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Los políticos están siempre con un ojo puesto en la competencia electoral. Sin embargo, hoy hay buenos motivos para intentar curar esa dañina enfermedad que aqueja a algunos dirigentes oficialistas y que es la electoralitis.
La electoralitis consiste en no saber discernir lo que es el tiempo del gobierno de lo que es el tiempo de la elección. En nuestro sistema este asunto se discutió para la reforma constitucional de 1967, y con buen criterio se estableció en aquel entonces que los períodos de gobierno fueran por cinco años. Era la forma de dar un plazo mayor al tiempo de gobierno, es decir, de permitir a la mayoría electa de llevar adelante el programa votado por el pueblo, y de intentar así impedir que demasiado rápidamente los cálculos electorales distorsionaran las prioridades oficialistas.
La reforma de 1997 cambió ese panorama. En efecto, al fijar varias instancias electorales, adelantó las estrategias de los dirigentes partidarios. El horizonte se achicó: pasó de cada mes de noviembre por períodos de cinco años, como fue en democracia entre 1967 y 1994, a un escenario de solo cuatro años que son los que separan la cita de mayo del primer año de gobierno para las elecciones departamentales, de la de junio del cuarto año de administración con las internas de los partidos.
La clave está en que esas internas partidarias, si bien son las menos relevantes para la ciudadanía ya que vota casi siempre menos del 50% del total, resultan por el contrario muy importantes para los dirigentes: allí se definen no solamente los candidatos a presidente, sino que quedan también delineadas las posibles alianzas parlamentarias y la fotografía de convencionales para las instancias departamentales del año siguiente.
Es así que el diseño de 1997 de nuestro sistema electoral es un fuerte incentivo para que los políticos pasen prontamente del tiempo del gobierno al de las prioridades de las urnas. Además, el referéndum de marzo de este año hizo que las maquinarias partidarias y las tareas proselitistas se encendieran rápidamente de nuevo: el oficialismo se jugó, efectivamente, una parada muy importante con el voto celeste. Si tenemos en cuenta, además, que las elecciones departamentales se habían corrido para setiembre de 2020 por causa de la pandemia, el resultado es que prácticamente no hemos cesado de estar involucrados en elecciones de algún tipo desde 2019.
El problema es que, como bien dice el dicho popular, no por mucho madrugar amanece más temprano. En política, el que se precipita, es decir el que se apura, puede llegar a precipitarse, es decir a caerse sin remedio. Y es que la agenda de este segundo semestre y seguramente la de 2023 también, ya fue marcada por el oficialismo en torno a grandes temas que demandarán energía y capacidad de gobierno: la reforma de la seguridad social, el avance de la reforma educativa, y la apertura comercial bilateral con distintos países del mundo y sobre todo con China, que potencie exportaciones, abarate importaciones, promueva inversiones y genere empleos.
Todo esto precisa que los principales dirigentes oficialistas que están entre los más notorios precandidatos de sus partidos, y en particular en el Partido Nacional, presten su energía y su trabajo a apuntalar la agenda del gobierno. Si, por ejemplo, en vez de defender una reforma de la seguridad social tan justa como necesaria, tal o cual precandidato dedica su mayor tiempo y voluntad a seducir dirigentes en todo el país, a fijar alianzas electorales y a intentar asegurar una postulación que sea imbatible, la realidad hará que cuando realmente llegue el momento de mayor decisión por opciones electorales internas, es decir hacia finales de 2023, todo ese esfuerzo haya sido demasiado adelantado. Es que la gente y los dirigentes partidarios intermedios siempre terminarán privilegiando a quién mejor vieron gobernar y defender las banderas reformistas del oficialismo, en vez de quién dedicó su energía a otros menesteres cuando ellos no eran en realidad sustanciales.
Hoy es tiempo de gobernar. Mucho más cuando la pandemia complicó la agenda reformista entre 2020 y 2022, y mucho más cuando la aguerrida oposición sindical y política no da tregua alguna con su campaña de mentiras que buscan perjudicar la suerte del país en todos los temas esenciales que hacen al bienestar nacional.
Hay que cuidarse de los círculos cerrados muy politizados que solo respiran en función de temas electorales. La gente premiará el trabajo de gobierno abnegado, y castigará con razón toda electoralitis.