La categoría descriptiva caudillos y doctores ha acompañado el entendimiento de nuestra historia desde el siglo XIX. Los doctores, de perfil urbano, cosmopolita, bien educados y formados en materias de humanidades, marcaron caminos de construcción institucional, convivencia social y desarrollo económico. Los caudillos, muchas veces de origen rural, intuitivos y formidables líderes de multitudes, eran quienes conducían y representaban a las masas populares en sus anhelos y reivindicaciones, que por momentos compatibilizaban con las de los doctores y en otras épocas las contrariaban.
Con sus actualizaciones en función del paso de las décadas, la dupla caudillos y doctores fue también una buena forma de entender la evolución de nuestra política nacional en el siglo XX. Los dos partidos que recibían más del 90% de adhesiones ciudadanas contaban con esos dos tipos de liderazgos. En este sentido, por ejemplo, el recordado historiador Lincoln Maiztegui describió ambos perfiles para la historia del país tanto en blancos como en colorados.
Una figura señera como Martín C. Martínez fue doctor y blanco, como fue por aquellos años doctor y colorado Ricardo Areco, ambos integrantes de aquella comisión de los ocho que negoció nada menos que la Constitución de 1918. Del lado de los caudillos, qué duda cabe que Luis Alberto de Herrera, a pesar de su trascendencia intelectual, fue uno de los más destacados de la historia del país, o que, como dijera Jorge Batlle acerca de la formidable figura de su padre Luis, “era caudillo hasta de espaldas”. Y por cierto que tales características no se limitan a figuras blancas o coloradas: ¿acaso el éxito electoral de la suma de Astori y Mujica a inicios del siglo XXI en el Frente Amplio no fue, también, porque uno era un representante del típico perfil doctoral de siempre y el otro un fenómeno caudillista clásico de nuestra historia política?
Si es cierto que en todo tiempo se ha precisado de la conjunción de caudillos y doctores para poder vivificar la acción proselitista de nuestros partidos, la interrogante que surge para los tiempos actuales es quiénes son los que están de un lado y del otro de cada perfil en cada colectividad. Obviamente, detrás de estas categorías de análisis no se podrá describir un tipo uniforme de liderazgo: no es lo mismo ser doctor en 1880, que serlo en 1960 o en 2020, como tampoco es lo mismo acaudillar multitudes en la época de Venancio Flores, que en la de Aparicio Saravia o en la de Luis Batlle. Pero igualmente se puede deducir que, para que los partidos realmente sean representativos de grandes corrientes de opinión, se sigue precisando de la interacción fecunda entre caudillos y doctores, a la usanza que corresponda en cada tiempo que vive el país.
¿Acaso no fue Orsi un típico caudillo del Interior, llevado al poder de la mano del gran caudillo que fue Mujica? ¿Acaso no cumple Lacalle Pou esa tarea tan propia del linaje de los Herrera, de ser a la vez un hijo del mundo de los doctores pero también cultivando hondas raíces caudillistas? ¿Acaso parte del problema electoral del Partido Colorado, que se arrastra desde 2004, no es que conserva formidables elencos doctorales pero no ha logrado que surgieran varias figuras de caudillos que naturalmente conecten con el mundo urbano popular de nuestro tiempo, como sí lo hizo en su tiempo Luis Batlle o Jorge Pacheco por ejemplo?
El análisis en torno a doctores y caudillos muestra que del lado de la izquierda hay un enorme problema para la aparición y consolidación de caudillos pensando en 2029. Del lado de los partidos tradicionales, es evidente que caudillos son lo que sobran, sobre todo en los esquemas departamentales que forman a los blancos -aunque también los hay, muy notorios, para los colorados en varios puntos del país-. Lo que falta allí son doctores para este nuevo tiempo, es decir aquellos liderazgos que seducen al mundo urbano, conectados con la legitimidad propia del conocimiento, la academia y el saber, y que son vistos con atención por las clases medias para ser acompañados con su confianza ciudadana y con un voto convencido a la vez que sin estridencias.
Cuando del lado no frenteamplista se destacan a figuras como la de Lust o la de Mieres, por ejemplo, lo que se está de hecho reclamando es el surgimiento de doctores que no sean izquierdistas. Y seguramente en las nuevas generaciones aparecerán figuras que ocuparán esos espacios tan necesarios. Porque el vigor de los partidos precisa, a la vez, tanto a caudillos como a doctores.