BBC. Todo a raíz de un informe de un analista externo, filtrado por medios como The Telegraph, donde se criticaba duramente a las autoridades de la cadena. En estos días, el tema ha explotado a nivel mundial, ya que las dos jerarquías máximas de la BBC, Tim Davie, director general, y la responsable de la división de noticias, Deborah Turness, presentaron renuncia a sus cargos.
A esta altura, la denuncia es conocida por todo el mundo. El detonante ha sido un fragmento de una edición especial del programa Panorama, donde de manera maliciosa se “pegaron” dos fragmentos de un discurso de Donald Trump, originalmente separados por casi una hora, para dar la impresión de que el mandatario estadounidense había llamado a tomar el Congreso.
Pero ese no fue el único reproche que surge del informe del experto Michael Prescott. También se denuncia un sesgo escandaloso en contra de Israel durante la cobertura del reciente conflicto en Medio Oriente, donde se consultaba en forma permanente a gente con visiones radicalmente antisemitas, o se aceptaba como buena información sin confirmación básica, siempre que ayudara a dejar mal parado a Israel.
La consecuencia de este escándalo es una amenaza de juicio millonario contra la BBC por parte del presidente estadounidense a menos que haya un pedido de disculpas formal. La exigencia por parte del candidato favorito a ser el próximo primer ministro, Nigel Farage, de una profunda reforma de la cadena, o perder su financiación pública. Y, lo que es peor, la caída en la ignominia de una de las voces emblemáticas y más respetadas del periodismo global.
Para quienes siguen la BBC hace años, y en particular sus ramas regionales como la que se encarga de América Latina, es clara la deriva que viene padeciendo la otrora intachable señal británica. Un sesgo a la izquierda, “woke”, y por momentos bochornosamente paternalista, que le ha hecho perder buena parte de su credibilidad, construida durante décadas de trabajo ejemplar.
Invitamos al lector a darse una vuelta por la versión latinoamericana, para ver en carne propia el nivel de estupidez de algunos enfoques, con titulares que sonrojarían a los periodistas de La Diaria.
Una señal que, por ejemplo, ha dado directivas internas de que ya no se debe hablar de “cambio climático”, sino de “emergencia climática”, que sostiene que no hay diferencias entre la leche materna que genera una mujer, con la que produciría una persona “trans”, o que usa el término “ultraderecha” para tantos líderes políticos, que en la actual cobertura de la campaña en Chile ha debido hacer retrueques retóricos insólitos, para poner en esa categoría a todos los candidatos que compiten con la izquierdista Jeanette Jara. La cual, pese a venir del Partido Comunista, nunca es calificada como “ultra” nada. Tampoco Maduro, o Daniel Ortega, que parece que son amables socialdemócratas.
El problema está lejos de ser exclusivo de la BBC. La realidad es que casi todos los medios globales reflejan hoy la mirada que es hegemónica entre los periodistas que componen su fuerza laboral. Y que, formateados en universidades y centros de estudio dominados por una mirada de izquierda, cada vez más radicalizada, ya ni siquiera tienen claro que su rol es informar y no intentar llevar a la gente a pensar como ellos.
Esto sucede incluso en medios con tradición histórica de apoyo a ideas liberales o conservadoras, pero donde sus jerarquías y dueños, tal vez porque han dejado de ser los negocios hiperrentables que fueron hasta hace poco, no cuidan sus marcas con la diligencia que deberían.
Es así que, en este momento en Gran Bretaña, lejos de hacer un mea culpa por la crisis que han desatado en una marca que era referencia global de seriedad y pulcritud en el manejo informativo, muchos periodistas y jerarcas de medios se dedican a denunciar que todo es un complot de “la derecha”, y de quienes fogonean “fake news”.
Pues no. Justamente, quienes más daño hacen al periodismo, quienes están validando las teorías más disparatadas de quienes difunden noticias falsas son quienes han permitido que su fanatismo ideológico, y sus anteojeras corporativas, arruinen a una de las marcas indiscutibles a la hora de manejar los hechos. Y creen que su escala de valores políticos los habilita a torcer las normas básicas que han marcado al periodismo serio durante más de un siglo.