El parto de Europa

EL gigante sigue creciendo: la Unión Europea tiene a la fecha quince miembros, pero desde el 1º de mayo tendrá veinticinco, sumando a los socios actuales el aluvión de Europa del Este (Polonia, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Estonia, Letonia, Lituania, Eslovenia) y dos islas del Mediterráneo (Chipre, Malta). La noticia tiene muchas facetas, ya que en primer lugar convertirá a ese mercado común en un monstruo de 450 millones de habitantes, que a los efectos prácticos no sólo serán ciudadanos sino que también serán contribuyentes y consumidores. En segundo lugar, incorpora países cuyas economías no tienen la misma magnitud ni el mismo ritmo de crecimiento de las potencias occidentales de ese bloque (Francia, Alemania, Italia, Reino Unido). En tercer lugar, incorporará nuevas complejidades a la marcha de una estructura densa y costosa que podrá crear problemas para emparejar el compás de socios tan variados.

CON respecto a los nuevos afiliados de Europa oriental, los voceros de la Unión quieren "ofrecer a sus democracias incipientes una perspectiva de las reformas colosales que deben realizar para acercarse a sus vecinos del Oeste", agregando que el ritmo de incorporaciones continuará: Rumania y Bulgaria se engancharán en 2007, de acuerdo a lo que se resolvió en la última cumbre de jefes de Estado europeos. Ampliada desde el 1º de mayo, la Unión Europea será la tercera masa de población en el mundo (después de China y la India), magnitud que permite tener idea del peso que ese bloque ensanchado podrá tener en los asuntos planetarios, frente a las potencias mayores (Estados Unidos, Rusia, Japón, China).

LAS negociaciones con los diez países que se suman dentro de tres meses, comenzaron entre 1998 y 2000, aunque luego esos diez no tuvieron más remedio que incorporar a sus legislaciones la complicada reglamentación que impone la Unión.

Las conversaciones con los recién llegados culminaron a fines de 2002, en la reunión europea de Copenhague, donde igualmente se estimó el desembolso que exigiría esa ampliación, calculada en 27.500 millones de euros. Esa suma será desembolsada por los quince socios actuales hasta el año 2006, pero antes ocurrieron otras cosas: el tratado definitivo de adhesión para abrir la puerta a los nuevos fue firmado en abril de 2003 en Atenas y fue debidamente ratificado por los miembros. Eso sucedía mientras fracasaba el proyecto de Constitución europea laboriosamente trabajado por comisiones que dirigió el francés Valéry Giscard d’Estaing: ese fracaso, expresado en la cumbre de Bruselas, deberá superarse en etapas futuras. Los más impacientes dicen que deberá aprobarse la Constitución antes de que finalice el año corriente.

RECIEN entonces comenzará a hablarse del problema de funcionamiento que planteará la gran Europa "a dos velocidades", donde países muy ricos y desarrollados deberán convivir en pie de igualdad con socios menos ricos: para tener idea de esas disparidades, si se confiere un valor 100 al PBI promedial de la actual Unión Europea, Polonia figura con 41, Estonia con 40, Lituania con 39 y Letonia con 35. Asimismo, en la UE de los quince hay un promedio de desocupación del 7,6 por ciento, pero ese índice es del 19,5 por ciento en Eslovaquia y del 20,2 por ciento en Polonia. Tales desniveles son lo que deberá atenuarse en el futuro inmediato de la Europa de los veinticinco.

LOS especialistas siguen trabajando en limar las diferencias para que el proyecto final de la Constitución sea viable y obtenga el apoyo capaz de aprobar ese texto, aunque el debate sobre el particular tropezará con otros hechos: en mayo, la ceremonia de ingreso de los nuevos miembros y en junio las elecciones para el Parlamento europeo, bajo la presidencia de Holanda que desde esa fecha sustituirá a Irlanda en dicho sillón. Insistentes pronunciamientos del papa Juan Pablo II también confluyen sobre el panorama de compromisos europeos, porque el pontífice habla de que "Europa defienda sus raíces cristianas" y quiere que esa defensa figure expresamente en la Constitución: están de acuerdo con él no sólo Italia y España, sino además Polonia, Irlanda, Malta, Portugal, República Checa y Eslovaquia, reclamando que "haya una referencia concreta al cristianismo en el preámbulo de la Constitución".

D.N.I.C.

La Dirección Nacional de Identificación Civil, dependencia del Ministerio del Interior, fue, en su momento, una institución ejemplar.

Se había logrado el milagro de eliminar las colas que formaban los interesados en obtener o renovar su cédula de identidad; la atención al público se cumplía puntualmente en los días y horas asignados y en poco más de media hora se salía del tradicional edificio de la calle Rincón con el nuevo documento en la mano.

Todo eso llevó a que se la considerara un ejemplo de oficina pública, utilizándola para reivindicar a la tan castigada burocracia.

Lamentablemente los tiempos han cambiado.

Desde la mala impresión que causa la sala de espera, con asientos rotos y fierros expuestos hasta la reaparición de las largas colas en la esquina de Bartolomé Mitre y Rincón, pasando por la impuntualidad en el cumplimiento de las horas asignadas y la demora en los trámites, hay una enorme distancia entre la D.N.I.C. de ayer y la de hoy.

Se dice que la causa se encuentra en la falta de personal, lo que puede ser cierto si se comprueba la cantidad de cubículos vacíos en el salón principal, lo que debería corregirse asignando nuevos funcionarios para cubrir la demanda.

Lo de las sillas rotas es un ejemplo de abandono.

Habría que corregir ambas cosas devolviendo a la oficina el prestigio del que gozaba.

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