Desafío demográfico de largo plazo

Sigue sin poder fijarse como una prioridad nacional el problema demográfico que sufrimos como país. Infelizmente, todos los datos están sobre la mesa y todos sabemos que la realidad es grave. Pero nadie es capaz de tomar medidas de largo plazo que reviertan la situación.

La perspectiva anunciada el pasado invierno para las proyecciones de población del Instituto Nacional de Estadística (INE) es tan elocuente como sombría. En efecto, para dentro de 45 años se calcula que Uruguay tendrá unos 3 millones de habitantes, es decir la misma población que tenía hace 40 años atrás. Su pico máximo habrá sido en 2020, con 3,5 millones, y desde ese entonces habrá comenzado un paulatino descenso poblacional que, si nada cambia, será irreversible.

Están los malthusianos de siempre, y las agencias internacionales que se alinean tras esta ideología, que dirán que este declive poblacional no significa ningún problema. Por un lado, porque estará ocurriendo en casi todas partes del mundo: desde China hasta Rusia, pasando por Polonia o Italia, en muchas partes se verificará en las próximas décadas una merma poblacional debido esencialmente a una menor cantidad de nacimientos por doquier. Aquí, por ejemplo, mientras que en 2013 el número de hijos por mujer en edad fértil se situaba en 1,95, once años más tarde esa cifra ya era de 1,2. Y el problema es que para asegurar un mantenimiento de la población por crecimiento vegetativo se precisa 2,1 hijos por mujer, por lo que hace ya más de 12 años que no alcanzamos ese guarismo.

Por otro lado, los malthusianos globalistas también creen que cualquier dificultad demográfica se puede compensar con una inmigración extranjera que asegure una reposición poblacional funcional a los efectos económicos y sociales. Como esa ideología cree que los seres humanos son intercambiables, no tiene en cuenta las identidades. Por tanto estima que el multiculturalismo es la salida natural al atolladero demográfico. Si hay países con descenso poblacional, no es grave, porque se trae gente de otras partes y asunto resuelto.

La verdad de las cosas es más profunda y diferente. En primer lugar, porque las inmigraciones masivas generan desafíos culturales, civilizacionales y de convivencia social relevantes: Uruguay ya pasó por todo eso hace muchas décadas y naturalmente tiene su experiencia de país de integración social. Sin embargo y justamente por ello, se trata de una dimensión muy relevante que debe ser tenida en cuenta a futuro. Y en segundo lugar, porque ese eventual aporte poblacional, que en estos años no ha sido muy numeroso, se procesaría en un contexto de enorme envejecimiento de la población uruguaya, con lo que el asunto tiene potencialmente de conflictivo socialmente hablando.

En efecto, la población menor de 15 años se reducirá hasta valores por debajo de las 350 mil personas en 2070; lo que implica pasar de representar un 18% del total en 2024 a un 11,5% en 2070. Y los mayores de 65 años seguirán pesando cada vez más. En este esquema, la eventual fuerza de inmigración extranjera que llegue a instalarse en Uruguay tendrá sus propios intereses, en un sentido de privilegiar ciertos tipos de gastos sociales y prioridades laborales, que pueden llegar a no estar alineados con los de una población muy envejecida y cada vez con menos jóvenes.

Además de todo esto que ya sabemos ocurrirá si nada cambia, porque las evoluciones demográficas son de largo plazo y bastante previsibles, hay un problema de fondo al que también se le debe prestar atención: ¿por qué ocurre que los uruguayos no quieren tener hijos como antes? ¿Qué lleva a que sigan emigrando masivamente al exterior? Se trata de dos preguntas que nos interpelan como sociedad mirando a nuestro futuro. En definitiva, son fenómenos que nos dicen que la perspectiva que muchos uruguayos se hacen sobre el país que vendrá en un par de décadas no es lo suficientemente positiva como para formar familia numerosa o decidir emprender su proyecto de vida dentro de las fronteras de la patria.

Un país cada vez más envejecido, cuya juventud sigue emigrando al exterior mucho más que sus similares vecinas, que sabe que perderá población en el futuro, y que de ninguna manera resulta atractivo para grandes inmigraciones internacionales que aporten sangre nueva tanto social como económicamente: ese es el panorama que ya sabemos hoy que tiene el Uruguay de los próximos años. De una vez por todas debemos ser capaces de mirar de frente estos graves desafíos demográficos de largo plazo.

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