En la última quincena, nuestra población recibió dos fuertes golpes: uno, es el dato estadístico oficial según el cual el número de pobres se duplicó en pocos años; otro, son las contundentes derrotas sufridas por el seleccionado uruguayo de fútbol frente a su similar peruano en el Centenario, en su propia casa, y ante Colombia. Obviamente, no se puede establecer una comparación entre ambos, ni por su trascendencia ni por su gravedad. Pero los dos hirieron nuestro orgullo nacional, afectaron nuestra autoestima y vulneraron la imagen mítica que tenemos de nosotros mismos.
Quizá sirvan para recomponer nuestra conducta, mejorar la actitud de parlamentarios, gobernantes y dirigentes y la del hombres común y corriente y, quizá, nos lleven, de una vez por todas, a enfrentarnos con la realidad, a no escamotear sus datos concretos y a no eludirla adhiriendo a imágenes en otros tiempos válidas pero caducas hoy en día.
Fuimos la "Suiza de América", pero ya no lo somos. Creíamos estar a la cabeza del continente pero, en algunos casos, somos su furgón de cola. Nuestras infraestructuras industrial, ferroviaria, vial, escolar, etc. están en condiciones precarias y necesitan de inversiones renovadoras, pero no disponemos de ellas.
NUESTRO Producto Bruto Interno superaba los seis mil dólares per cápita, lo cual era índice de una sociedad que no basaba su riqueza más que en el trabajo, ya que carecía de petróleo, gas y minerales de alta cotización.
Hoy, sin embargo, no llegamos ni a la mitad de aquel PBI. Es verdad que se anuncia un crecimiento del 10% —el mayor de América— pero este crecimiento es desde el fondo del pozo, es decir, desde un nivel de economía desmoronada. Para que renazca el país, tiene que ser sostenible, acumulable, continuo, no coyuntural. Esto da una idea de la intensidad y profundidad de la crisis que nos afectó a partir de la recesión regional y mundial, de las malas prácticas de contralor interno y de la despiadada sangría que nos provocaron los delincuentes de cuello blanco. Todo eso hubo que pagarlo. Y se pagó —se está pagando— con la disminución del nivel de vida que hace que los que vivían modestamente desciendan en su condición y pasen a ser pobres, y que los que eran pobres se conviertan en indigentes.
NUESTRO país se va a recuperar, va a volver a ser lo que auténticamente era pocos años atrás. No cabe duda alguna. Ello no significa soñar con la "Suiza de América" ni con Maracaná. Alcanzaremos unas metas, otras no. No olvidemos que somos apenas tres millones cuatrocientos mil habitantes, diez veces menos que Argentina y sesenta veces menos que Brasil. Este es el cálculo que siempre hemos de hacer —y extenderlo a cada otro país— cuando nos acongojamos por algunos fracasos deportivos. Al contrario, dada nuestra debilidad demográfica, debemos enorgullecernos cuando logramos triunfos en variados deportes a la vez, incluso entre los que no son populares entre nosotros.
Y lo mismo cabe decir por nuestros éxitos en materia científica, artística, arquitectónica, literaria, informática, etc.
Nuestro país es un privilegio de la naturaleza. No tenemos volcanes activos ni padecemos de terremotos. Nos afectan las sequías y las inundaciones en un grado menor, controlable. Nuestro territorio es levemente ondulado, carece de accidentes orográficos que nos dividan en compartimientos estancos y nuestra tierra es feraz y bien irrigada. Nuestros jóvenes no viven bajo la perspectiva de ir a una guerra. No tenemos problemas étnicos de ningún tipo ni albergamos sentimientos xenófobos. Nuestra población es homogénea culturalmente y está casi totalmente alfabetizada mediante una enseñanza pública que es gratuita en todos sus niveles. Hay agua potable para todos y la salud está cubierta generosamente por las instituciones públicas.
NATURALMENTE, hay excepciones, disconformidades, imperfecciones y reclamos justificados. Pero la regla general es la que queda apuntada.
¿Cómo puede haber problemas que no se solucionen en este bendito país?
Más que un árbol
La cultura de los pueblos suele dimensionar ciertos objetos o elementos cargándolos de significación. En el caso de los vascos, existe un árbol el cual es objeto de veneración. Se trata de un roble, ubicado frente a la Casa de Juntas en la ciudad de Guernica. Es considerado el símbolo de las libertades del pueblo vasco, ante el cual los reyes de España debían jurar los fueros o leyes antiguas vascas. En el presente son los presidentes vascos los que juran su cargo ante el roble de Guernica. Luego de 146 años de vida, este singular árbol fue declarado muerto a causa del ataque de un hongo que lo afectaba desde hace mucho tiempo. También incidió la gran sequía sufrida en toda la región el pasado verano. Según la tradición era la tercera generación. El primer árbol habría vivido 450 años. Un retoño suyo lo sustituyó y vivió hasta 1892, para ser suplantado a su vez por uno de sus vástagos el que ocupó el sitio de privilegio hasta ahora. En enero del año entrante y siguiendo con la tradición, un ejemplar de la cuarta generación de aquel roble original será trasplantado al lugar histórico, luego de haberse extremado las medidas de saneamiento del lugar y sustitución de la tierra, con el fin de eliminar todo vestigio del hongo. Conservar las costumbres ancestrales es parte de la riqueza cultural de los pueblos. Y no significa en lo más mínimo un conflicto con la modernidad. Por el contrario, es parte de la permanente adaptación de las comunidades a las nuevas exigencias que los tiempos les imponen.