El difícil arte del equilibrismo

Cuando observamos la gestión del actual presidente de los uruguayos, nos viene a la memoria el nombre de Philippe Petit, el célebre funambulista francés que, en 1974, acometió la hazaña de caminar sobre un cable de acero tendido entre las azoteas de las Torres Gemelas de New York.

La principal diferencia es que Petit realizó esa gesta sin autorización previa (hay una película de 2015 que lo documenta, The walk, dirigida por Robert Zemeckis y no apta para quienes padecen de vértigo). En cambio, el presidente Orsi fue ungido para un desafío semejante por el voto ciudadano de 2024.

Comparamos una proeza con la otra, porque si bien el Frente Amplio llegó al poder invocando una “revolución de las cosas simples” que parecía aunar la voluntad de sus diversos sectores, en los hechos no está haciendo otra cosa que exhibir sus disensos internos de manera casi impúdica, un día sí y otro también.

Al momento de escribir estas líneas no sabemos todavía si decidirán hacer o no el dichoso túnel subterráneo de la avenida 18 de Julio, de impredecibles consecuencias en la trama edilicia más antigua que bordea esa arteria céntrica.

El intendente Bergara rechaza la propuesta, pero con tal de seguir trancando la solución mucho más económica y funcional del tranvía en la que avanzaba el gobierno de la Coalición (que ya la exintendenta Cosse boicoteara, emplazando una antiestética, carísima e ineficiente bicisenda), el MTOP actual sigue insistiendo. Qué decidirá hoy el presidente Orsi para equilibrar ambas posiciones tan divergentes, por ahora es un misterio.

Hasta dónde llegará con un proyecto de Ministerio de Justicia impulsado por Jorge Díaz y los comunistas, pero resistido por la oposición y el MPP (¡aún cuando el mismo presidente lo anunció en su discurso del 2 de marzo!), es otro misterio insondable.

Pasa lo mismo con temas de política internacional. Orsi calmó a la línea dura de su partido suscribiendo una protesta contra EE.UU. por la detención del dictador Maduro, que ya nos está costando caro en nuestras relaciones bilaterales con la severa administración Trump. Pero por otro lado se negó, razonablemente, a romper relaciones con Israel y a calificar la guerra contra Hamás de genocidio, con lo que provoca la ira de los mismos radicales a quienes halaga defendiendo al chavismo. Para más datos, la murga ganadora del último carnaval no dudó en vociferar que el actual gobierno es “cipayo”, por alinearse a las naciones democráticas en el conflicto de Medio Oriente.

El más reciente equilibrismo en política internacional se da con la visita del expresidente ecuatoriano Rafael Correa, prófugo -por corrupto- de la justicia de su patria, que vino al nuestro porque “siempre se pasa bien en Uruguay” (sic), un país al que “el Frente Amplio le ha hecho mucho bien”. En este caso en particular, nuestro Philippe Petit vernáculo se vio en la necesidad de tolerar un almuerzo de Correa con distinguidos dirigentes frenteamplistas, en un coqueto restaurante carrasquense, pero al mismo tiempo negarle una entrevista personal, según el ecuatoriano, por “problemas de agenda”.

Renglón aparte mereció el reconocimiento de Fernando Pereira, presidente del FA, de que efectivamente su partido mintió en campaña electoral, y que ahora aumenta impuestos que había prometido no incrementar, porque aparentemente combatir la pobreza es más relevante que ser honesto.

Y para completarla, todos los días aparece un ministro o senador oficialista largando un bolazo voluntarista, del tipo de ponerle un impuesto a los ricos (así retiran sus inversiones del país), o exigir a las empresas que adviertan con anticipación que despedirán gente (así lo deciden más rápido), o prohibir los monoambientes (porque un legislador sabe más que cualquier ciudadano de a pie sobre dónde vivir cómodamente y a bajo precio), o reglamentar el mercado de alquileres (para otra vez, encarecerlo).

Después se preguntan a qué se deben los pésimos índices de aprobación del gobierno.

Hay un límite entre hacer equilibrio entre sectores dispares y evidenciar lisa y llanamente la herida abierta de ideologías contradictorias.

Si el Frente Amplio no entiende que debe posicionarse en el mundo real y gobernar con coherencia por el bien de la gente -y no para satisfacer los caprichos de su barra fundamentalista e ignorante- seguirá de mal en peor.

Uno se pone en los zapatos del presidente Orsi y reflexiona: qué difícil debe ser gobernar así.

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