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El solo relato de como fue la reciente cumbre de Mercosur en Asunción sirve de muestra para ver en que estado está ese organismo.
No es que el Mercosur vaya a desaparecer ni mucho menos, pero parece discurrir en una suerte de abulia, con sus reflejos entumecidos y poco preocupado sobre que dirección tomar.
Todo ello pese a que Uruguay hace tiempo viene planteando la necesidad de modernizarlo y flexibilizarlo para darle mejores alternativas a sus miembros.
A la cumbre no concurrió el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. Esa ausencia fue un mensaje. Una cumbre se define por la presencia de presidentes, que interactúan entre si, más allá de lo que avancen sus técnicos. Son niveles diferentes de negociación y ambos son importantes. Pero cuando se habla de una reunión en la cumbre, lo esperable es que concurran todos. Si falta un presidente, ya no es lo mismo.
Estados Unidos y Europa poco pueden reprocharle a Uruguay, cuando ellos no están dispuestos a abrirse. Países como el nuestro deben buscar allí donde haya espacio para comerciar, si quieren colocar su producción.
Estuvo sí, un debilitado Alberto Fernández. Su discurso fue un monótono divagar. Habló de estar caminando por la cornisa, pero no como un problema por ser presidente de su país (donde efectivamente está caminando por la cornisa), sino como una cuestión común a todos. Justificó los problemas que afectan a Argentina como una consecuencia de la pandemia y la guerra. Seguramente los otros dos presidentes lo escucharon con extrañeza. Es que los efectos de la pandemia y el intento de conquistar Ucrania perjudican a todo el mundo por igual, no solo a Argentina. Y pese a ello, aún con problemas, ni Paraguay ni Uruguay están pasando por la crítica situación argentina, donde lo que le sucede es de confección propia.
Quien tuvo algo firme que decir fue Uruguay al anunciar Luis Lacalle Pou que seguiría avanzando con las negociaciones hacia un tratado de libre comercio con China. Si bien ese pudo parecer el momento culminante de la cumbre, las crónicas consignan que en el momento en que Lacalle Pou habló, el presidente argentino estaba absorto mirando su celular. ¿Querrá esto decir que a Argentina, y como consecuencia al Mercosur, a esta altura poco le importa lo que haga Uruguay?
De ser así parecería haber un tácito permiso, no explícito, para que Uruguay siga con lo suyo. Pero como Fernández es un presidente muy disminuido en su capacidad de gestión, cualquiera sea su postura tiene poca relevancia. Incluso en un momento habló de la posibilidad de buscar juntos una vía de acuerdo con China ¿Recién ahora plantea esa posibilidad? De hacerlo, terminaría trancando y atrasando el proceso ya iniciado por Uruguay. Conociendo la tradición proteccionista de Argentina, una negociación conjunta de los países del Mercosur, no daría el mismo resultado.
Todo indica que Uruguay podría seguir negociando con China sin que por ahora el Mercosur tome una decisión drástica. Lo cual mostraría no su buena disposición (que sería lo deseable) sino su indiferencia para de una buena vez rediseñar y recomponer el organismo.
Por lo bajo corre la preocupación de que Uruguay negocie con un país totalitario, que viola derechos humanos y que ante el conflicto bélico se ubica en una peculiar y ambigua postura.
La preocupación es válida y Uruguay deberá estar atento a como evolucionan los hechos a la vez que avanza en sus conversaciones.
Pero Estados Unidos y Europa poco pueden reprocharle a Uruguay, cuando ellos no están dispuestos a abrirse. Países como el nuestro deben buscar allí donde haya espacio para comerciar, si quieren colocar su producción y de ese modo mejorar la calidad de vida de su gente.
Eso hacen los otros países democráticos. Plantean sus soterrados reproches pero comercian con quien le sirve. El presidente Biden viajó la semana pasada a Arabia Saudita para negociar mejores condiciones en el precio del petróleo. Son socios, pese a que Arabia no es una democracia ni un faro luminoso en cuanto a respetar derechos. Biden también busca lograr algún acuerdo en el tema petrolero con Venezuela, a quien condena por su régimen dictatorial y por su violación de derechos humanos.
Es que las afinidades políticas son una cosa y los intereses comerciales, otra.
Uruguay deberá avanzar en este posible acuerdo con China, siempre con un ojo atento a la complicada situación que vive el mundo en este momento.
Mientras tanto, deberá ver como encara la modernización y adecuación de un Mercosur en decadencia, pese a la clara indiferencia de algunos de sus socios, con su atención absorbida por problemas internos más urgentes.