El japonés Onoda y la izquierda

La historia es conocida: el último oficial japonés que se rindió luego del final de la segunda guerra mundial fue Hirō Onoda, en 1974, después de haber pasado tres décadas sobreviviendo en las selvas de Filipinas donde había sido enviado para emprender acciones de guerrilla contra el enemigo.

No es que no se hubiese avisado en distintas oportunidades, por medio de panfletos largados desde aviones, por ejemplo, que la guerra había terminado. Es que Onoda y su pequeño grupo militar desconfiaron de la sinceridad de esos avisos: creyeron que eran típicas acciones de contraespionaje de parte del enemigo.

Oficialmente, fue declarado muerto en 1959. Cuando finalmente fue encontrado 15 años más tarde, hubo que ubicar en Japón a su viejo comandante, que se había convertido entretanto en librero, para que viajara a la isla de Lubang, donde se escondía Onoda, de manera de comunicarle personalmente la derrota de su país, y ordenarle deponer las armas. Y no es que Onoda hubiera permanecido inactivo durante esas tres décadas: el presidente filipino tuvo que indultarlo, ya que el japonés había logrado matar a una treintena de habitantes y participado además en varios tiroteos contra la policía en distintos puntos de la isla.

Aunque nos parezca descabellada, es una historia que, entre nosotros, orientales del Río de la Plata, no nos resulta del todo ajena. Ahora que estamos comenzando un nuevo año, bien podríamos sincerarnos y reconocer, en efecto, cómo habita el espíritu Onoda en el alma de la izquierda de nuestro país.

En primer lugar, es con un fervor fanático que el Frente Amplio (FA) en el poder insiste una y otra vez con promover políticas que hacen enorme daño al país. Y como en el caso de Onoda, no es que no se le haya advertido de que la realidad es muy diferente a lo que quiere creer. Está el caso emblemático del portland de Ancap. Ciertamente, nadie ha podido cerrar esa canilla abierta de pérdidas multimillonarias en dólares que lleva casi tantos años como los que pasó el japonés en la selva de Filipinas. Pero, ahora, el FA en el poder decidió agravar esas pérdidas y avizorar un horizonte de ganancias que, quizás, ocurra recién dentro de tres lustros. Es como si Onoda hubiera seguido peleando la segunda guerra mundial hasta 1990.

En segundo lugar, es con un dogmatismo que hubiese generado admiración en el mismísimo Onoda que el FA sigue adhiriendo a los regímenes dictatoriales más asquerosos de Latinoamérica. Aun cuando la caída del muro de Berlín fue hace ya más de 36 años, y aun cuando la Unión Soviética se terminó hace más de 34 años, como si viviera en una selva filipina la izquierda resiste todo proceso democratizador en nuestra región: sigue presta a sumar sus apoyos a la dictadura cubana y a la tiranía de Venezuela como si viviera en 1959 con relación a La Habana o en 1999 con respecto a Caracas. No hay forma de que acepte la realidad de que el socialismo autoritario ha sido siempre y en todo lugar un régimen que ha hecho enorme daño.

En tercer lugar, como Onoda en Filipinas ni siquiera el paso del tiempo ha hecho recapacitar a la izquierda acerca de sus postulados estatistas. Su ADN sigue promoviendo impertérrito poner impuestos a los más ricos, convencido de que eso será justo y que mejorará la situación de todos; su convicción estatista sigue expandiendo agencias públicas y tareas de entes autónomos que compiten con actores privados; y su cosmovisión del mundo sigue creyendo que hay opresores y oprimidos en una escena internacional en la que aumenta la pobreza y la desigualdad: como el japonés en Filipinas, no se enteró de que el planeta es mucho más rico y pujante gracias al enorme desarrollo capitalista de estas últimas tres décadas.

En este año que se abre tenemos dos opciones. O dejamos a nuestro Onoda encerrado en su selva y dañando toda posibilidad cierta de desarrollo del país: allí estará, por ejemplo, la oposición que llegará de gran parte de la izquierda hacia el tratado del Transpacífico (CPTPP). O tomamos la iniciativa del comandante japonés que se había convertido en librero y le decimos que el mundo cambió y que es tiempo de pasar a una nueva etapa: que hay que cerrar el portland; que se precisa achicar el Estado; y que es fundamental para nuestro crecimiento aprobar lo antes posible el CPTPP, entre otras cosas.

Quienes tienen que hacer la tarea del comandante no forman parte de la izquierda. Son la otra mitad del país que, mayoritaria, debe hacer caer a Onoda en la realidad del mundo en el que vive.

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