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El plebiscito constitucional del pasado domingo en Chile dejó enseñanzas muy importantes sobre la forma en la que la izquierda internacional reacciona ante resultados que no son los que ella esperaba.
Seguramente el ejemplo más paradigmático haya sido el del recientemente electo presidente Petro de Colombia. A través de la red Twitter expresó: “Revivió Pinochet”, y luego: “Solo si las fuerzas democráticas y sociales se unen, será posible dejar atrás un pasado que mancha a toda América Latina y abrir las alamedas democráticas”. Más allá de la evidente imprudencia diplomática para las relaciones bilaterales Colombia-Chile, al dar a entender de que la mayoría aplastante del 62% de las urnas en el país trasandino representan a un Pinochet revivido o a fuerzas no democráticas ni sociales, el diagnóstico de Petro es representativo del dogma ideológico que domina a la izquierda del continente.
En efecto, alcanza con ver algunas encuestas chilenas que se preocuparon por sondear los motivos de la gran mayoría que obtuvo el Rechazo al proyecto de Constitución sometido al voto popular, para darse cuenta de que la afirmación de Petro es completamente antojadiza. Plaza Pública Cadem, por ejemplo, presentó los tres principales motivos del Rechazo de la ciudadanía chilena: porque el proceso que llevaron adelante los constituyentes fue muy malo; por la inestabilidad e incertidumbre que genera; y por la plurinacionalidad y las autonomías indígenas. De sentimiento antidemocrático o de añoranza por Pinochet, no hubo nada.
La izquierda cree que es la vanguardia iluminada de la sociedad. Si el pueblo vota como ella quiere, se viven tiempos felices de liberación popular. Pero si vota en contra de sus ideas, entonces la sombra de Pinochet está oscureciendo todo el proceso.
La cuenta oficial de Amnistía Internacional Américas en Twitter también mostró su hilacha tan izquierdista como completamente alejada de la realidad política del Chile actual. Su publicación en la red social sobre el plebiscito fue: “Con los resultados de la votación, la Constitución dictada en tiempos de Augusto Pinochet y que por décadas ha beneficiado a unas personas por sobre otras acentuando las desigualdades y la precariedad, continuará vigente en Chile”.
Amnistía Internacional miente varias veces en pocas líneas. Primero, porque es completamente inexacto afirmar que la Constitución que se quiso reformar es la dictada en tiempos de Pinochet: se trata de un texto inicial aprobado sí en 1980, pero que pasó luego por varios y sustantivos procesos de modificaciones, sobre todo en tiempos de la administración del presidente socialista Lagos y su gran reforma de 2005.
Segundo, porque si algo ocurrió entre 1990 y 2019 en Chile no fue la acentuación de las desigualdades y la precariedad, sino todo lo contrario: al momento del inicio de la revuelta de octubre de 2019, Chile era más igualitario, menos precario, más rico, con más oportunidades para sus clases populares, y por tanto mucho más democrático que en 1970, 1990 o 2010. Porque lo que ha vivido Chile, en parte gracias a la estabilidad de la Constitución de 1980 reformada en democracia, ha sido el período más largo de prosperidad económica y mejoras de las condiciones sociales del pueblo que haya conocido ese país en toda su historia. Y así lo señalan todos sus datos objetivos tanto económicos como sociales.
¿Qué lleva a actores tan relevantes como un presidente alineado con la izquierda continental como Petro, o a organizaciones no gubernamentales tan simbólicamente volcadas hacia la agenda de defensa de derechos humanos y aliada de la izquierda latinoamericana como Amnistía Internacional, a analizar lo ocurrido en Chile de forma tan sesgada, simplista y torpe?
Una explicación es la honda soberbia que anida en la izquierda. Hijos políticos del jacobinismo y del leninismo, los izquierdistas creen que ellos son la vanguardia iluminada de la sociedad y que sus propuestas van en el sentido correcto de la Historia. Si el pueblo vota como ellos quieren, entonces acierta y se viven tiempos felices de liberación popular. Pero si vota en contra de sus ideas, entonces la sombra de Pinochet está oscureciendo todo el proceso y se sufre una realidad que sigue manchando a toda América Latina, para retomar la expresión de Petro.
En el fondo, este izquierdismo latinoamericano es profundamente antidemocrático, ya que presume que hay un grupo político que siempre tiene razón, que es la izquierda, y otro que siempre está completamente equivocado, cuando no representa directamente a los intereses más dañinos contra el pueblo, que es el resto del espectro político que no comulga con el izquierdismo.
Hay que respetar la decisión popular chilena. La izquierda latinoamericana tiene que aceptar dignamente la derrota.