El mito importado de “la casta”

Uno de los grandes dramas que tiene el vivir en un país de escala pequeña, y en el cual demasiada gente consume de manera masiva medios y prensa de otros lados, es la importación de conceptos foráneos tóxicos.

Esto ha sido un problema histórico de la izquierda uruguaya, que se ha dedicado a incluir en sus plataformas planteos que se estructuran en centros de pensamiento de Europa o EE.UU., sin pasarlos por un mínimo tamiz que los adapte a la realidad o a la idiosincracia local. El “impuesto a los ricos” es apenas el último eslabón de una cadena histórica y nefasta para nuestro debate público.

Pero ahora vemos que también por el otro extremo ideológico, se cae en el mismo pecado. En los últimos meses hemos visto como a influencia de lo que ocurre más que nada en Argentina, han surgido voces que insisten con el concepto de “casta” política, tan usado por el actual presidente Javier Milei.

Lo primero que hay que decir es que a diferencia de estos imitadores clase B que padecemos en nuestro territorio, que hasta hace 6 meses no sabían si Hayek era un puntero izquierdo alemán, o si Rothbard era un bateador de las grandes ligas, Milei es una persona con una profunda formación en liberalismo. Alguien que ha leído a los clásicos de esta ideología, y que más allá de compartir su tono o algunos de sus planteos, es alguien que sabe de lo que habla. Y, además, que su país sí tiene un verdadero esquema de “clase política” y mediática, que tiene un nivel de vida, y una forma de conducta, que permiten separarlos del resto de la sociedad.

En Uruguay eso no pasa. Aquí la dirigencia política es un fiel reflejo de la sociedad en general, con sus luces y sombras, sus talentos y sus vicios. Alcanza ver el perfil, por ejemplo, de nuestros legisladores. Hay allí personas de todas las edades, de todas las formaciones, de todos los niveles económicos.

Hay otra diferencia enorme con lo que ocurre en Argentina. En Uruguay nadie se enriquece particularmente en la función pública. Por más que mucha gente se indigne con los sueldos de legisladores o ministros, la realidad es que buena parte de esos ingresos (que además son transitorios) terminan siendo volcados a financiar la actividad de los propios partidos que ellos integran. Y en muchos casos, ganan más muchos funcionarios estatales que ocupan cargos técnicos en empresas públicas y ministerios, que los propios jerarcas políticos.

De hecho, si hubiera que hablar de algún sector privilegiado que vive bastante por encima de la media de los uruguayos, y que no padece los avatares del mercado o de la economía, son estos funcionarios. Pero parece que ahí nadie quiere meterse.

Además en Uruguay está el tema de la escala. Aquí es imposible esconderse mucho del asfixiante control social de esta sociedad aldeana, donde no es nada difícil encontrarse en el supermercado con un senador, un ministro, o un presidente de empresa pública. ¿Usted se imagina a un político uruguayo yéndose de vacaciones a un yate en las islas Baleares con señoritas “influencers” de aranceles millonarios, como ocurrió con aquel político peronista argentino?

En Uruguay nuestro principal drama es la mediocridad y la cortedad de miras de nuestra dirigencia política, no la corrupción o que haya una “casta” alejada de los problemas de la gente real.

Eso no quiere decir que no tengamos problemas, o que no haya abusos de las cuotas de poder que algunos jerarcas disponen. De hecho, a esta altura parece muy claro que organismos como la Jutep o el Tribunal de Cuentas requieren reformas profundas que los adapten a las sensibilidades y vicios actuales.

Porque en la época en que estos organismos fueron diseñados, el hecho de que simplemente se sugiriera que un político podía tener un beneficio impropio, la mancha ética que eso podía significar, implicaba su inmediata renuncia o cosas más drásticas. El honor personal se valoraba de otra forma.

Pero a medida que la falta de nivel, y la pérdida de valores tradicionales han golpeado a nuestra sociedad, y por ende a su clase política, estas reacciones ya no son esperables. Hoy no renuncia nadie.

Pero posturas como las de estos nuevos inquisidores, que fácilmente tachan de corruptos o inmorales a cualquiera que se aventure a participar de la cosa pública, se vuelven más habituales, el problema se hace más serio. Porque la gente valiosa no está dispuesta a someterse al escrutinio envidioso y resentido que implican estas posturas que se han puesto de moda. Moda importada, y que tanto daño hace.

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