Gutiérrez Ruiz y Michelini

Se cumple hoy medio siglo del secuestro en Buenos Aires del diputado blanco Héctor Gutiérrez Ruiz y del dirigente de trayectoria colorada, fundador del Frente Amplio y senador Zelmar Michelini. Fueron asesinados y sus cuerpos hallados un par de días más tarde junto a los de los militantes tupamaros William Whitelaw y Rosario Barredo, quienes también habían sido secuestrados por esas fechas.

En noviembre de 2006 fueron procesados con prisión como coautor de homicidio muy especialmente agravado quienes eran ministro de relaciones exteriores y presidente de facto en ese entonces, Juan Carlos Blanco y Juan María Bordaberry respectivamente. Más allá de la conocida coordinación represiva que existió en esos años por gobiernos dictatoriales del cono sur, que fue en paralelo a los vínculos de organizaciones terroristas y guerrilleras que también existieron, lo cierto es que nunca se terminó de saber a ciencia cierta quiénes fueron concretamente los que ejecutaron a los dos integrantes del parlamento uruguayo electos por el pueblo en 1971.

Para esta fecha histórica tan importante participarán en Buenos Aires de homenajes a Gutiérrez Ruiz y Michelini las principales autoridades de los actuales partidos con representación parlamentaria. Más allá de las diferencias políticas, que efectivamente las tenían aquellos dos dirigentes de partidos políticos distintos, es claro que el país entero ha hecho de sus figuras emblemas de la democracia atacada y del nunca más que tanto resuena en las nuevas generaciones del país. Y está muy bien que así sea.

La foto icónica que ha trascendido a la historia, en blanco y negro y que los tiene conversando en el Parlamento, es el fiel reflejo del mejor Uruguay: el debate y la conversación en el respeto de las diferencias y en el marco de las reglas de juego de nuestra democracia representativa.

Pero importa también reflexionar sobre el desastre político que condujo a semejante violencia en el Río de la Plata. Gutiérrez Ruiz y Michelini formaron parte de una generación dorada del Uruguay, que se forjó siempre en democracia. Siempre optimista, creyó que ella nunca habría de derrumbarse. Sin embargo, durante años extremismos de izquierda y de derecha se enfrentaron, sin poder la democracia encauzarse y defenderse de esos ataques.

Terminó ocurriendo lo que para esa generación era totalmente inesperado: la caída de la democracia, con sus historias de represión y de terror dentro de las cuales ocupan los primeros protagonismos estos asesinatos en Buenos Aires.

Hubo quienes señalaron que ocurrieron porque se estaba abriendo un camino de rápida redemocratización y sectores militaristas más duros decidieron dar un golpe feroz para liquidar toda esa esperanza. Y se ha dicho también que las motivaciones de esa operación de fuerzas represivas ilegales en la que participaron argentinos fueron sobre todo económicas, pensando que los parlamentarios uruguayos podían tener vínculos con recursos financieros de grupos guerrilleros-delincuentes que actuaban por esos años en una Argentina completamente desquiciada y que acababa de sufrir en marzo un golpe de Estado.

Lo cierto es que el país democrático lloró los asesinatos de Gutiérrez Ruiz y Michelini en 1976 y conmemora su memoria hoy, medio siglo más tarde, con un consensual reconocimiento en Buenos Aires a sus labores parlamentarias y políticas.

Nunca más golpe de Estado y violencia terrorista significa precisamente eso: aprender de lo que precisa una democracia para defenderse y actuar en consecuencia siempre.

A medio siglo de todo aquello, no son por suerte los desbordes militares que asolaron al continente en el siglo XX los que representan una amenaza para la democracia del país.

Los riesgos pasan hoy por una anomia social que deje a la vera del camino de nuestra integración nacional a decenas de miles de jóvenes que descrean de todo nuestro sistema de convivencia, o por la acción extendida y potente de grupos de delincuentes vinculados al narcotráfico que con su violencia y su acumulación de poder de hecho ponen en tela de juicio nuestro sistema de legitimidad democrática de gobierno.

Hoy las amenazas son ciertamente otras. Pero el convencimiento es el mismo de aquel entonces, cuando Gutiérrez Ruiz y Michelini creían por aquellos años de exilio argentino que la esperanza de un futuro mejor estaba cerca y que era posible volver rápidamente a vivir en paz y libertad. A medio siglo de sus secuestros y asesinatos, el Uruguay los recuerda con veneración democrática.

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