Una de las claves de la política exterior estadounidense para el continente americano es la llamada Doctrina Monroe. Definida en 1823, el llamado corolario Roosevelt le es agregado en 1904. Más de un siglo más tarde resurge con la actual presidencia de Trump, en un marco general de giro a la derecha de los gobiernos de la mayoría de Sudamérica.
La doctrina Monroe puede sintetizarse con un “América para los americanos”. En un contexto general de afirmación de la potencia estadounidense y de guerras de independencia en la América hispánica, fijó el criterio según el cual no eran bienvenidas las intervenciones de las potencias europeas en este continente. Su éxito fue relativo ya que, por ejemplo, hubo una potente intervención anglo-francesa en el Río de la Plata en los años 1840, o incluso un involucramiento de la Francia de Napoleón III en México a mediados de los años 1860 con la intención de instalar allí una monarquía.
El corolario Roosevelt pretendió reafirmar la doctrina, en el marco de una intervención europea contra Venezuela por motivos financieros, y de la firme voluntad estadounidense de construir un canal en Panamá que resultaba clave para su propia seguridad geopolítica. El asunto funcionó mejor que en el siglo XIX, y ciertamente Washington operó como potencia hegemónica en el Caribe hasta la revolución castrista de 1959.
Allí la cosa de nuevo cambió, pero ya no fueron las viejas potencias de Europa Occidental las que rivalizaron con Estados Unidos (EE.UU.), sino la Unión Soviética.
Hoy, la doctrina Monroe recobra un sentido estratégico clave para Washington. En efecto, en un contexto en el que grandes imperios se dividen áreas de influencia en el mundo, es claro que la idea de América para los americanos vuelca naturalmente el peso de EE.UU. en una región rica en recursos naturales y de identidad civilizatoria occidental evidente. Luego de lustros en los que la atención de la gran potencia mundial había dejado de lado la prioridad hemisférica, el eje estratégico definido por Monroe- Roosevelt- Trump vuelve a ser un intérprete pertinente para analizar la situación actual en Sudamérica.
Es desde esa perspectiva que se entiende mejor el enorme apoyo que Washington dio a Buenos Aires en 2025, por motivo de las turbulencias financieras generadas a partir del riesgo político que comporta consigo la eventualidad del kirchnerismo en el poder.
También, ese lente es el que mejor lee el involucramiento estadounidense en la crisis de Venezuela: no se trata solamente de un gran problema de seguridad continental, con el enorme daño social y económico que genera un régimen de narco-dictadura, sino que además se trata de asegurar que América esté libre de influencias extrañas, como es el caso de las iraníes, rusas y chinas, como bien enseñaba Monroe hace ya dos siglos.
En este esquema global importa entender que el giro sudamericano que se identifica con signos políticos de derecha va más allá de las circunstancias nacionales de cada país. Ciertamente, tanto en Chile como en Argentina se consolidó el año pasado una mayoría liberal y conservadora que comulga con los valores preferidos por la administración Trump. Y ciertamente también, ese previsible giro hacia la derecha puede ocurrir tanto en Brasil como en Colombia en este 2026, por lo que se teñirá de ese color político casi toda Sudamérica. Pero la dimensión geoestratégica de esta opción va más allá de decisiones acerca de más mercado en lo económico y más seguridad en lo social: se trata de una decisión que aspira a ser tan profunda como de larga duración.
En efecto, EE.UU. pretende hacerse fuerte en el hemisferio para blindar con sus recursos y su capacidad económica una prosperidad compartida que exige naturalmente terminar con el populismo corrupto y el protagonismo del narcotráfico. Sin embargo, en la senda de Monroe y del giro a la derecha está también un mandato civilizacional occidental que dice a los demás imperios que los valores aquí preferidos son los forjados históricamente en Jerusalem, Atenas y Roma.
Suena estrafalario, pero no lo es. Washington está siendo desafiado fuertemente por China a nivel mundial. Se hace fuerte en su hemisferio. Resguarda un área de valores civilizatorios comunes. Y a partir de allí promueve una seguridad y un espacio económico en el que ejerce su peso dominante. El giro a la derecha de estos años en Sudamérica estará marcado pues por esta doctrina Monroe en su interpretación Trump.