El mundo en el que vive el militante frenteamplista duro, ese que vegeta detrás de lo que algún columnista de esta página ha denominado el “muro de yerba”, es tan enigmático como fascinante. Sobre todo porque se basa en ignorar la realidad, y en una serie de preconceptos casi religiosos, cuyo único fin práctico es sostener la fantasía de superioridad moral que domina a buena parte de sus cultores. Y cuyo lugar en el mundo se sostiene en que ellos son los únicos inteligentes, cultos, solidarios, y que deben luchar en forma permanente contra un mundo dominado por neoliberales e imperialistas malvados y ruines.
Para tener una ventana a ese mundo tan peculiar, alcanza con mirar un rato TV Ciudad, ese canal financiado por todos los montevideanos, con el fin de que el resto de la sociedad pueda apreciar el nivel de sectarismo y autocomplacencia que domina al frentista estructural. Claro que hay que hacerlo con cuidado, porque la sobreexposición puede llevar a empujes de paranoia, complejo de superioridad sin sustento, y resentimiento avinagrado.
Esta semana, en uno de sus programas estrella, dos expertos que representan a la perfección la idea de diversidad política de la señal estatal hablaban sobre la crisis de apoyo popular que atraviesan tanto el gobierno nacional como el capitalino. Allí estaban los politólogos Daniel Chasquetti y Mariana Contreras en acto de autoflagelación casi chiíta, tratando de explicar por qué la gente no está contenta con estas gestiones.
Desde ya que el grueso de la culpa se la lleva el sistema capitalista, la frivolidad banal de la era del placer instantáneo, Elon Musk, los medios de comunicación, y capaz que hasta Donald Trump y la ultraderecha global. Pero hubo un argumento puntual que amerita este comentario.
La politóloga Contreras, entre pausas impostadas, suspiros elevados, chasquidos de lengua y miradas el éter en busca de inspiración, decía que “Ya no hay luna de miel. El malestar del frenteamplismo tiene que ver con que el FA eligió transitar por la calle del medio. Ni chicha ni limonada, y tal vez más chicha que limonada”. Para agregar que “yo hablo de un giro a la izquierda porque el frenteamplista está enojado... cómo decirlo... le está diciendo al gobierno, ¡no!... empieza a hacer cambios estructurales”.
El comentario tiene muchas aristas de interés. La primera, es la enésima muestra de cómo se usa una disciplina pretendidamente científica, como la ciencia política, para imponer un discurso que es puramente personal. ¿De dónde surge que el frentista le dice eso al gobierno? ¿Hay alguna encuesta? ¿Algún trabajo serio que lo sostenga? ¿O la politóloga habla por su simple parecer?
El segundo punto a mencionar es que el planteo sostiene algo incomprobable: que es que la caída del apoyo al gobierno se debe a la defección del voto frenteamplista. Porque a menos que creamos que todos quienes votaron al presidente Orsi en octubre, e incluso en noviembre, son genéticamente frenteamplistas, la afirmación es ridícula.
Un tercer punto, tal vez el más importante, es que la politóloga insinúa que el gobierno debería estafar a sus votantes, haciendo algo muy distinto a lo que prometió en la campaña hace apenas un año. Porque Yamandú Orsi puso su nombre a consideración para ser presidente con un discurso de centro, moderado, y prometiendo más pragmatismo, y menos ideología. Los que lo votaron, no lo hicieron esperando “cambios estructurales”. Y más allá de que algunos (muchos) hoy no estén contentos, cumplir con ese “giro a la izquierda”, es estafar al votante.
Ya se hizo de alguna manera con el tema de los impuestos, pero profundizarlo sería un escándalo.
Entonces, ¿a qué viene esto?
Es muy simple. Ese nicho frentista radical, que vegeta en los comités de base, en algunas facultades y en TV Ciudad, sueña con un gobierno de izquierda radical, al mejor estilo kirchnerista o chavista. Pero se enfrenta con una sociedad que claramente no quiere algo así, por lo cual los candidatos que lo han propuesto, no tuvieron éxito. Además, esa gente tiene un desprecio flagrante por la capacidad intelectual de la gente, por lo cual considera totalmente válido, mentirle y engañarla. Poner un candidato que prometa algo, y una vez en el poder, hacer otra cosa.
La realidad es que para bien o para mal, los uruguayos votaron a Orsi para hacer un gobierno más o menos como lo está haciendo. Y deben hacerse cargo de sus decisiones. Por otro lado, los que sueñan con un “giro a la izquierda”, deben organizar su propuesta, y ofrecerle a la gente un candidato que la ejecute. Mientras tanto, a aguantar como el resto.