Fuego amigo

En un país tan poco dado a la crueldad, el ministro Civila ha debido soportar una rareza insoportable: que le hagan bullying sus propios compañeros. No lo está defenestrando la oposición ni los malvados editorialistas de El País, a Civila lo están tirando a los leones sus propios compañeros políticos.

Cuando las internas políticas comienzan a ventilarse en la prensa es que la situación se viene caldeando hace tiempo en la interna.

Que en los últimos días, nada menos que el secretario de Presidencia Alejandro Sánchez haya salido públicamente a pedir que desde la interna del Frente Amplio dejen de hacerle bullying al ministro Civila no es un salvavidas evidentemente.

Es casi una partida de defunción política.

La escena no deja de tener algo de campaña humanitaria. “Salvemos a Civila”, podría decir el afiche. Un operativo urgente de contención para un ministro al que su propia coalición mira como quien contempla un electrodoméstico roto: nadie quiere asumir que lo compró, pero todos notan el olor a quemado.

Rafael Michelini desde el quinto circulo de la intrascendencia escribió, que “sigue la gente durmiendo en la calle” y que eso hiere su sensibilidad. Julieta Sierra, del MPP, fue todavía más franca: dijo que este asunto es “el punto más débil” del gobierno.

Uno imagina al ministro Civila leyendo esas declaraciones con la misma emoción que debe de sentir un náufrago cuando ve acercarse un tiburón.

Y es difícil culpar a quienes toman distancia. Porque la realidad fue devastadora. Durante el otoño y las primeras horas del invierno de 2025, siete personas fallecieron en situación de calle. Después llegó otra muerte más en Las Piedras y la sensación generalizada fue la de una reacción tardía, forzada por la evidencia y no por la convicción.

Lo más notable no fue solo el fracaso, sino el tono frío y tecnocrático del consuelo: se explicó que los informes forenses no indicaban hipotermia, sino “condiciones de salud preexistentes”.

Como si el dato importante fuera el tecnicismo de la causa y no el hecho brutal de que en el Uruguay de hoy hubo varias personas que murieron abandonadas mientras el Estado discutía encuadres conceptuales en talleres con animadores y papel glace.

¿Se imagina si eso hubiera ocurrido en un gobierno de otro color?

De todas formas Civilia tiene un logro, es la demostración empírica de que un ministro puede ser al mismo tiempo muy ideológico y muy ineficaz. Todo parece quedar cubierto por una bruma de explicaciones estructurales, diagnósticos complejos, sensibilidades profundas y promesas de abordajes integrales. Pero un ministro no está para redactar prólogos en tratados sociológicos sobre la teología de la liberación. Gobernar no consiste en explicar por qué el problema es difícil. Consiste en hacer algo para abordar los problemas que sufren las personas de carne y hueso, algo que siempre les costó a los socialistas.

Mientras tanto, el Partido Socialista, que alguna vez fue una corriente muy importante del Frente Amplio va camino a la disolución bajo el civilsmo. Quedó reducido a su expresión más modesta dentro del Senado del Frente Amplio: una sola banca frente a la abrumadora primacía del MPP. No desapareció formalmente, claro, en Uruguay casi nada desaparece formalmente, allí está el PDC para dar fe. Civila suma dos proezas para su currículum: hacer desaparecer al Partido Socialista y fracasar en el ministerio más sensible de todos. Pocos hubieran pensado que lo lograría en tan poco tiempo.

Casi que el único defensor que le queda a Civila es el senador González, que le compite en nivel de ridiculez al diputado Salle. Aunque debe anotarse que su defensa responde más al propio interés que a la solidaridad, si echan a Civila del Mides González pierda su banca y debe volverse con su discurso a Fucvam.

Quizá el problema sea que durante demasiado tiempo se confundió sensibilidad con gestión, relato con eficacia y superioridad moral con capacidad de gobierno. Ahora que la calle devolvió la realidad sin filtro, los compañeros descubren que el ministro es un lastre.

Y entonces sí: aparecen los susurros, las filtraciones, los codazos, las “operaciones” y los nombres de posibles sucesores. La izquierda uruguaya, siempre tan enemiga del mercado, ha terminado aplicando con Civila la más despiadada de sus lógicas: cuando el producto no funciona, nadie quiere quedar pegado a la marca.

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