Más allá del júbilo con que los venezolanos en el exilio celebraron la detención y traslado a Nueva York del dictador Nicolás Maduro, mucho de lo ocurrido en Venezuela sigue envuelto en una gran confusión.
Eso llevó a que las reacciones de diferentes gobiernos, e incluso de partidos políticos como los uruguayos, cayeran en ambigüedades notorias. Unos celebran el hecho pero cuestionan el método. Otros cuestionan el método porque no les gusta el hecho.
El método mostró fisuras que ayudan a esa confusión. Sin duda fue un éxito el operativo para capturar a Maduro, pero a medida que los festejos de los exiliados avanzaban, crecía la incertidumbre. Maduro cayó, es verdad, pero el régimen se mantiene en pie. Tambalea, pero sigue en pie. Al menos así se percibe al momento de escribir estas líneas. Delcy Rodríguez asumió en forma interina la presidencia, Diosdado Cabello sigue operativo y el general Vladimir Padrino López aun lanza sus arengas.
A su vez, el presidente Trump anunció que se hará cargo de manejar la transición y descalificó en forma grosera a Corina Machado, lo que dejó al antichavismo desconcertado y, por cierto, molesto.
La gran pregunta es cómo se pone fin a una dictadura afirmada, dispuesta a quedarse y que se sostiene mediante la brutal represión, la violencia y la asfixia a su población. El chavismo aprendió a hacerlo gracias a la fuerte presencia cubana en Venezuela, que le enseñó a endurecerse. Por algo en Cuba, pese al generalizado descontento, están aferrados al poder desde hace más de seis décadas.
El régimen se instaló en 1999 cuando Hugo Chávez asumió la presidencia tras ser votado en elecciones normales. Al jurar, puso en duda la vigencia de la Constitución y desde el primer día apostó a un creciente estilo autoritario, apoyado en su peculiar carisma. Intervino en asuntos internos de sus vecinos con la intención de convertirse en un poder hegemónico regional. La Unasur terminó siendo un club de presidentes que estaban a su servicio.
Cuando murió en 2013, ya era un autócrata consagrado que gobernaba según sus caprichos y perseguía a sus opositores. Dejó a Maduro como su sucesor, que aumentó su poder dictatorial.
“La salida debe ser negociada” dijeron muchos y hubo intentos de todo tipo. Hasta el papa Francisco quiso mediar. El último intento fue el acuerdo de Barbados, entre el régimen y la oposición, para realizar elecciones en 2024 con todas las garantías.
No hubo tales garantías. La candidata de la oposición, Corina Machado, fue inhabilitada y muchos asesores electorales de la campaña, detenidos.
El oficialismo ganó gracias a un burdo fraude y Corina Machado pasó a la clandestinidad. Cuando una dictadura le roba al pueblo una elección, ¿dónde queda la autodeterminación? ¿Cómo argumentar que es un asunto interno que deben resolver los venezolanos entre ellos, cuando una parte acalla a la otra? ¿Quién habla por el reprimido?
Todo lo sucedido apuntaba a perpetuar una dictadura cruel y asfixiante y ninguna negociación servía, ¿qué se hace entonces para poner fin a un régimen así?
Durante la dictadura acá, muchos uruguayos exiliados golpeaban las puertas de gobiernos y organismos internacionales, pidiendo ayuda para terminar con ella. No hablaban de intervenir militarmente, pero quedaban a metros de hacerlo.
Los generales uruguayos decidieron negociar la salida y así terminó su dictadura. Pero si el general Gregorio Álvarez hubiera logrado seguir, ¿Cómo se lo sacaba?
El Derecho Internacional no tiene respuestas a esto. A veces la negociación no conduce a nada y el único camino que queda es el derrocamiento. Que no siempre da resultado. Hussein fue derrocado en Irak, pero eso no trajo paz. Los norteamericanos echaron a los talibán del gobierna afgano. Volvieron 20 años después.
Distinto fue en Panamá cuando hace 36 años Estados Unidos entró para arrestar al dictador militar Manuel Noriega, corrupto y vinculado al narcotráfico. Pasado ese trance, Panamá logró una relativa estabilidad política, buen desarrollo económico y un aceptable grado de prosperidad.
Habrá que ver cómo evolucionan las cosas y que rol jugará Estados Unidos para consolidar la transición hacia una democracia. El operativo para detener a Maduro fue impactante y claro. Pero por el momento, todo lo demás sigue confuso. Es verdad que no es fácil desarmar un régimen que instaló una poderosa elite civil y militar, pero que destrozó al país. Pero no hay que despreciar la capacidad de la oposición para encarar esa indispensable e impostergable tarea.