Que los Estados Unidos de América son entre toda las democracias del mundo, un ejemplo de estabilidad de sus instituciones y de respeto invariable a su Constitución no es una novedad. Desde que ésta entró en vigor, en 1786, no hubo hiato alguno en su aplicación ni una mínima interrupción de su vigencia.
El mal endémico de las naciones latinoamericanas, es decir los golpes de Estado, es desconocido en el gran país que soñaron y crearon sus padres fundadores. A saber, Washington, Franklin, Jefferson, Madison y Hamilton, entre otros. Los militares jamás se insubordinaron contra el legítimo poder civil ni intentaron desplazarlo. Ni aún después de sus hazañozas victorias en las dos grandes guerras del siglo XX.
En los Estados Unidos el sistema republicano no sólo está inscripto en los textos de su venerable Constitución, que es la más antigua de las Cartas escritas en vigor. Anima desde siempre el accionar de todos sus gobernantes y se le practica con naturalidad y con la sencillez que le es inherente. Sin pompa ni estridencia, al decir del Dr. Echegoyen.
Ello no excluye la solemnidad y la presencia entusiasta y hasta multitudinaria de la ciudadanía, en las grandes ocasiones. Así, en la investidura de los nuevos presidentes, como el flamante ocupante de la Casa Blanca, Barack Obama. Pero, en su caso, el acontecimiento estuvo rodeado de aristas excepcionales, por tratarse del primer presidente de raza negra.
Y, además, por operarse la trasmisión del mando en medio de una crisis económico financiera quizás más grave que la de 1929, la cual, por otra parte, se extendió vertiginosamente a Europa y ya comenzó a propagarse a muchos otros países. Enormes expectativas hay depositadas, pues, en la gestión del nuevo presidente estadounidense. Quizá excesivas, porque la crisis de que se trata es de una magnitud tal que no pueden pedírsele milagros al señor Obama. No obstante ello, es por demás explicable que la atención del mundo entero, el 20 de enero, estuviera centrada en lo que ocurría en Washington. Con la penosa excepción de la presidenta argentina, que estaba reunida ese día con Fidel Castro, nada menos...
Algunos de los hechos ocurridos durante dicha trasmisión del mando, aunque formales, contrastan con prácticas estiladas en los países latinoamericanos -sin excluir a Uruguay- en idénticas ocasiones. Así, la ceremonia no es motivo para invitar a una multitud de jefes de gobierno extranjeros. Sólo está presente el cuerpo diplomático acreditado en Washington. Lo propio ocurre en los países europeos. En los de estas latitudes, por el contrario, acostumbramos invitar a una multitud de presidentes, vecinos o no, cual si nuestros cambios de gobernantes fueran acontecimientos de resonancia mundial. Es que nuestro subdesarrollo no es sólo económico.
Obama, en su discurso de tan solo 18 minutos, dijo clara y sabiamente, con concisión, todo lo que tenía que expresar. Por cierto, con el cúmulo de problemas que enfrenta su país, en lo interno y en lo internacional, podía haber perorado dos horas. Pero tuvo el tino y el buen gusto de no hacerlo. "Entre nous" -y en toda nuestra América del Sur-, los presidentes entrantes suelen abrumar a sus auditorios con discursos casi nunca de menos de tres cuartos de hora.
Además, se abstuvo de toda crítica directa a los múltiples errores de su antecesor. No negó los problemas existentes. Pero miró hacia adelante, no hacia atrás, como suele hacerse por estas latitudes. Más aún. Con elegante sencillez, él y su consorte acompañaron a George Bush y señora hasta el helicóptero en que fueron trasladados al mismísimo avión presidencial, en el que el presidente saliente, toda su familia y su comitiva, viajaron hasta su nueva residencia.
Hábitos republicanos sí, pero de gran clase y señorío. Ya exhibidos cuando Bush hijo almorzó en la Casa Blanca, días pasados, con Obama y los tres ex presidentes vivientes: su padre, Bill Clinton y Jimmy Carter. Así se trasmitió, al pueblo y al mundo entero, una estupenda imagen de sano patriotismo y de unidad nacional, tanto más necesaria cuanto más graves son los problemas acumulados.
Todo ello no exonera a los EE.UU. de su responsabilidad por los gruesos errores cometidos por el señor Bush durante sus años de gobierno. Seguramente, no ha de reiterarlos Obama. Sus primeros y acertados actos de gobierno, llevan a vaticinarlo.