EDITORIAL

Esperanza e ingenuidad

El diálogo entre Donald Trump y el dictador norcoreano Kim Jong-un ha desatado una ola de optimismo que no permite valorar con adecuada alarma lo que se mueve debajo de esta promocionada cumbre.

Todo lo que hace Donald Trump tiene el tono de la sorpresa. "Un líder disruptivo", le han llamado con excesiva amabilidad. La historia dirá si esa disrupción ha sido positiva o no. Pero quienes las construyen día a día, periodistas, académicos, formadores de opinión, parecen coincidir que la cumbre de estos últimos días en Singapur con el dictador norcoreano Kim Jong-un, le ha significado un punto en el lado positivo de la hoja de balance.

Después de más de medio siglo de conflicto abierto en la península coreana, con cíclicos ataques de pánico que acompañaban cada ensayo misilístico del régimen comunista, el acuerdo anunciado en Singapur para "desnuclearizar" esa zona asiática, parece un golazo de media cancha. Y un espaldarazo para la política poco ortodoxa que impulsa Trump, ya que luego de amenazar con tener el botón rojo más grande, de llamar al heredero de la dinastía Kim "hombre cohete", y hasta de haber cancelado el encuentro por no gustarle el tono previo, el presidente 45º de la Unión parece haberse salido con la suya.

La cumbre se hizo, el "rocket man" se baja de sus ambiciones, y Trump consiguió la foto que tanto buscaba para legitimar su estilo y su visión de que un Estados Unidos duro y agresivo, es lo mejor que le puede pasar a la paz mundial.

Sin embargo, hay otras formas de ver lo que ha pasado.

Para empezar, la relevancia dada al régimen norcoreano por Trump tiene mucho de profecía autocumplida. ¿Alguien hablaba de Corea del Norte hace cuatro o cinco años salvo para dar cuenta de las hambrunas? ¿Acaso muchos expertos tomaban en serio esos ensayos misilísticos que parecían destinados a conseguir alguna migaja de China o de EE.UU.? ¿Era realmente ese país miserable sojuzgado por un régimen feudal comunista un actor mundial significativo antes de que Trump lo pusiera en ese lugar? La respuesta es claramente que no.

Casi que de un día para otro, Kim se volvió la amenaza mayor a la paz mundial. De un día para otro, Trump logró desactivarla. Como el experto en reality shows que es, Trump nos creó la necesidad, y la llenó. El problema es el precio.

Primero, porque no parece muy razonable que el presidente de la mayor potencia del mundo legitime con su apretón de manos a una dictadura comunista que hambrea a su pueblo, liderada por un señor que se dedica a construir estatuas más grandes que la esfinge a su padre y abuelo.

Segundo, porque la realidad es que poca gente podía tomar en serio que un país cuya población ha quedado en promedio 5 centímetros más baja que la de sus primos al sur del paralelo 58 a pura falta de comida, y a quien EE.UU. tuvo que pagar hasta el hotel en Singapur porque el régimen no tenía recursos para eso, puede ser considerado una amenaza realista para el país más rico del mundo.

Y tercero, porque la eventualidad de un conflicto bélico en esa zona no parece seria. Por más poderoso y hegemónico que sea EE.UU. hoy, la eventualidad de una guerra en una zona tan cercana a China, sin que este país intervenga, parece muy poco creíble. Sería como que China bombardeara mañana Puerto Rico o Haití. ¿Alguien cree que EE.UU. toleraría eso? ¿Lo haría China?

Por otro lado, al convertir este tema en el centro de la discusión global, Trump logra esquivar dos temas realmente serios en los que sus políticas han sumido al mundo. Por un lado la guerra comercial que amenaza golpear de lleno al planeta, con consecuencias impredecibles. Y por otro su incursión propia de elefante en un bazar en Medio Oriente, con el apoyo explícito al eje Israel-Arabia Saudita en su guerra sorda con Irán.

Como todo lo que hace Trump, es difícil saber si sus acciones son el fruto de rigurosos estudios y severos análisis, o si son caprichos impulsivos sin nada que los sostenga. Sería maravilloso poder creer que todo se trata de una maestra jugada de ajedrez para desestabilizar a China, desarmándole a su peón más fiel, a la vez que poniendo un pie en su patio trasero. Que todo es parte de un plan mayor que busca frenar el crecimiento imparable de esa potencia, a la vez que ponerle presión para lograr ventajas comerciales para su país. Que hay bajo todo esto método, estudio, inteligencia.

La realidad no permite ser tan optimista. Lejos de rodearse de cerebros finos y analíticos, Trump está rodeado de un grupo de "halcones" miopes, que creen que el mundo se puede manejar a golpe de amenazas y de impulsos propagandísticos.

Ojalá la realidad desmienta este temor. Pero analizar estos hechos con el nivel de ingenuidad que lo hace mucha gente, no parece razonable.

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