Masih Alinejad es una escritora, periodista y activista iraní que desde hace años se juega la vida por la libertad de su país. Un video suyo quitándose el hiyab se hizo viral en las redes. Allí pronuncia a cámara un breve y contundente texto: “En Irán me dijeron que si me quito el hiyab me colgarán con el pelo por Dios. Me echarán de la escuela. Me azotarán. Me encarcelarán. Me multarán. Me golpearán en la calle todos los días por la policía moral. Si me violan, es mi culpa. Si me quito el hiyab no podré existir como mujer en mi patria. En Occidente, me dicen que si comparto mis historias, entonces causaré islamofobia. Soy una mujer de Medio Oriente y tengo miedo de las leyes islámicas. Tengo miedo de todas las brutalidades que he experimentado. Fobia es un miedo irracional. Pero mi miedo y el de millones de otras mujeres que viven bajo la sharia en Medio Oriente es racional. Así que hablemos”.
Por supuesto que el terrorismo funcional a la teocracia iraní intentó desacreditar este tremendo mensaje, y la red X se pobló de trolls acusando a esta valiente mujer de ser “agente de Reza Pahlavi”.
Pero su historia es un ejemplo de abnegación. Nacida en 1976 en Irán, huyó de su país en 2007 luego de publicar un artículo donde denunciaba la corrupción de aquel nefasto presidente Mahmud Ahmadineyad. Se radicó primero en Londres y luego en New York, sobreviviendo a múltiples atentados que la obligaron a mudarse de casa 21 veces. Incluso intentaron trasladarla a la Venezuela de Maduro: “querían llevarme a Venezuela porque es aliado de la República Islámica; desde allí podrían devolverme fácilmente a Irán”, contó en noviembre pasado al diario español El Mundo.
Pero ella aclara que su lucha “no es contra una prenda, sino contra un sistema de control. Comparé el hiyab obligatorio con el muro de Berlín y eso enfureció a Jamenei”. Y vaya si es ingeniosa la comparación entre un muro que divide a las familias en un sistema político autoritario y un velo que anula la individualidad femenina, en una teocracia sustentada en execrable machismo.
La activista reconoce que el asesinato en 2022 de Mahsa Amini -arrestada y torturada hasta la muerte en 2022 por no usarlo “en forma correcta”- fue la chispa que encendió la mecha de la heroica revuelta popular que tal vez logre derribar otro muro: no solo el de tela que oculta los rostros y cabellos de las mujeres.
Siguiendo su entrevista El Mundo, Alinejad afirma que “el hiyab obligatorio explica el mecanismo íntimo de la represión. Si controlas a la mitad de la población, puedes tomar de rehén a toda la nación. Cuando esas mujeres dicen no, es el primer paso para derribar el régimen, porque ya no pueden controlarlas”.
Nuestro diario viene informando sobre la infamante cantidad de muertes de civiles en la represión de esa dictadura, acerca de lo cual tanto el gobierno uruguayo como ciertos colectivos feministas siempre activos contra Occidente, guardan un vergonzante silencio.
En las volteretas acrobáticas propias de la izquierda, una periodista de Televisión Española ha dado cuenta de esas salvajadas, atribuyéndolas al “gobierno de ultraderecha” de Jamenei y soslayando olímpicamente que el régimen opera con un dirigismo estatista heredero del marxismo y se declara enemigo de Estados Unidos e Israel, los dos países que reciben todas las bofetadas del biempensantismo progre.
En nuestro país, ninguna agrupación feminista salió a exhibir un cabezudo con la cara de Jamenei clavada en una picota, como lo hicieron contra la colectividad judía en una marcha de 8M. Ningún sindicato hizo un escrache ante la Embajada de Irán, como lo hicieron contra un colegio judío, para amedrentar a niños uruguayos.
Hay que leer con atención a Alinejad, cuando critica a “los europeos que asumen la ideología islámica en nombre de la tolerancia o la corrección política, porque eso empoderará a nuestros opresores para imponer su ideología aquí, en Estados Unidos, en Londres”.
Lo curioso es que hubo un tiempo en que los intelectuales de izquierda no eran hipócritas. “En algunas naciones musulmanas, el velo es una cárcel de mujeres”, escribía Eduardo Galeano. “Una cárcel ambulante que en ellas anda. Una de las más encarnizadas enemigas del tapacaras fue Sukaina, que era bisnieta de Mahoma. Y que no solo se negó a usarlo, sino que lo denunció a gritos”.
Si no tienen la mínima honestidad intelectual de cuestionar el desastre humanitario que está ocurriendo en Irán, al menos bájense un momento del fundamentalismo antioccidental y relean a Galeano.