El Uruguay está mal ubicado por su tasa de escolarización frente a los vecinos latinoamericanos. El porcentaje en esa materia -tomado a nivel de enseñanza secundaria- es del 69,6% para nuestro país, frente al 84,7% de Chile, 81% de Argentina o Brasil, 75,4% del Perú, 72,4% de México y 71,2% de Colombia. Esa desventaja se percibe al escuchar cómo hablan (y ver cómo escriben) los uruguayos de hoy, víctimas de un sistema educativo que empeora con el paso del tiempo, herederos de un desinterés generalizado por el empleo del vocabulario, hijos de una creciente ignorancia gramatical y ortográfica, que abandonaron el hábito de la lectura y adoptaron las brutales abreviaciones de los mensajes de texto. Con esa vergüenza nacional debemos cargar todos, olvidando que en un pasado nada remoto el Uruguay fue un modelo regional bastante único y que ahora marcha por detrás de otros países que lo han superado ampliamente. Ante tales cifras, contenidas en el Informe Pisa 2009, las autoridades tienen la palabra.
El 28 de noviembre se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara la nueva ortografía española, sujeta a la aprobación de las Academias de la Lengua que funcionan dentro de ese mundo hispánico, donde 450 millones de personas hablan un idioma común. En adelante, el diccionario ya no presentará como letras independientes la "ch" ni la "ll", se suprimirá el acento escrito en algunas palabras como el adverbio "sólo" o los sustantivos "guión" y "truhán", entre otros, y se cambiará la denominación de ciertas letras, porque la "y" será llamada "ye" (no "i griega") y la "b" no será "be larga" sino simplemente "be", mientras la "v", en lugar de llamarse "ve corta" deberá llamarse "uve", como le dicen en España. Tales novedades han desatado controversias entre quienes las aprueban y quienes las rechazan, aunque parece que así quedarán consagradas.
Habrá asimismo otros cambios menudos, porque la "o" colocada entre números ("6 ó 7", por ejemplo) ya no irá con tilde, prolongando modificaciones ortográficas que se produjeron en el pasado. Hasta comienzos del siglo XX, la preposición "a" se escribía con acento ("vamos á comer") con lo cual algunas viejas normas en la materia van cayendo en desuso. Claro que todas esas precisiones inquietan a poca gente -las maestras o los escritores, digamos- porque la mayoría utiliza la lengua española con un descuido donde los barbarismos, extranjerismos y disparates sintácticos asoman a cada momento, ayudados por lo que se escucha en televisión o lo que se oye en el discurso de personas que a veces son figuras públicas, sin que esa condición las lleve a compadecerse del idioma que castigan verbalmente.
En una sociedad como la actual, asaltada por el maremoto audiovisual y por la informalidad del habla, donde además los libros son tan caros y la deserción escolar es tan enorme, ya no parece fácil restablecer cierto rigor y recuperar niveles de esmero o de corrección en el manejo diario del lenguaje, de cuyas exigencias los jóvenes suelen burlarse. Los observadores más liberales consideran que las impurezas expresivas son parte de una evolución natural, y creen por lo tanto que los errores de hoy serán admitidos como los cambios de mañana, indicando que así una lengua demuestra que está viva y que se transforma gradualmente, a medida que se producen otros procesos transformadores en el terreno cultural. Por el momento, empero, a mucha gente no le preocupa para nada hablar (y escribir) bien o mal. Porque cada día que pasa quedan menos oídos finos para registrar lo que se escucha, menos memoria auditiva para corregir las equivocaciones y menos ojos atentos para sufrir lo que se lee. Así estamos, de manera que conviene ir despidiéndose de ciertas exquisiteces, como la música que podía emanar de la delicada construcción de una frase o del calculado ritmo de un párrafo. Qué lástima.