El mayor atractivo turístico que tenía Punta del Este no consistía en el gran revuelo mundano del mes de enero sino en la placidez de su entorno. Ese paisaje de casas de descanso rodeadas de jardines abiertos, era el cuadro de la tranquilidad y la confianza. Enemigo de todo cerramiento, toda prevención, toda verja y todo mecanismo de seguridad, el panorama de Punta del Este y sobre todo el de sus barrios arbolados y silenciosos, era un pequeño paraíso. Durante décadas, el privilegio del lugar no consistió en la condición a menudo acaudalada de sus pobladores veraniegos sino en esa calma social y ambiental, esa seguridad gracias a la cual los terrenos no tenían vallas demarcadoras y las casas permanecían todo el día abiertas, sin pensar en cerrar ninguna ventana ni en pasar llave a ninguna de las puertas.
Sin embargo ese privilegio está muriendo. Cuando algún visitante (sobre todo europeo) llegaba por primera vez al balneario, quedaba asombrado ante aquel paisaje desprevenido y abierto, comprobaba enton-ces la vida distendida que podía llevarse allí y agregaba que en Europa no había nada similar, es decir un lugar de veraneo donde pudiera transitarse libremente entre una propiedad y la siguiente, como si no existieran límites. Claro que en buena medida ese paisa- je se reprodujo y ha persistido en la mayoría de los balnearios del Uruguay, amparados durante déca- das por un bendito manto de seguridad que sobrevivió largamente al deterioro económico del país, con sus barquinazos políticos y sus cambios de configuración social.
Pero eso se acabó, o está terminándose. Con riesgo de convertirse en lo que el jefe de Policía de Montevideo ha calificado como "los evangelizadores del miedo", corresponde transcribir (no más que eso) lo que señalaba la crónica policial de la prensa en estos días. Ahí se contaba que la chacra de un residente alemán en la zona de Punta Ballena había sido saqueada. Los ladrones abrieron la caja fuerte, llevaron cámaras digitales, filmadoras, alhajas, dinero y hasta agregaron al botín un auto de colección que es una pieza única en la región, y que luego reapareció. Como dijo el propietario, él había cursado un aviso previo a la Policía advirtiendo sobre una camioneta que rondaba su casa desde hacía días, pero ese llamado no obtuvo respuesta y por lo tanto el alemán debió sufrir el despo-jo de sus pertenencias. "Comprobé que la Policía tiene una infraestructura insuficiente", agregó antes de añadir algo peor: "Yo estaba con una pareja norteamericana que iba a comprar una casa, pero ya cambió de idea".
El episodio no fue un caso aislado. La misma crónica habló del violento asalto a golpes de puño sufrido por la empleada de una óptica ubicada en pleno centro de la Península, que a las 10 de la mañana fue atacada por un delincuente que le robó abundante dinero de su bolso. Ese mismo día, en una agencia de la terminal de ómnibus de Punta del Este faltaron 4.000 dólares sustraídos con llaves apropiadas, pero pocos días antes varias turistas argentinas fueron despojadas de sus carteras por arrebatadores que asolaron la zona gastronómica de la rambla portuaria de la Península y de la ciudad de Maldonado. En uno de esos robos la víctima fue revolcada por el suelo. "En el último mes -destacaba la crónica- al menos seis arrebatos, todos ellos en perjuicio de turistas argentinos, fueron cometidos" entre Punta del Este y Maldonado, sin olvidar a otro argentino recién llegado a la zona cuya casa de la Parada 5 fue desvalijada por los delincuentes.
Un poco más grave que todo lo precedente resulta el hecho de que la Policía fernandina resolvió colocar nuevos efectivos en el área de restaurantes donde se reiteraban las agresiones, no obstante lo cual "otro arrebato ocurrió a 50 metros del lugar en que se encontraba la custodia policial", dato que permite medir la desventaja en que se encuentran los residentes y visitantes frente a la violencia que sigue afectando al balneario, exhibiendo la peor imagen de un lugar que pretende mantener su rango turístico de primera línea. Parece evidente que las autoridades saben de dónde proviene la onda delictiva, aunque en apariencia no hay voluntad de enfrentarla con la amplitud y el rigor que podrían contrarrestar ese asedio. A la vista está que las medidas adoptadas hasta el momento no han dado los frutos capaces de devolver a esas playas el margen de tutela y sobre todo el nivel de tranquilidad que recupere la calma perdida, cuya evaporación compromete el futuro mismo del balneario y obliga a planificar soluciones que en la materia no serán sencillas, porque el problema tampoco lo es.