¿Dónde quedó la verdad?

Si algo tienen en común los recientes artículos sobre el correo de Noam Chomsky a Jeffrey Epstein y la represión sangrienta de las protestas en Irán es que exponen, con una claridad incómoda, una misma realidad: el escándalo moral contemporáneo no responde a la gravedad objetiva de los hechos, sino a su utilidad política. La indignación selectiva es uno de los espectáculos más abyectos y despreciables del escenario político contemporáneo.

En los archivos que vuelven a poner bajo escrutinio la relación entre Chomsky y Epstein y aparece un correo en el que el presuntamente prestigioso intelectual lamenta el “maltrato” mediático sufrido por un pedófilo condenado y se refiere a la “histeria” en torno al abuso de mujeres. No se trata de una frase sacada de contexto ni de una interpretación forzada: está documentada y es inequívoca. Sin embargo, frente a estas declaraciones, el silencio de las grandes organizaciones feministas internacionales ha sido casi total. No hubo comunicados ni campañas globales. No hubo cancelación ni condena pública. Nada, porque Chomsky podrá ser un inmoral despreciable, pero es un compañero.

Algo aún más grave ocurre frente a la tragedia que vive Irán. Decenas de miles de personas han sido asesinadas, violadas, torturadas o encarceladas por un régimen teocrático que oprime sistemáticamente a las mujeres, las cosifica y las castiga por el simple hecho de existir fuera de los códigos impuestos por el poder religioso. No se trata de excesos aislados ni de hechos puntuales: es una política de Estado. Y, sin embargo, el feminismo organizado -el que domina foros internacionales, universidades y organismos multilaterales- mira hacia otro lado porque Irán es enemigo de Estados Unidos y porque es una fuente importante de financiación de su propaganda.

La lista de silencios selectivos es demasiado larga y consistente como para ser casual. No hubo indignación masiva ante el secuestro, la violación y la tortura de mujeres judías por parte de Hamás. No se levantaron pancartas cuando esas mujeres fueron utilizadas como botín de guerra por una organización terrorista que hace de la misoginia y el fanatismo religioso una seña de identidad. Tampoco hubo escándalo cuando, en Uruguay, José Mujica afirmó que dirigentes de un partido político debían “vigilar a sus mujeres”, una frase de un machismo explícito que, de haber sido pronunciada por alguien ubicado a la derecha del espectro político, habría desatado una tormenta mediática y militante.

La conclusión es incómoda, pero inequívoca: el feminismo radical que hoy ocupa el centro de la escena internacional no está orientado a la defensa universal de los derechos de las mujeres. Está orientado a una agenda política concreta, ideológicamente alineada y, en muchos casos, funcional -cuando no directamente financiada- por regímenes y movimientos autoritarios. No se escandaliza frente a la violencia cuando el victimario es “correcto” desde el punto de vista geopolítico. No defiende a las mujeres cuando esas mujeres no encajan en el relato dominante.

El problema no es solo la hipocresía, sino el daño profundo que esta selectividad moral produce. Cuando se relativiza la violencia según quién la ejerce, cuando se jerarquizan las víctimas según su identidad política, religiosa o nacional, se vacía de contenido la noción misma de derechos humanos. Todo se vuelve consigna y relato vacío que se vuelve en contra de la credibilidad de una causa noble bastardeada por una gigantesca corrupción moral y económica.

Defender a las mujeres no puede depender del color político del agresor, de la religión de la víctima ni de la conveniencia del momento. Cuando el silencio se vuelve sistemático frente a los crímenes más atroces -violaciones masivas, secuestros, torturas, asesinatos- y la indignación se reserva solo para los casos útiles al relato, ya no estamos ante un movimiento de emancipación, sino ante un aparato ideológico.

El feminismo que calla ante Irán, que mira para otro lado frente a Hamás, que no se inmuta ante la complicidad manifiesta de Chomsky con un pedófilo o ante el machismo explícito de líderes “amigos”, no está defendiendo a las mujeres: está manejando un aparato con fines inconfesables. Y cuando la verdad se sacrifica en el altar de la alineación política, lo que queda no es justicia, sino propaganda berreta. Recuperar la defensa genuina de los derechos humanos exige romper con esta hipocresía. Lo que tenemos hoy es simple y genuflexa complicidad.

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