Que el monarca español es una personalidad generalmente hermanada con el acierto, no es novedad. Desde que asumió sus funciones, tras la muerte de Franco, ha dado casi todas en el clavo y casi ninguna en la herradura.
Y ha tenido el tino, por añadidura, de interpretar a cabalidad el rol no inútil, pero sí casi simbólico, que le corresponde al Jefe de Estado en las monarquías constitucionales.
Sin embargo, al rezongar con sobrada razón al insolente del Caribe, en la cumbre de Santiago de Chile, ha demostrado -una vez más- que no es un figurón puramente hierático, acartonado en su solemnidad. Sabe, cuando la ocasión lo exige, coger el toro por las astas y estar a la altura de sus responsabilidades. Ser rey no equivale a ser tonto. Por lo menos, si el rey es Don Juan Carlos.
Su "¿Por qué no te callas?" (atrevido, quizás le falto agregar), ya ingresó a la historia. Será, sin duda, una de las frases del siglo XXI. La pronunció en la capital trasandina, pero resonó fuerte en todo el planeta. Cientos de millones de personas, hartas del grotesco bocazas que se ha adueñado de Venezuela y que, además, estila no respetar pelo ni marca, lo aplaudieron en su fuero íntimo.
Su alta investidura, en defensa irrenunciable de la dignidad de su país, le impuso esa reacción airada, celebrada por tirios y troyanos. Sin trenzarse en duelo verbal con tan basto personaje, lo puso en su lugar. Y, trascartón, se retiró de escena. No está para oír impertinencias. Sin embargo, en su patria, algunos papanatas -siempre los hay- dieron en criticar su necesaria reacción.
Pudieron hacerlo, claro está, porque en España impera la más amplia libertad. Impera desde que este monarca liberal, ubicado y actualizado, ocupó el trono que había dejado vacante su abuelo Alfonso XIII, en 1931.
¡Aviados hubieran estado, si hubieran osado censurar al Jefe de Estado, en tiempos del Generalísimo!
Desde el inicio de su reinado -no de su gobierno, pues nunca estuvo en sus planes ejercerlo-, Juan Carlos marcó clara e inequívocamente que quería para España un inmediato futuro democrático, dejando atrás cuatro décadas de tiranía. Dicho designio real quedó consagrado, a poco andar, en la ejemplar Constitución que rige en su país desde 1977.
Y cuando un militarote retrógrado pretendió atrasar el reloj de la historia e irrumpió en las Cortes con su metralleta brutal y su vozarrón amenazante, el rey no vaciló un instante. Teléfono mediante, ejerció de inmediato su autoridad y deshizo el entuerto. Fue gracias a él, sin duda, que el "tejerazo" hoy es sólo un recuerdo. Casi una anécdota.
Bajo el gobierno de Felipe González, España se incorporó luego a la modernidad y reingresó a Europa, de la que se había apartado miopemente siglos atrás. Y lo hizo con el beneplácito y el apoyo decidido de Don Juan Carlos. ¿O alguien osará negarlo? Puede afirmarse que hoy es una gran nación, una referente permanente a los ejemplos de crecimiento y modernización, que pugna por el décimo lugar entre los países más desarrollados del planeta.
Cuando visitó por primera vez nuestro Uruguay, en 1983 (con el general Gregorio Álvarez al frente de la dictadura), nos hizo un gran favor. En su embajada, cuyo recordado titular era a la sazón el Dr. Félix Fernández Shaw, no regían las odiosas proscripciones. En ella, pues, recibió a los líderes políticos, que el pueblo pudo así ver después de una década, en las imágenes de la televisión. Dialogó con ellos, escuchó sus preocupaciones y sus proyectos, y les narró cómo España había dejado atrás la tiranía. Su apoyo al restablecimiento democrático en esta tierra no pudo ser más explícito. Se ganó nuestra gratitud.
Hombre al fin, a veces se equivoca. Por ejemplo, al mediar no entre Uruguay y Argentina, sino entre sus actuales gobiernos. Es decir, entre la incompetencia llevada al grado de ineptitud y una penosa mezcla de obcecación y prepotencia. También le erró al propiciar y asistir a cumbres que nunca debieron celebrarse, donde debe encontrarse con Chávez. Y no sólo con Chávez.
Pero más tarde o más temprano, es de esperar que el grotesco "bolivariano" marche al basurero de la historia -que es el lugar que le corresponde- mientras el rey ocupará, en ella, un lugar destacado.