EDITORIAL

La decadencia de nuestro idioma

Los órganos gubernamentales que debieran ser un ejemplo en el buen uso del castellano distan de cumplir con esa obligación. Hay preocupación por el tema en el Parlamento y entre quienes quieren preservar la cultura del país.

La decadencia en el uso del idioma es uno de los síntomas de la decadencia de una sociedad. En ese proceso tiene mucho que ver la acción de los órganos de gobierno que en sus comunicaciones no debería cometer faltas de ortografía, de sintaxis u otro tipo de errores. El mal ejemplo de arriba (como el "puédamos" que José Mujica se complacía en usar desde la Presidencia) se trasmite rápidamente con el consiguiente deterioro del idioma.

Preocupado por estos temas el senador Pedro Bordaberry propuso recientemente la creación de un manual de estilo para los legisladores. De ese modo pretende evitar el "déficit en la calidad de redacción de las normas" que, según dijo, se producen en el Parlamento. Como ejemplo puso el de un proyecto de ley que contenía una frase con 127 palabras, cuando los expertos aconsejan limitarse a 15 palabras o poco más. Del mismo modo describió otros casos en donde una defectuosa redacción o los errores de puntuación creaban confusiones en los artículos de una ley con penosos efectos para los organismos participantes y los propios ciudadanos.

No solo el Parlamento sino todos los organismos de gobierno deberían preocuparse por este asunto. Hace poco la gente se horrorizó al saber que un abogado de ASSE en un recurso de apelación había cometido más de cien faltas de ortografía. Más allá de este récord, propio de una institución que ha vivido de crisis en crisis, los errores en el manejo de la lengua española son frecuentes en los documentos oficiales.

Un caso notorio son los comunicados de Presidencia de la República plagados de faltas de tipeo, disparates gramaticales y defectos de todo tipo. Eso ocurre en la página web del Poder Ejecutivo en donde se juega nada menos que la imagen del gobierno y en buena medida la del país y su nivel cultural.

Desde este diario se denunció tiempo atrás un decreto sobre la donación de un predio donde se alzó el campamento de Purificación que mencionaba al prócer como "José Gervacio Aritgas". La "c" en Gervasio indica ignorancia y el "Aritgas" es típico del descuido con que se redactan los comunicados oficiales.

Uno de nuestros columnistas encontró otras "perlas" en la web presidencial tales como "decición" en lugar de decisión en referencia a una reunión de ministros de la Olade (energía). También detectó que en un mensaje del Poder Ejecutivo a la Asamblea General se hablaba de "corresciones" (por correcciones) y se mencionaba varias veces a la "Presdiencia" en vez de Presidencia. A ello agregaba otras pifias de grueso calibre como "nasional" por nacional y "taza" por tasa.

Si bien estos casos revelan analfabetismo de sus autores (a quienes se supone expertos en comunicación) la gran fuente de inquietud es la mala redacción de las normas, incluidos leyes, decretos y resoluciones. Mala sintaxis, poca claridad en las expresiones y frases kilométricas recargadas con adjetivos inútiles convierten en un infierno la labor de quienes deben desentrañar el sentido de las normas y aplicarlas correctamente.

El manual de estilo que se propone para el Parlamento debería alcanzar a todos los poderes del Estado y a la administración pública en general. De lo contrario quienes deben dar el ejemplo de buen uso del idioma se transforman en un modelo negativo para la sociedad.

El problema, por cierto, no es solo de la comunicación estatal. También en los medios de comunicación —es inevitable hacer un mea culpa— se hallan errores que defraudan al lector. Ni que hablar de los sobreimpresos de los noticieros de televisión con faltas de ortografía monumentales. Si en el gobierno y los medios pasan esas cosas es imposible evitar que hasta un abogado perpetre cien faltas de ortografía en un escrito.

Especialistas en la materia han constatado que el vocabulario de los uruguayos es cada vez más restringido. Eso se aprecia en el uso de muletillas en vez de la palabra exacta y en la escasa riqueza del idioma que practicamos.

Este problema, que afecta en particular a las nuevas generaciones, debería encender las alarmas a nivel de la enseñanza. Al menos algo se movió en Secundaria cuando el año pasado anunció que haría un esfuerzo por elevar el nivel de las clases de gramática y lengua. No se conocen los resultados obtenidos al respecto.

Como ya se dijo, la decadencia en el empleo del idioma es un síntoma de decadencia cultural y en definitiva del atraso en la evolución de una sociedad. Sería bueno que este problema se abordara al máximo nivel antes que los uruguayos terminen optando por la comunicación gutural en vez de emplear los recursos del habla normal.

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