Faltan algunos meses para que concluya la gestión municipal en Montevideo, pero la ciudad sigue padeciendo sus problemas crónicos, como una precaria red de alumbrado público, unas veredas destrozadas que nadie parece capaz de remendar, unas calzadas cuyo deterioro sólo en parte es salvado por el ocasional bacheo y un tránsito no sólo desordenado sino también violento, cuyo promedio de accidentes sigue resultando desalentador. Mientras tanto, la Intendencia se queja públicamente de que recauda menos, a pesar del aumento por contribución inmobiliaria de US$ 10 millones más, mientras la gran masa de dinero que ingresa desde el bolsillo de los contribuyentes, una proporción mayor no se emplea en realizaciones sino que va a parar a manos de los 8.000 funcionarios. Esa proporción impediría que sea viable cualquier empresa -pública o privada- pero la Intendencia sigue empeñada en desafiar todas las reglas de la economía. El secreto de que a pesar de todo tenga superávit, consiste en que deja de hacer obras y de prestar servicios para pagar una montaña de sueldos cuyo promedio aventaja a cualquier otro sector de la administración pública. Demuestra que la beneficencia burocrática (ajustes de sueldos por el 100% del IPC) le interesa más que la eficacia y se siente más obligada con sus dependientes que con los contribuyentes que la abastecen de fondos.
La situación permite plantearse -y plantear a la Intendencia- algunas interrogantes de respuesta nada fácil para quienes llevan adelante la gestión municipal, como la inexplicable demora en las obras que mantienen cerrada la Sala Verdi, por ejemplo. Pero considerando que semejante planteo sería abrumador, conviene por el momento reducirlo al tema del tránsito, que habilita en sí mismo una hilera de cuestionamientos muy larga y muy grave. En esa materia sería bueno saber:
-por qué se tolera la circulación de birrodados por la senda de la izquierda, sin que se instruya a los conductores de esas motos y bicicletas sobre la obligación de hacerlo por el borde derecho de la calle. En esa irregularidad, que puede parecer menor, se originan riesgos y desórdenes con peligro de vida para los ciclistas y motonetistas, que con visible frecuencia circulan además a contramano, creyendo que las bicicletas están exoneradas de las normas de tránsito y que el apremio de un "delivery" es más importante que las imposiciones del reglamento callejero;
-por qué los camiones de reparto -que gozan como en ninguna otra capital del mundo de la indulgencia municipal para efectuar sus entregas a cualquier hora del día- estacionan en segunda fila, así sea en la zona céntrica y en horarios de mayor circulación, sin que los inspectores municipales les ordenen despejar la calle, dado que existen trechos de "carga y descarga" debidamente marcados. La visible elasticidad de la comuna en esa materia estimula nuevas irregularidades generando así trabas al flujo vehicular, de las cuales es consciente cualquier automovilista y ante las cuales la Intendencia muestra por el momento una total benevolencia;
-por qué los autobuses del transporte de pasajeros estacionan en sus respectivas paradas muy lejos del cordón de la vereda, un hábito que no sólo dificulta el ascenso y descenso de la gente sino que entorpece el tránsito, taponeando el paso de automóviles mientras dura esa estadía del ómnibus en la esquina. Ello delata una de las pequeñas pero múltiples indisciplinas del tránsito montevideano, cuya suma determina que circular por esta ciudad sea cada día más desordenado, agresivo, imprevisible y caótico;
-por qué las academias que instruyen a los aprendices para obtener la licencia de conductor, no les enseñan algunas cosas elementales que parecen ignorar, desde el conocimiento de la prioridad que tiene quien aparece por la derecha del conductor en un cruce, hasta la necesidad de encender con razonable anticipación la luz intermitente que indica un giro del vehículo, y no de hacerlo en el momento mismo en que se dobla una esquina (porque entonces ya es tarde para advertir a quienes circulan detrás). Un descuido similar ocurre con quienes se detienen ante una luz roja, pero lo hacen pisando con su vehículo la franja por la que cruzan los peatones. Ejemplos de esa o similares irregularidades abundan en el tránsito montevideano, demostrando que la Intendencia -gloriosamente permisiva con los carros hurgadores- descuida unas cuantas cosas que debería atender.