A catorce meses de asumir, el gobierno de Yamandú Orsi enfrenta un claro saldo negativo en la aprobación de la ciudadanía. La encuesta de Equipos del segundo bimestre ubica la aprobación presidencial en 27% y la desaprobación en 48%; Factum, con metodología distinta, mide 29% y 46%. Lo más significativo no es la magnitud, sino que el deterioro ya alcanza a los propios votantes del Frente Amplio. Más allá de lo elocuente de la foto, prueba algo que para muchos era evidente desde hace tiempo: la “era progresista” caracterizada por gobiernos de izquierda muy populares nunca fue producto de un proyecto estratégico excepcional.
Entre 2005 y 2014 el Frente Amplio gobernó montado sobre dos olas extraordinarias: el rebote de la peor crisis económica de la historia reciente del país y un superciclo de precios internacionales de commodities. Esta combinación permitió satisfacer de muy buena forma las expectativas materiales de la sociedad. Los logros de esta primera década que la fuerza política exhibe como conquistas propias fueron, en lo esencial, las mieles del crecimiento capitalista.
Lo que ahora se hizo evidente es que sin plata para repartir el modelo frenteamplista no tiene nada de especial. No hay agenda, no hay modelo de país, no hay ni siquiera un acuerdo mínimo sobre adónde ir. ¿Qué intersección real existe entre las bases programáticas del Frente Amplio y las ideas que defiende Gabriel Oddone? Cualquier observador honesto reconoce que casi ninguna.
No es nuevo que haya dos agendas en el FA. El tema es que en la primera década progresista la agenda astorista mandaba en la economía y pactaba cierta paz a cambio de recursos. Mientras aumenten salarios, crezca la burocracia y haya plata pública para aventuras empresariales socialistas, los radicales aceptaban en paz la situación.
Hoy, ¿el PCU está tolerando a un ministro de economía “de derecha” a cambio de qué? Sin crecimiento económico no habrá nada para repartir.
Esto pone en cuestión la reputación internacional del FA entre las izquierdas hispanoamericanas: la idea de que es el único frente de izquierda exitoso en aunar desde la socialdemocracia más tibia hasta el marxismo más ortodoxo bajo un mismo techo. Que la convivencia existe es cierto. Que haya sido exitosa, en cambio, merece revisión. Esa alianza funcionó bien mientras los moderados administraban con relativa prudencia, y los radicales obtenían a cambio transferencias crecientes, expansión salarial, aventuras empresariales estatales y multiplicación del aparato público. Vamos a ver cómo sigue esto en una coyuntura económica bien distinta y sin liderazgos aglutinadores.
El corolario político es importante para la oposición. Durante demasiado tiempo, amparada en la coyuntura excepcional de la era progresista, mucha gente de los partidos tradicionales trató al Frente Amplio con un respeto desproporcionado. Se actuó de manera frenteampliocéntrica: girando alrededor de su agenda, aceptando implícitamente que el adversario tenía la identidad popular de su lado y que lo políticamente viable era evitar la confrontación frontal de ideas, limitándose a denunciar excesos y errores concretos, como el despilfarro o el fracaso en seguridad, pero sin discutir el fondo. Era una concesión injustificada. El Frente Amplio no es la identidad del Uruguay: es un partido más, con fortalezas reales (amplitud, arraigo territorial, identidad cultural) y debilidades cada vez más visibles (incoherencia ideológica, ausencia de proyecto, escasez de liderazgos). Conviene recordar que ya en 2019, apenas cinco años después del fin de la bonanza, el Frente Amplio cosechó 39%. Y eso fue con todo el temor que aún generaba en parte del electorado el retorno de blancos y colorados, cuyo último recuerdo de gobierno era la crisis de 2002.
¿Cuál es el piso del Frente Amplio para 2029? La oposición no debe subestimarlo. Pero tampoco debe sobreestimarlo. Están dadas las condiciones para construir una oposición de sustancia, que no se limite a prometer lo mismo pero mejor administrado, sino que confronte ideas, modelos y diagnósticos sin miedo. Que discuta el rol del Estado y la concepción de la sociedad. Que, por ejemplo, cuestione la ANEP como la raíz del fracaso educativo y no se limite a administrarla mejor. O que discuta, sin dejarse psicopatear, cuáles son las mejores relaciones laborales para el trabajo del siglo XXI.
El Uruguay del Frente Amplio invencible murió. Lo único que puede salvarlo es que la oposición no se entere.