El show del cantante puertorriqueño conocido como Bad Bunny, en el evento musical del entretiempo del Superbowl estadounidense, no ha dejado a nadie indiferente. No es para menos. Se trata del espectáculo deportivo más visto en el mundo después del mundial de fútbol y los Juegos Olímpicos. Además de un momento icónico en la cultura de Estados Unidos, donde la mayoría de las marcas despliegan sus mayores esfuerzos para conectar con la sensibilidad y el patriotismo del pueblo americano.
Lo primero a destacar es que ese espacio, muy codiciado por cualquier artista global, y en un ambiente y un deporte que históricamente ha sido el más tradicionalista y conservador de Estados Unidos, haya sido cedido a un artista latinoamericano, en un momento en que desde el gobierno de ese país suele haber un discurso bastante hostil hacia la inmigración, y en general hacia la cultura de nuestra región.
Es difícil imaginar a Donald Trump leyendo a Samuel Huntington, pero es claro que su teoría del choque de civilizaciones, y en especial, el miedo a que la influencia de otras corrientes culturales destruyan el cerno anglosajón y protestante que ese autor veía como clave para el desarrollo del país, está muy presente en esta administración.
Esa patente hostilidad del mundo MAGA (Make América Great Again) hacia lo latino, explica el nivel de emoción que la actuación del artista boricua generó en la comunidad hispana de Estados Unidos. Pero más allá de eso, no parece haber sido una oportunidad bien aprovechada, para hacer una declaración de principios sobre todo lo que le aporta la cultura latinoamericana al mundo.
Aquí no se pretende hacer crítica musical, ni opinar si el señor Bad Bunny canta bien, baila regular, ni nada así. Para eso está nuestra sección Espectáculos, con gente capacitada para tales efectos.
Pero desde lo político y cultural, el show, su puesta en escena, y el discurso del artista, fue una reivindicación involuntaria de aquella gran obra literaria publicada por Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa, titulada “Manual del perfecto idiota latinoamericano”.
El texto, una respuesta mordaz y lapidaria a la obra de nuestro compatriota Eduardo Hughes Galeano “Las venas abiertas de América Latina”, pone sobre la mesa el verdadero cáncer que matado no sólo el vínculo entre las Américas que divide el Río Bravo. Sino también las posibilidades de desarrollo de los países al sur del mismo.
Hablamos del complejo de inferioridad, de la apelación constante al victimismo, y a un rediseño de la historia, donde la culpa del subdesarrollo del sur, siempre viene de lo que hace el vecino del norte. Apelando permanentemente a una especie de superioridad moral ridícula, para compensar nuestras carencias a la hora de darnos condiciones de vida que compitan con las que Estados Unidos ha logrado dar a su gente.
La obsesión de Bad Bunny por afirmar que los americanos somos todos, por mostrar las banderas y denunciar una especie de maltrato estructural, su empaque en hablar en ese jeringoso caribeño parecido al español como si fuera una toma de posición política, sabiendo que el 90% de los espectadores no entiende nada, es expresivo en ese sentido. Un punto particular es cuando dice algo como que no quiere que a Puerto Rico le pase como a Hawaii, convertido en un estado más de la unión.
El problema es que Puerto Rico en muchos casos, es un ejemplo de todo lo que podemos hacer mal los latinoamericanos. Políticos demagogos, permanentes crisis financieras por un estado que gasta de más, y el desaprovechamiento consistente de las oportunidades, hacen que cada encuesta que se reliza en esa nación, muestre que el independentismo en su punto más alto llegue al 30%. O sea, 70% de los boricuas, quiere seguir así. Algo comprensible, cuando se ve que los estándares de vida en la isla para la gente común, son cien veces superiores a los de cualquier nación caribeña similar.
Desde ya que aquí no creemos en absoluto en Huntington, ni en que el subdesarrollo comparativo de América Latina tenga que ver con nuestra cultura o impronta religiosa. Sino que se debe, sobre todo, a nuestra propia culpa. Y a lo negativo que estas visiones victimistas y plagadas de una aucompadecencia tóxica, han imbricado en nuestra gente.
Bad Bunny no sólo desaprovechó la oportunidad de usar la máxima vidriera a los hogares americanos para mostrar lo mejor de nosotros. Sino que, al contrario, mostró ostentosamente muchas de las cosas que nos han puesto donde estamos.