El éxito que necesita la República

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Los últimos días fueron un muestrario de conductas indeseables. A las claras nos dijeron qué debemos fortalecer y qué tenemos que demoler para construir un clima de respeto fraterno en una libertad fecunda.

Ese clima es el que precisa el país, no solo para competir por traer inversores, sino para erguirnos con voz propia en un mundo contradictorio y cruel, abriéndonos a lo nuevo por reflexión ciudadana y no por empujones de afuera o agravios de adentro.

Los hechos de estos días evidencian que estamos recorriendo precisamente un camino contrario, que esteriliza la libertad e impide que la soberanía ciudadana haga su obra. Véase.

Por defender “Cara a Cara” la reforma educacional, el Presidente del Codicen, Dr. Robert Silva, debió enfrentar gritos, insultos y agresiones de una recua de destemplados, generando un espectáculo bochornoso que no deberemos borrar de nuestras retinas y de nuestra memoria.

La misma horda minoritaria ocupó las sedes del Ministerio de Educación y Cultura y del Codicen, obligando al desalojo por la policía, cumplido felizmente sin más violencia que la existencia misma de las ocupaciones.

Esas ofensas institucionales, obviamente programadas, mostraron la vieja hilacha de irracionalidad fascista con la que hicimos amplia experiencia desde hace más de medio siglo. Sus resultados están grabados a fuego en la conciencia histórica de la ciudadanía.

La conclusión es diáfana: en un Estado que debe garantizar la libertad, hay que erradicar la intolerancia y el atropello en todas las madrigueras pseudo-doctrinarias donde anide el fanatismo.

Otro ejemplo.

El Senado recibió al ministro del Interior, Mario Heber, al prosecretario de Presidencia, Rodrigo Ferrés y al director de Inteligencia Estratégica, Álvaro Garcé. Más que buscar reformas para impedir que se repita la infiltración mafiosa que a todos nos lastimó, el debate buscó inculpaciones político-partidarias. Pero al revelarse que las maniobras con pasaportes no empezaron con el actual gobierno sino bajo la presidencia de Mujica y al señalarse que en 2020 y 2021 se hicieron 55 pasaportes falsificados, que se sumaron a los 140 que se habían amañado entre 2013 y 2019, se argumentó, con razón, que los males pasados no justifican las transgresiones siguientes.

Hoy en el Uruguay todos tenemos libertad para hablarle duro al otro, pero no usamos esa libertad para oírnos, atendiendo razones y matices para generar las respuestas que requiera cada coyuntura.

Pero la tensión adjetivante de los interlocutores impidió advertir que es plenamente válido comparar los datos de un gobierno con los de sus predecesores, por lo cual hizo muy bien el ministro Heber en enrostrarle a sus inquisidores lo que ocurrió cuando ellos gobernaban.

Estando en juego nada menos que la falsificación ideológica en cientos de pasaportes, lo republicano habría sido unificar la voluntad senatorial para fumigar toda urdimbre que, en el futuro, pudiere horadar la confiabilidad de nuestros pasaportes. Más allá de gestos aislados -por ejemplo, el reconocimiento de los senadores Daniel Caggiani y Amanda Della Ventura a que el Director Garcé se expidió con honestidad intelectual-, se perdió una oportunidad institucional de ascender a la objetividad fina exigida por el Derecho.

Otro caso. La intendenta Cosse se empecina en no ir a la Junta Departamental cuando la llaman a exponer sus razones y volcar su donaire. Respuesta: un pedido de juicio político desgajado de contexto partidario y jurídicamente discutible. Con lo cual tendremos una confrontación por procedimientos y no por el fondo de lo que realmente angustia a los montevideanos, que va desde la oficialización frenteamplista de la basura callejera, pasa por el cobro de multas salvajes por olvidarse de renovar el estacionamiento y llega al colmo de mantener soterrado -desconocido para las nuevas generaciones- el escudo ciudadano, cuyo contorno luce el mandato artiguista “Con libertad ni ofendo ni temo”.

Estos hechos tienen un denominador común: hoy en el Uruguay todos tenemos libertad para hablarle duro al otro, pero no usamos esa libertad para oírnos, atendiendo razones y matices para generar las respuestas que requiera cada coyuntura. En este país que tuvo polémicas fuertes y acuerdos admirables, que con Vaz Ferreira supo enseñar a razonar sin prejuicios y por encima de sistemas, la libertad consiste cada vez más en dejar hablar pero negarse a escuchar.

La libertad se nos va degradando a costumbre de dejar que cada uno grite y hasta insulte en soliloquio.

El éxito que necesitamos es restablecer la lógica del diálogo honorable y conducente. Tarea para gobernantes y aspirantes. Pero también para todos los gobernados.

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