Una parte de la politología izquierdista local está preocupada por la actitud más firme que está expresando la oposición frente al gobierno del Frente Amplio (FA). Señala, incluso, que desde esta página editorial se ha marcado que en política existe una diferencia entre adversarios y enemigos, que desde esa concepción teórica los partidos tradicionales están considerando al FA como enemigo, y que eso rompe con nuestra tradición de tolerancia nacional.
En primer lugar, es positivo que cunda la diferenciación entre adversarios y enemigos. Blancos y colorados fueron, a partir de la Paz de abril de 1872, por lo general durísimos adversarios, y por momentos, sobre todo en las guerras civiles de 1896- 1904, también graves enemigos. Pero lo cierto es que desde esos albores del siglo XX y a pesar de las facundas críticas que unos y otros se prodigaban recurrentemente, los dos partidos supieron acordar en temas decisivos a lo largo de la historia. Eran furibundos adversarios, pero no enemigos. La patria estaba primero. Antes que pasar de nuevo por divisiones feroces que habían llevado la sangre al río, como en el siglo XIX, acordaron políticas relevantes para el país.
La historia de esos grandes acuerdos está hecha de varios mojones. Baste recordar, por ejemplo, la Constitución de 1918 y las leyes electorales de 1924 y 1925 en lo que hace a episodios de hace más de un siglo. Más cerca en el tiempo, y ya con el FA como protagonista político, blancos y colorados acordaron la ley de declaración de guerra interna en 1972; la ley de caducidad en 1984; la reforma de la constitución en 1996; la salida de la enorme crisis de 2002, con una ley fundamental que permitió al país salir a flote financieramente; y, en la historia más reciente, la forma de enfrentar la pandemia con la libertad responsable como concepto y acción en 2020.
En cada una de esas instancias, fundamentales para la historia del país, el FA se opuso radicalmente. Fue esa izquierda la que trató como enemigos a los partidos tradicionales desde su lugar de tremenda oposición política. ¿O alguien ya se olvidó de que mientras que la pandemia exigía mantener ciertas distancias sociales y evitar aglomeraciones, el FA organizaba reuniones públicas para juntar firmas y manifestarse en contra del gobierno? ¿O alguien ya se olvidó de que, en plena crisis de 2002, el líder del FA llamó a declarar el default de la deuda? ¿O alguien también ya se olvidó de que, mientras los militares no concurrían al llamado de la justicia civil, el FA azuzaba manifestaciones que podían provocar muertos y desestabilizar así en 1985 y 1986 a un gobierno que apenas estaba saliendo a la democracia?
Quien ha considerado siempre a los partidos tradicionales enemigos, desde el mismísimo acto de fundación del FA en 1971, ha sido la izquierda: aquello de la oligarquía contra el pueblo fue lo central del discurso de Seregni en esa ocasión; y aquello otro del pueblo unido en la izquierda enfrentando a los partidos tradicionales enemigos del bienestar popular, fue también temprana consigna del FA.
Que hoy por hoy haya integrantes de los partidos tradicionales que estén evaluando cómo comportarse con este FA, de manera de asumir cabalmente esa convicción izquierdista de toda la vida que sitúa a los blancos y a los colorados como enemigos, no significa peligro para la democracia ni fin de la tolerancia política. Por el contrario, es entender que el FA se ha comportado en momentos claves de la historia del país de manera más que discutible y ser conscientes de que esa actitud de ninguna manera caracteriza a rivales que se consideran a sí mismos como adversarios (y no como enemigos).
¿O alguien se olvidó ya que la constitución de 1997, por ejemplo, fue acordada con el FA y luego ninguneada por Vázquez, al punto de obligar a Seregni a renunciar a la presidencia del FA en 1996? A partir de ese momento, si ya no estaba totalmente asentada, se terminó de hacer permanente la concepción amigo-enemigo en el FA para el trato con los partidos tradicionales. ¿Qué debía hacer una oposición que comulgara con la concepción de adversario en 2020, cuando se declaró la pandemia? Unirse al gobierno para enfrentar ese terrible desafío. ¿Qué hizo el FA y sus sindicatos amigos en ese momento, llenos de odio hacia quien consideran su enemigo? Paros, caceroleos y campañas de mentiras para fomentar el miedo.
Aquí quien trata a los adversarios como enemigos es el FA. Si la politología izquierdista deja de esconder tan enorme evidencia, ganará en credibilidad analítica.