Sabido es, de antigua data, que el poder corrompe. Y que el poder absoluto corrompe absolutamente. Por ello, a nadie sorprende que presidentes habituados a abusar de su autoridad, como el de allende el río y el charlatán del Caribe, estén, a menudo, rodeados de gente probada o presuntamente corrupta. Y que se vean salpicados por episodios grotescos, como el de la valija "bolivariana", en la que viajaron 800.000 dólares de Caracas a Buenos Aires, en un avión fletado por una empresa estatal argentina.
El portador de tan singular encomienda -trece veces más grande que la hallada en el lavabo de la ex ministra Miceli-, era un amigote del hijo de un paniaguado de Chávez, que funge de vicepresidente de Pdvsa. El hombre, descubierto en la aduana porteña, fugó en un periquete, a Montevideo, tras los pasos de su presidente. Debía pagar, a título de multa, la mitad de sus billetes verdes. Pero, en su apuro por esfumarse, se olvidó de reclamar los otros 400.000. Para él, debe ser cambio chico.
A todo esto, tuvimos el desagrado de tener por aquí a Chávez, con su corbata más roja que la golilla del Goyo Jeta. Desparramó sus petrodólares, nos abrumó a proyectos -inconvenientes los más, fantasiosos e irrealizables otros- y le arrancó a Vázquez una promesa de apoyarlo ante Brasil y Paraguay, a fin de obtener su postergado ingreso al Mercosur. Aparte de que las promesas de nuestro Presidente hace rato que están devaluadas, pensar que Uruguay -en el momento en que se embarca con Pdvsa y le da la espalda a Petrobras- puede inducir a Brasil a cambiar de opinión, es risible.
Entre tantos proyectos y anuncios, algo muy malo para el país quedó claro. Alborozado, lo dijo Gargano, que está en plena luna de miel con el autócrata caribeño: Uruguay le va a seguir comprando a Venezuela su mal petróleo, con "condiciones excepcionales", consistentes en pagarlo a precio de mercado -¿cuál, el "spot" de Rotterdam?- en un plazo de 90 días. Pero sólo un porcentaje, que el seudocanciller no aclaró cuál será, financiándose el resto a 15 años, con un interés del 2% anual. Es decir, que el negocio del tío Bartolo, que ya le costó a Ancap un endeudamiento de 250 millones de dólares que nadie sabe dónde están -debe tenerlos el Gran Bonete-, va a proseguir. Bien se dice, sin alusión personal alguna, que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pero, como la refinería de La Teja no fue hecha para crudos tan pesados como los venezolanos, habrá que reciclarla, como se dice en estos tiempos.
A tal fin, Chávez ofreció U$S 600 millones que, al parecer, costaría esta aventura innecesaria para Uruguay, a los que se sumarían otros 400 millones, para instalar una planta regasificadora. Cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía. El santo, pero no Gargano, Vázquez y Mujica. Entre tanto, sobre tamañas inversiones, enormes para el país, no fue siquiera consultado el Ministro de Economía. Es que Astori no es "chavista". Tenemos un gobierno de opereta.
Un gobierno que arriesga a que el mandón de Caracas termine quedándosenos con la refinería, aunque el ministro Lepra asegure lo contrario. Quizás esté encandilado por todos los espejitos de colores que el parlanchín del corbatón rojo sacó de su valija "bolivariana" -más grande que la de su torpe compatriota de los 800.000 dólares-, entre los que apareció la fantasiosa oferta de que participemos en la explotación de una zona de la "Faja Petrolífera del Orinoco".
Aparte de que los crudos de esa región son los más pesados del mundo, al parecer, el Ing. Tierno Abreu, el uruguayo más versado en temas petrolíferos, se apresuró a aclarar que "por ahora, es sólo una evaluación de reservas y no una inversión para explotar". Entre tanto, no está demás saber -y avisar- que hace pocos meses se retiraron de dicha faja del Orinoco dos compañías americanas: Exxon -la más grande de su país- y Conoco-Phillips. Por algo se habrán ido.
Eso, a Gargano y a Vázquez, les importa un bledo.
Peor aún, ni lo saben. Como tampoco saben nada de los quince mil proyectiles que un buque de la armada uruguaya iba a transportar desde un puerto venezolano, justamente. Maracaibo o La Guayra. Tanto da. Nadie sabía nada. Ni el comandante del Ejército ni la ministra Berrutti, quien, con su mejor cara de viejita del té Mazawatee, nos hizo recordar a don Juan Vicente Chiarino: "No tengo conocimiento..."
¡Qué gobierno!