Encierro mental

Uno de los mitos más difundidos es que la apertura económica es negativa para los países en vías de desarrollo. Desde la satanización de los tratados de libre comercio, hasta las protestas contra la OMC, se ha pretendido vender que este proceso por el que se eliminan las trabas al intercambio de mercaderías, era poco menos que una malvada trampa que sólo beneficiaba a los países ricos.

Ante este extendido fenómeno, resultó ilustrativo el artículo publicado este lunes por el suplemento Economía y Mercado. Allí, la economista Rosa Osimani en un avance de su estudio sobre "Apertura comercial y crecimiento económico" da por tierra en forma contundente con ese mito. Según las conclusiones del estudio "considerando un período de más de 30 años, la mayor apertura de la economía coincide con períodos de mayor crecimiento económico del país".

Osimani señala que el fenómeno de apertura comercial que ha vivido Uruguay se puede dividir en dos etapas. Una que va entre 1974 y 1990, que se caracteriza por una reducción unilateral de la protección arancelaria y la otra que iría desde 1991 hasta 2007, marcada por la celebración del Tratado de Asunción, que creó el Mercosur, y generó un fuerte proceso de estímulo al comercio entre los socios. Pese a que el nivel de apertura comercial de Uruguay con el mundo ha seguido creciendo, Osimani señala cómo a partir de la crisis del 2002, el Mercosur sufrió un freno importante en la materia. Un estancamiento que ha obligado al país a buscar acceso a mercados extrarregionales.

Este fenómeno de estancamiento a nivel del Mercosur, no es novedad para nadie. Pero dentro del Frente Amplio parece existir una gran confusión al respecto, y se toma toda crítica a la marcha del bloque regional, como un ataque antilatinoamericano. Si algo hacía falta para comprobar lo desubicado que quedan ciertos planteos ante una realidad que rompe los ojos (que los mercados internos no alcanzan para generar la riqueza suficiente para desarrollar sociedades más ricas y justas), las palabras de dos dirigentes frenteamplistas ilustran sobradamente sobre el asunto.

Primero la senadora del MPP, Constanza Moreira, que desde un artículo destinado a criticar el reciente festejo por los 25 años de democracia, hace afirmaciones sorprendentes. Según ella, la dictadura tuvo su origen en "la represión que se había instalado en el país como resultado de la crisis de fines de los 50 y de las desastrosas soluciones que se buscaron para superarla (la liberalización comercial y financiera entre otras curas)". Nada dice que la crisis de los 50 se debió justamente al agotamiento de un sistema marcado por el proteccionismo y la sustitución de importaciones, pero queda claro que para ella la liberalización es mala palabra. Aunque los números digan otra cosa.

Días antes, el vicecanciller Roberto Conde en una entrevista desgrana conceptos muy en sintonía con lo de Moreira. Allí justifica las políticas proteccionistas de Argentina, y critica al candidato brasileño José Serra, que ha reclamado por la falta de apertura en el Mercosur para firmar acuerdos comerciales con otros bloques. Incluso llega a sostener que el libre comercio "no ofrece perspectivas de desarrollo".

Lo primero que inquieta del razonamiento del vicecanciller es que alguien que ocupa un cargo tan destacado, siga con los papeles tan atrasados, convencido que la apertura comercial es algo malo cuando está probado que es al revés. Pero lo peor es que quien se supone debe defender los intereses nacionales, esté dispuesto a aceptar que un país vecino viole la letra y el espíritu del Mercosur, con lo cual se perjudican empresas y trabajadores uruguayos, en aras de un supuesto fin superior que nadie sabe bien cuál es.

Todo proceso de integración, supone que habrá sectores ganadores y perdedores, en el entendido de que a la larga, eso implicará una coordinación de las áreas productivas de acuerdo a quién es más competitivo en cada rubro. Uruguay sufrió en los 90 una importante pérdida de puestos de trabajo en algunas áreas por ese motivo. Pero en las que es competitivo, resulta que cuando quiere sacar cabeza, políticas como las que impulsa Argentina, lo vuelven a perjudicar. ¿Dónde está la utilidad de un proceso de integración llevado adelante de esa manera?

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